Galicia

Por Galicia están bien trazadas las rutas que parten y llevan a pueblos y ciudades importantes en la España de las juderías. Santiago de Compostela, estación terminal de tan largo, próspero, mágico y rico Camino, ofrece ar­gumentos decisivos para llevarnos a la conclusión de que no es posible interpretar Galicia sin tener en cuenta va­liosos componentes que se derivan de sus íntimas y sus­tantivas razones judías. Hay que hacer constar, no obs­tante que en términos generales, la convivencia entre judíos y cristianos fue ciertamente ejemplar en Galicia. Las leyendas relacionadas con los judíos son también mu­chas por Galicia, afirmándose, por ejemplo, que la pre­sencia de los judíos en Noia data desde los tiempos mis­teriosos y remotos del mismísimo Noé «el segundo padre del mundo» que pobló Galicia el año 2332 a.C, 84 años después del Diluvio Universal que fue cuando llegó su nieto Thubal a España. De Orense, se refiere que «eran tantos los habitantes judíos que constituían sino la mi­tad de su vecindario, por lo menos, una buena parte del mismo…».

 

Hostal de los Reyes Católicos, hoy Parador de Turismo en plena Plaza del Obradoiro.

Hostal de los Reyes Católicos, hoy Parador de Turismo en plena Plaza del Obradoiro.

La Coruña

Las huellas de la presencia de los judíos en Galicia son muchas, están científicamente constatadas y además son bien perceptibles. Por su carácter peculiar, y a título de ejemplo, referimos la costumbre existente hasta tiem­pos recientes relativa a dejarse la barba los hombres despues de la muerte y entierro de un familiar cercano, tal y como está previsto en las prescripciones judaicas. El acentuado culto a los muertos y a la pompa fúnebre tan característica de Galicia, lo es también de la comunidad hebrea. La costumbre de enterrar en tierra virgen que se ha encontrado en algunas comarcas de Galicia, la entra­ñable atención a los cementerios y la reverencia a la memoria de los fallecidos son signos representativamente judíos. El gusto de la emigración, la movilidad instintiva, la inteligencia y habilidad, la desconfianza y el senti­do del ahorro, el sentido de lo religioso, la añoranza de la tierra, la clericalización de la sociedad, el carácter prolífico de ambos pueblos…, entreabren las puertas de la comprensión y entendimiento mutuo entre judíos y ga­llegos.

El hecho solo de la intensa vida comercial que tuvo La Coruña a lo largo de su historia aporta elementos muy valiosos para vislumbrar la presencia y la actividad de la comunidad judía de esta ciudad. En ella se descubrieron diversos epitafios hebreos, cuyas inscripciones no son posteriores al siglo XII, lo que manifiesta la antigüedad de la población hebrea. Las lápidas, tres o cuatro, fue­ron halladas en 1869 «en el corralón de la Palloza, fren­te al islote de la bahía de La Coruña, llamado Isla de los Judíos». Las inscripciones, aunque muy incompletas, dan la impresión de pertenecer a un cementerio. La misma escritora doña Emilia Pardo Bazán aventuraba la idea de que «su ubicación era la de la calle de la Sinagoga, cuya casa número 4 ocupa el emplazamiento del que fue san­tuario israelítico; del cual sólo muestran ahora una cis­terna abierta en la peña viva, y en ella un manantial de agua clara».

Se citaron entonces, en 1869, como otros tantos re­cuerdos hebreos en La Coruña, las calles de la Sinagoga, la Cisterna y los Sepulcros. Y no son muchos más y cier­tamente muy vagos, los recuerdos judíos que perduran en esta ciudad. Parece cierto que ocuparon el barrio co­nocido como A Rabiada, encontrándose al sur la Pena dos Xudios, donde fueron descubiertas las lápidas con caracteres aljamiados, y en cuyos aledaños se encontra­ba el barrio de La Palloza, hoy ya absorbido por nuevas viviendas. Desaparecieron también los restos aludidos de la sinagoga y de la cisterna, de la que por cierto corrían legendarios rumores de que por un largo túnel llegaban los judíos hasta la iglesia de Santa María para robar las hostias consagradas y efectuar con ellos sus hechizos. Hay documentación segura de la contribución que apor­taron en una ocasión los judíos coruñeses a la aljama de Murcia. Es dato significativo también el hecho de que la Biblia Iluminada de Kennicot, terminada en 1486, «para Isa Ishaq, hijo de Salomón de Braga», procedía de La Coruña.

En la visita a La Coruña nos acompaña la estrofa melancólica de esta letrilla: «Si tuvera que escoller,/ou non sei que escolleria/ou entrar na Coruña de noite/ou en­trar no ceo de dia». Y la visita se puede iniciar por la puerta Real, iglesia de Santiago, con su imagen poli­cromada del siglo XIII, Real Academia Gallega, Capi­tanía General, Fuente del Deseo, y colegiata de Santa María del Campo, obra románico-gótica en la que des­taca la puerta de la Epifanía. La ruta da oportunidad de admirar el Cruceiro, palacio de Cornide, Museo de Arte de la Colegiata, calle de Herrerías con el recuer­do para la heroína María Pita, puerta de Aires, plazuela de las Bárbaras, conventos de las Clarisas y de Santo Domingo, Casa de la Moneda y capilla del Rosario con la imagen de la patrona de la población. En las cerca­nías se hallan la Casa de la Cultura, Biblioteca y Ar­chivo del Reino de Galicia, jardín de San Carlos, ca­pilla de la Venerable Orden Tercera, Museo Militar, Paseo Marítimo y Club Náutico y monumento al Emi­grante.

La ruta sigue sus pasos hacia el castillo de San Antón, Museo Histórico e Arqueológico, Puerta Real y capilla de San Andrés. Son dignas de admiración las galerías de la Marina, exponentes muy típicos de la ciudad. Lo son tam­bién la casa de Paredes, Cantón Grande, Obelisco, jardi­nes de Méndez Núñez, monumento a Curro Enríquez, Quiosco Alfonso, calle Real, iglesia de San Nicolás, Mu­seo de Bellas Artes, templo y convento de Capuchinas, plaza de España, iglesia de San Jorge, plaza del Humor, plaza de María Pita y Ayuntamiento y su colección de relojes. Otros lugares de interés son también el Paseo Marítimo, cementerio de San Amaro, Casa Rey, Casa de las Ciencias, Planetario, iglesia de San Francisco, castro de Elviña…

 

Y mención muy particular reclama y merece la torre de Hércules, faro romano atribuido al arquitecto lusita­no Cayo Servi Lupo a comienzos del siglo II convertido en fortaleza con el paso del tiempo y, desaparecido el faro de Alejandría —una de las maravillas de la antigüedad—, el único faro romano todavía en servicio en el mundo, como prueba de solidez y perdurabilidad netamente ro­manas. Es el símbolo más conocido y elocuente de la ciu­dad coruñesa y que por sí solo justifica una visita desde cualquier consideración y cultura.

Ares

Con nutrida representación de obispos gallegos se celebró el año 585 el III Concilio de Toledo, en el reina­do de Recaredo, y en él se condenó la doctrina de Arrio y a la vez se dictaron varios cánones contra los judíos. En el número XIV, y bajo el título De Judeis, se decidía lo siguiente: «No les está permitido a los judíos tener esposas ni concubinas cristianas, ni comprar esclavos cristianos para usos propios, y si de tales uniones na­cieran hijos, condúzcaseles al bautismo; que no se les otorgue cargos públicos, en virtud de los cuales tengan ocasión de poner pena a los cristianos y si algunos cris­tianos han sido deshonrados por ellos, por los ritos ju­díos y circuncidados, vuelvan a la religión cristiana y otorgúeseles la libertad sin rescate alguno». En las Le­yes 3 y 4a de Las Siete Partidas recopiladas por Alfonso X el Sabio, se escribía que «Ningún judío ni judía no sea osado de criar fijo de cristiano nin de cristiana nin de dar su fijo a criar a cristiano nin a cristiana; et el que lo ficiere peche cinqüenta maravedís al rey, et non lo faga más».

Pero las relaciones entre judíos y cristianos fueron normalmente de relativa convivencia en Galicia. Mención sobresaliente reclama la de los judíos del pueblo de Ares, no lejos de La Coruña, cuya judería fue poblada precisa­mente por judíos procedentes de Monforte de Lemos y a los que en reducidos sectores se les solía conocer como «bichos». La configuración arquitectónica de parte de la villa de Ares invita todavía a creer que los judíos habita­ron en un barrio cuya nota destacada son las pilastras y los porches de las casas, que les confiere un aspecto muy típico y singular. El barrio a la izquierda de la avenida de Murgardos, está situado al oeste del pueblo y es habi­tado mayoritariamente por gente del mar. Es tradición que la iglesia de Santa Eulalia de Lubre, a un kilómetro del casco de la villa, guarda reminiscencias propias de la antigua sinagoga, con arcos de herradura, siendo más que probable que fuera acomodada para el culto cristiano, a raíz de la promulgación del Edicto de Expulsión por parte de los Reyes Católicos, dado que la iglesia se tiene cata­logada como tal a finales del siglo xv, si bien da la im­presión de que es obra del siglo xvi.

El talante comercial de los habitantes de Ares está muy definido y todavía está vigente el recuerdo de quie­nes conducían «recuas» de yeguas que transportaban la sal y los salazones hacia el interior de la Península. También hay constancia de que desde la población de Ares era transportado el vino a países como Inglaterra. Ares fue siempre cita de comerciantes procedentes de las más variadas regiones españolas.

Por si algo faltara para descubrir con mayor perfec­ción los perfiles típicamente judíos de los habitantes de Ares, hay que referir que de esta villa procedía Juan Ares, platero muy principal que vivió en Santiago de Compos-tela en el año 1549 y que «labró la cruz de plata que pesó cinco marcos y catorce reales y medio de plata». La pro­fesión de plateros es propiamente judía.

A la Virgen de Chanteiro se le profesa gran devoción en el pueblo y es muy concurrida la romería que se or­ganiza a su ermita, de la que hay constancia ya en el si­glo XIV. En agradecimiento por haber salvado a El Ferrol de una epidemia de peste a principios del siglo XV, sus habitantes formularon el llamado Voto de Chanteiro, que incluía la peregrinación a esta ermita, aunque después, en 1839, tal voto se pasó a la iglesia del Socorro del mis­mo Ferrol. Las típicas casas de Ares conservan el sabor de la vieja judería, con sus balconadas de madera. Sus calles se cubren de alfombras florales el día de la proce­sión del Corpus Christi.

La visita a Ares hay que aprovecharla para visitar sus playas, entre las Puntas Coitelada y do Segaño, con la cala de Chanteiro y ermita gótica de la Merced.

Puentedeume es cita obligada con sentido turístico para quienes efectúen una visita a Ares. Es centro vera­niego de la costa coruñesa, que conserva además un con­junto histórico de cierto interés. Y en el que los recuer­dos de los condes de Andrade se hacen presentes de muchas maneras, muy favorables y agradecidas en el caso de Fernán Pérez de Andrade «O Bó» y muy desdichadas en el de su sucesor Ñuño Freiré, «O Mao», contra el que se alzó la «Irmandade Fusquenlla», o loca, en 1413. Com­puesta por campesinos, burgueses y artesanos y capita­neada por Roí Xordo, y cuyas luchas hicieron que las aguas del Eume bajaran teñidas de rojo por tanta sangre como en ella era derramada.

En Puentedeume hay que recorrer la Rúa Real y visi­tar el Ayuntamiento, palacio de Raxoi —el gran arzobis­po compostelano nacido en esta población—, restos del convento de San Agustín, capilla de las Virtudes, «praza do Conde», torreón de los Andrade, Paseo Marítimo y playa de la Magdalena. Reclama atención singular el puente tendido por Fernán Pérez de Andrade entre los años 1380 y 1386, que fue el mayor de España durante la Edad Media, con sus 72 arcos y 800 metros de largo, con torre defensiva, ermita del Espíritu Santo y hospital para peregrinos jacobeos. En un Tajamar se situaban el oso y el jabalí, emblemas de los Andrade. En Puente­deume hay que degustar los mariscos de la ría y la ex­quisita repostería con melindres almendrados y la «pro­pia» mantecada y la bizcochada. Las fiestas de las Virtudes y San Nicolás de Tolentino tienen el atractivo especial de la florida romería fluvial por el Eume.

 

Santiago de Compostela

El Pórtico de la Gloria en la catedral compostelana es uno de los símbolos más representativos y que mejor definen la ciudad del Apóstol. Santiago es en gran parte lo que es y significa el Pórtico de la Gloria, obra singular del maestro Mateo, ejemplo maravilloso de arte y de com­posición. El maestro Mateo, del que apenas sí se conoce otra cosa que esta prodigiosa obra, parece seguro que era judío o al menos, converso. El llamado Santo dos croques ante el que los peregrinos dan la cabezada como señal de arrepentimiento, arrodillado en la base del parteluz y mirando hacia el altar del apóstol, hizo aparecer en el Pórtico elementos antiquísimos como los monstruos pro­cedentes de Asiría, leones de Caldea, representaciones de Adán y conceptos, visiones y revelaciones de la Sagrada Escritura. Destaca en su obra el llamado Árbol de David o de Jessé, en el que está representada la genealogía de Cristo, según el profeta Isaías, acompañado de figuras bíblicas, con diversidad de representaciones arrancadas de la Biblia que pregonan con certeza la formación y el espíritu hebreo de su autor. También de la puerta de las Platerías, esculpida por el mismo maestro Mateo, puede proclamarse lo mismo, sobre todo con la imagen del majestuoso David. El dominio del simbolismo bíblico, su conocimiento de las Escrituras, la fuerza y el poder que emanan de los personajes representados y multitud de razones dan a entender la procedencia judía del autor, probablemente converso, dado que la escultura les esta­ba prohibida por la ley de Moisés a los judíos.

Santiago de Compostela es judía porque judío fue el apóstol Santiago y sus discípulos y porque un judío pa­ñero fue quien salvó al arzobispo Gelmírez de una muerte segura, porque los peregrinos cantaban el himno al após­tol en las lenguas sabias, griego, hebreo y latín, porque era mucho el dinero que se contaba alrededor del sepul­cro del apóstol, porque ya a principios del siglo xi los judíos poblaban Galicia y por otras muchas y documen­tadas razones más, entre las que sobresale el hecho de ser término y justificación de los largos, piadosos y aún rentables Caminos, con mención muy particular para el llamado Camino Francés.

La localización de la aljama de Santiago de Compos-tela no resulta difícil en los aledaños de la catedral, puer­tas de Platerías y Azabachería, con su producción y co­mercio de objetos piadosos. Las calles Cervantes, Troya —con la supuesta procedencia de Torah—, de Algalias de Arriba y Abajo, Jerusalén, Truques… parecen procla­mar con inteligible claridad la existencia del barrio ju­dío en su demarcación… Aunque no quede rastro alguno de la presencia de la sinagoga, del cementerio y de otros edificios al servicio de la comunidad hebrea, la configu­ración arquitectónica de muchas calles y plazas delata el carácter judío de buena parte de la población, meta y aspiración religiosa identificable con la «Jerusalén celes­te» de la Biblia y del mensaje evangélico. Es difícil en­contrar otra población española con tantos perfiles y reminiscencias judías como Santiago de Compostela, so­bre todo en la multiplicidad menestral de artes y oficios en los que ellos eran sus máximos y seguros exponentes.

* * *

La ciudad compostelana de Santiago —Ciudad Patri­monio de la Humanidad— resulta inabarcable. Su visita no puede ser enmarcada en un solo período de tiempo. Son muchos y muy ricos los motivos turísticos. En un elemental y sucinto resumen de ellos, hay que partir de la catedral-basílica dedicada al apóstol Santiago, con el sepulcro, la grandiosidad monumental de la fachada del Obradoiro, puerta de la Acibecheria, Altar Mayor, capi­llas, oratorio de la Corticela, Museo Catedralicio, capilla de las Reliquias, botafumeiro, panteón Real, claustro, biblioteca, sala capitular, archivo, torre Berenguela, pa­lacio de Gelmírez…

La ruta tiene en cuenta el pazo de Raxoi, sede del ayuntamiento y de la presidencia de la Xunta de Galicia, el Hospital Real y su iglesia isabelina con portada plateresca, iglesia de las Angustias de Abajo con fachada barroca, San Xerome hoy rectorado de la Universidad, monasterio de San Martín Pinado con su fachada-reta­blo y el Cristo de la Paciencia, casa de la Parra, casa de la Conga, casa del Cabildo, Fuente de los Caballos, to­rres del Tesoro y de la Corona…

La visita a Santiago tiene capítulos callejeros de tan­to interés y valor como las Rúas de Franco y la Raiña, unidas ambas en la florida plaza de Fonseca, con sus le­yendas y episodios históricos tan singulares y el palacio de Bendaña. En la Rúa do Vilar aparece el estrecho ca­llejón de Entre Rúas, llamado también del Pañuelo por sus limitadas proporciones. La Rúa Nova es la más no­ble de las cuatro rúas principales, con los palacios de los marqueses de Santa Cruz, el de los condes de Ramiráns y la casa das Palomas. La iglesia de Santa María Salomé, con su porche del siglo xv, flanqueado por la imagen gó­tica de la Anunciación. El nombre de la Rúa das Orfas procede del colegio-convento de Nuestra Señora del Re­medio o de las Huérfanas.

Otros monumentos y lugares dignos de admiración son el convento de San Paio de Antealtares, Universidad, arco de Mazarelos, templo de San Fiz de Solovio, San Agustín, Santa María do Camino, Casas Reais, Capilla de las Animas, San Bieito, palacio de Aamarante, San Mi­guel dos Agros, Museo de la Tuna, monasterio de Belvís, puerta do Camino, convento de Santo Domingo, Museo do Pobo Galego, conventos del Carmen, de las Clarisas, convento y de San Francisco, tumba de Cotolai, y esta­tua del santo, San Lourenzo de Trasouto, colegiata de Santa María del Sar, paseo da Ferradura con el monu­mento a Rosalía,… palacio de congresos de San Lázaro.

Noia

Nuestra ruta turística por la España judía pasa y se detiene en esos instantes en uno de sus lugares más le­gendarios y mágicos. Para descubrir la huella judía en Noia en la provincia de La Coruña, y en sus alrededores, no hay otra solución que la de recurrir a la leyenda. Las creencias en ellas, así como el cierto y aun menguado carácter histórico que ellas pueden tener, serán las encargadas de entreabrirnos las puertas a tantas sorpre­sas, como la presencia judía dejó en Noia, desde tiem­pos muy misteriosos y remotos, cuya interpretación difí­cilmente se hará asequible sobre todo a quienes se fíen sólo de los ojos y de las constataciones documentales.

No son pocos los historiadores de siglos pasados que reflejan al menos la procedencia hebrea del pueblo ga­llego como poblador de este país. Se afirma que el año 2332 a.C, y 84 después del Diluvio Universal, llegó Túbal a España, procedente de los campos de Sennar, región del Asia situada entre el Tigris y el Eufrates. Siendo difí­cil señalar el camino que recorrió en su periplo se sugie­re que Túbal o Thobel desembarcó en Setúbal, en la desembocadura del Tajo, cuya etimología podía respon­der a los términos seth, que significa postura o asiento y Túbal, su nombre. Túbal era nieto de Noé, el personaje bíblico que se salvó del Diluvio y que desembarcó preci­samente en el punto más céntrico de la región hidrográ­fica de la península ibérica, que es exactamente Setúbal. El mismo Flavio Josefo, historiador judío del siglo i d.C, nacido en Jerusalén el año 37, intentó explicar esta noti­cia, desde perspectivas bíblicas. De la misma opinión parece ser también San Jerónimo. Los thobelos, descen­dientes de Túbal, se extendieron por diversas regiones de España. Ibero, Idúveda y Brigo poblaron diversas comar­cas. A Brigo le correspondería Galicia, y daría nombre a la raza brigantina. Entre los cabos Finisterre y Ortegal todavía perdura en la actualidad el pazo do Rei Brigo. El culto de los brigantinos a los bosques sagrados o lum­bres, fue aceptado en parte por los romanos con el nom­bre de Lucos, de donde procedería la ciudad de Lugo. De ahí a deducir que el primer idioma de Galicia fue el hebreo, hay tan sólo un paso.

Y por lo que respecta a Noia, su fundación se le debe al mismo Noé «el segundo padre del mundo», tal y como aventura la fantástica historia-leyenda. Noia conserva por armas la barca de Noé nadando sobre las aguas del Di­luvio. Asomando éste su cabeza por una ventana, mira la paloma que vuelve con una rama de olivo en el pico.

 

Etimológicamente Noia procedería del nombre de Noé. El mismo historiador Estrabón la denomina Noevia y Plinio la llama Noeglia, pasando posteriormente a llamar­se Noeya. También el humanista y gramático Antonio Nebrija creyó que Noia fuera fundada por el patriarca Noé.

De todas formas en algunas lápidas del cementerio de Santa María de Noia se perciben mensajes esotéricos muy singulares, y es fama que el monte Barbanza fuera exactamente el lugar en el que se asentó el arca de Noé. Este convencimiento explicó la existencia en la población de una judería muy floreciente de la que no quedan in­dicios.

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Entre tanto como hay que visitar en Noia —la peque­ña Florencia gallega— resaltamos sus jardines y alame­das, su Ayuntamiento, el convento de San Francisco, la puerta del antiguo hospital de Peregrinos y la iglesia con sepulcros de la Edad Media. Merecen atención artística el Caserón Várela-Radio, la casa do Calvario… La iglesia de Santa María a Nova es de estilo gótico y la tierra de su cementerio se dice que fue traída desde Palestina. En la iglesia se ubica el Museo das Laudas Gremiais, con unos 200 ejemplares. En el cementerio se asientan dos bellos cruceiros, uno de ellos es gótico. El del Cristo do Humilladoiro se halla bajo un baldaquino. Otros edifi­cios singulares en Noia son el palacio de los García Suá-rez, hospital de Sancti Spiritus, Casa da Xamba… La igle­sia de San Martiño es de estilo gótico, fue construida por el arzobispo Lope de Mendoza en el siglo xv. Es monu­mental su fachada occidental, cuya portada está decora­da con las estatuas de los doce apóstoles y otros perso­najes bíblicos. Su rosetón está rodeado por ángeles trompeteros. El pulpito es del siglo xvi. La capilla de Valderrama se cubre con bóveda estrellada. La ruta tu­rística por Noia se completa con la casa da Costa, el puen­te del Tramba, la casa «revival» de Caamaño, y en sus cercanías, los pazos de Bergondo y Peña de Ouro.

 

Al otro de la ría se encuentra Muros, perteneciente a la Mitra compostelana y fortificado por los tres arzobis­pos Fonseca. Hay que visitar varios caserones góticos, y la torre de la ex colegiata de San Pedro en la que resulta patética la imagen gótica del Santo Cristo de la Agonía. La pila de agua bendita tiene la curiosa forma de ser­piente en espiral y una y otro son temas de leyendas y de simbolismos. Los estrechos callejones que van a la mar tienen nombres tan románticos, sugerentes y limpios como estos: Rosal, Clavel, Soledad, Paciencia, Salud, Esperanza, Venus, Sufrimiento, Ángel… El Santuario de Nosa Señora do Camino es de estilo gótico. En las faldas del monte Oroso se encuentra el convento de San Fran­cisco de Rial con su peculiar Via-Crucis, y buena vista de Louro y de parte de la costa.

Lugo

Tanto la historia como la leyenda se dan misteriosa­mente la mano en Galicia a la hora de apuntar y acumular argumentos para intentar demostrar los antecedentes he­breos del pueblo gallego. Nombres de personas, ciudades, lugares y pueblos se adscriben a etimologías hebreas y en el ancho y rico capítulo de costumbres y fiestas las huellas judías se encuentran con facilidad y sin sensa­ción de sorpresa alguna. Por ejemplo, las ceremonias matrimoniales recuerdan aspectos del ritual de las bo­das judías. Se han hecho estudios muy serios en los que se recuentan esas costumbres y se hacen comparaciones muy sustanciosas y justas. Sorprende de forma concreta la práctica antes bastante común de la abstinencia sexual post connubium de uno a ocho días, tal y como señala la Biblia en el Libro de Tobías (VIII.4), costumbre que tam­bién pervive en pueblos primitivos como los tuareg del Hoggar. La referencia a los casos de coito en el mismo si­tio en el que fue hallada muerta una persona podría signi­ficar el afán de engendrar vida en el sitio de la muerte…

La situación de Lugo, Lucus Augusti —entre el mar y las tierras de la meseta—, paso obligado de Galicia hacia Castilla y León, explica la existencia de su judería, que se aprovechó también de los peregrinos del Camino Francés que hacían uso de uno de sus ramales gallegos. La solidez de sus murallas, monumento único en el mun­do, fue también estimada como refugio ante posibles per­secuciones. En las cercanías de la antigua puerta llama­da del Carmen o Miña, hay una estructura urbanística que ofrece indicios muy ciertos de la presencia de la co­munidad judía en la población. Numerosos rincones con­servan el sabor específico con recuerdos seguros para las juderías de la Edad Media. La huella hebrea perdura por estos lugares con nombres tan inequívocos como el Ca­rril de los Judíos, calle de los Bautizadores… Las calles Tiñerías, Pombal, Falcón, Hortigas, Pozo de la Pingúela, Ramalla, Miño, Rúa Nova, Sol… podrían muy bien con­figurar los límites de la judería. A tales calles se alude frecuentemente en los estudios históricos lucenses como Barrio de los Judíos. La asignación de las calles de de­terminados nombres referidos a tantos oficios o activi­dades artesanales propias de los judíos, resulta ser tam­bién prueba firme de su presencia en las mismas. La calle de la Cruz, cercana a la catedral, puede también haber sido habitada por judíos. Este nombre recibían las ca­lles después de haber sido ellos expulsados. En el Cam­po Castillo se ubicaría la casa de la Inquisición. La plaza del Campo tiene reminiscencias judías muy acusadas. En su centro se erigió una fuente coronada por la estatua de San Vicente Ferrer —santo valenciano— en actitud de predicar a los judíos, tal vez en el mismo centro de su aljama.

La noticia más antigua de la presencia judía en Lugo se remonta al siglo xra. En un calendario del año 1230 se dice que en una casa de la Rúa Nova, junto a la del obispo, solían morar los «iudei». Otros no obstante con cierta ingenuidad interpretan que «iudei» (judíos) son «iudices», con alusión a los jueces eclesiásticos de la ciu­dad.

 

Las murallas —hoy Patrimonio de la Humanidad— constituyen el mejor recinto defensivo de la época roma­na conservado en todo el mundo. Tiene 2.100 metros de largo, con 72 cubos enteros y una altura media de 10 a 15 metros. Entre las diez entradas actuales hay que des­tacar la puerta de Miña o del Carmen, la Nova, de San Pedro o Toledana, de Santiago y la Falsa. Desde su pa­seo de ronda se divisan bellas panorámicas. La puerta de Santiago lleva a la catedral de Santa María, con su monumental fachada neoclásica. El templo es de estilo románico-gótico y fue iniciado en 1129. Entre sus capi­llas destaca la de la imagen gótica de Nosa Señora dos Olios Grandes. El retablo Mayor es de Cornelis de Ho­landa. La catedral disfruta del privilegio de tener el San­tísimo Sacramento siempre expuesto. La sillería del coro es obra de gran interés artístico. El Cristo Majestad es del siglo xiii. La visita lleva al palacio Episcopal y a la típica praza do Campo. El ex convento de San Francis­co, Museo Provincial, posee las mejores instalaciones de Galicia, con claustro gótico del siglo xv, refectorio y co­cina y ricas colecciones.

La ruta sigue indicándole al visitante la iglesia del convento de los Predicadores, hoy de las Agustinas, con su sacristía barroca, una columna dedicada al Bimilenario, edificio de la Diputación Provincial, iglesia barroca de San Froilán, rúa da Raiña, templo A Nova, Alameda, Círculo de Bellas Artes, Seminario y Cantones. Extramuros de la población, se hallan el parque de Ro­salía de Castro, mirador sobre el Miño, parque de Frigsa, auditorio y, en el barrio de A Ponte, las Caldas de Lugo, con aguas termales bicarbonatadas y sulfuradas, cuyas propiedades fueron explotadas ya por los romanos, lo que explica que el actual hotel se asiente sobre unas termas de las que quedan tres salas.

En los alrededores de Lugo merecen ser visitados el pazo de O Corgo, el centro artesanal de Bonxe y el tem­plo paleocristiano de Santa Baia de Bóveda. Se trata de un edificio enigmático, con pórtico con arco de he­rradura, bóveda con pinturas murales de temática vege­tal y pájaros. Algunos lo datan en el siglo IV o V y hay quienes dicen que pudo ser un edificio para el culto pa­gano en relación con las aguas, que se hallan presentes en una piscina interior entre columnas de mármol. Es uno de los edificios más misteriosos y sugerentes de España.

Monforte de Lemos

La tolerancia fue nota característica en la conviven­cia entre judíos y cristianos en Galicia. Precisamente en Las Partidas de Alfonso X el Sabio, que residió algún tiempo en Allariz donde recopiló sus Cantigas, en la Ley 4, tit. y part. VII se dice literalmente que «porque la sinagoga es casa do se loa el nombre de Dios, defen­demos que ningún christiano non sea osado de la que­brantar. Nin de sacar, nin de tomar ende ninguna cosa por fuerca, güeras si algún orne malfechor se acogiese a ella; ca a este atal bien le pueden hi prender para lo lle­var ante la justicia. Otrosí mandamos que los christianos non metan hi bestias, nin posen en ellas, nin fagan em­bargos a los judíos, mientras que hi estuvieren faciendo pracion segunt su ley».

El auge de la judería de Monforte de Lemos se debe sobre todo a su cercanía del monasterio de San Vicente del Pino y a la presencia de los condes de Lemos, sus protectores. Las ferias y la riqueza agrícola de la comar­ca completan las razones de la presencia judía. Fueron tan numerosos los judíos en Monforte que se explica que a los habitantes de esta población se les conociera du­rante mucho tiempo como los «judíos con rabo». Una de las huellas más elocuentes del paso de los judíos por Monforte es el hecho de que en la sacristía del templo del monasterio de San Vicente del Pino hay una imagen de Santa Ana, del siglo xv, que tiene en su regazo la Vir­gen con el Niño Jesús, representando las caras del zó­calo los personajes bíblicos Salomón, David, Samuel y Jeremías.

El barrio judío de Monforte se localiza en la ladera del monte que sube al castillo y al monasterio de San Vicente del Pino. La relación judíos-señores feudales-igle-sia o monasterio está bien patente también en el caso concreto de Monforte de Lemos. Aunque no sean muchos los recuerdos arquitectónicos judíos que se conservan en Monforte, la tradición judía es intensa en costumbres y en tradiciones. Hay varias referencias documentadas so­bre su presencia en la población y, entre ellas destaca un acuerdo tomado por el cabildo de la catedral de Lugo en 1462 en el que se cita la judería monfortina. Hay re­ferencias también de que fueron los judíos de Monforte los que poblaron «la villa de Ares, que dista una legua del Ferrol y de Puentedeume y cinco de Betanzos», lla­mándoles el pueblo bichos. En el centro de lo que fue judería se descubrió en Monforte una lápida sepulcral hebrea dedicada a Juan Gaibor y a su hijo Jorge, que debieron ser jefes o xudeos de la aljama. La pujanza co­mercial de la ciudad, el sentido emprendedor de sus gen­tes y el alto espíritu cultural y religioso, patrimonio es­pecífico de la raza hebrea, se descubre y percibe con facilidad en Monforte. La calle Calexa sita en el antiguo arrabal, los alrededores del ayuntamiento y la calle de la Cruz, así como el Cristo de la Colada con la leyenda del crimen ritual, son puntos de referencia monfortina típi­camente judíos.

El Mons Fortis monacal y feudal de la Edad Media, se asentó sobre el castro Dactonio citado por Plinio y junto a los benedictinos presentes desde el siglo x convi­vieron los condes-señores de Lemos desde el 1104. Al­fonso XI creó el condado en 1328. Fernando de Castro, Juana de Castro, Inés de Castro, el cardenal humanista Rodrigo de Castro… fueron miembros muy destacados de esta familia, entre los que también hay que citar al séptimo conde de Lemos don Pedro Fernández de Cas­tro, presidente del Consejo Supremo de Indias y virrey de Ñapóles mecenas de Lope de Vega, Góngora, Argen-sola, Quevedo y Cervantes, que le dedicó la segunda par­te del Quijote.

 

El recorrido turístico tiene en cuenta el Colegio de Nuestra Señora la Antigua, fundado por don Rodrigo de Castro, arzobispo de Sevilla. En su iglesia sobresalen la cúpula, el retablo mayor, el sepulcro del Cardenal, los cuadros de San Lorenzo y San Francisco de El Greco, pinturas de Andrea del Sarto… El convento de Clarisas fue fundado el año 1622 por doña Catalina de la Cerda y Sandoval, esposa del conde don Pedro Fernández de Cas­tro, que profesó en él al enviudar. Su museo de arte sa­cro es de los mejores de España en su género. La arque­ta-joyero de cristal de roca es pieza excepcional. Se custodian las tallas del Cristo Yacente y dos Inmaculadas de Gregorio Fernández.

La ruta nos lleva al convento dominico de San Jacin­to, con la iglesia parroquial de Santa María de Régoa, del siglo xvn. En lo alto del monte se alzan la torre del Homenaje del antiguo castillo y otros restos del mismo, procedentes de los siglos xm al xv. Desde la terraza se divisan las bellas panorámicas de Val de Lemos. El mo­nasterio de San Vicente del Pino, con su templo gótico decadente, luce en el altar mayor un interesante lienzo con el martirio del santo. El sepulcro del abad Diego García es del siglo xiv y en torno al mismo se dan cita enigmáticas leyendas. El claustro tiene tres pisos. Del pa­lacio de los condes quedan restos tan sólo.

La estancia en Monforte de Lemos con cualquier oca­sión turística hay que aprovecharla para efectuar una visita a la Ribera Sagrada del Miño.

La Ribeira Sacra que ta buenos vinos produce.

La Ribeira Sacra que tan buenos vinos produce.

Orense

El penúltimo de los acontecimientos reveladores de la fuerte y numerosa presencia de los judíos en Orense tuvo lugar en esta ciudad el día 29 de julio de 1672, cuan­do fue robada una Sagrada Forma al ser trasladada pro­visionalmente la parroquia de Santa Eufemia a la santa iglesia catedral. El suceso impresionó a los orensanos de tal forma que a los actos de reparación por el sacrilegio perpetrado asistieron el Ayuntamiento con maceros y empleados, arrastrando los regidores luto desde la casa del Ayuntamiento, estrenando bayetas, perdonos y tafe­tán negro. Aun sin haberse descubierto el autor o auto­res del robo, la multitud achacó lo inmediatamente y por aclamación a los descendientes de los judíos.

No obstante la convivencia de los cristianos orensanos con los judíos había sido ejemplar a lo largo de la histo­ria. La aljama orensana fue posiblemente la más impor­tante del Reino de Galicia y contaba con una sinagoga de gran prestigio que irradiaba su influencia político-religiosa a toda la región. Se ha asegurado que en esta población los judíos «eran tantos que sus habitantes cons­tituían si no la mitad del vecindario, por lo menos una buena parte». Los archivos históricos y los libros del Concejo hacen llevar a esta conclusión. La razón por la que la judería orensana y otras gallegas tuvieron un cen­so tan alto, radica sobre todo en el hecho de que, al ser perseguidos en Castilla y León sobre todo en 1391 los judíos, muchos de ellos optaron por refugiarse en el rei­no de Galicia. Galicia se distinguió a lo largo de su historia en servir de refugio a individuos y a grupos mar­ginados, si bien, aunque asentados en el territorio, vol­vían a exiliarse después de esa región a la búsqueda de sus raíces. Se dice que la emigración para el gallego no es una necesidad física, sino una obligación moral.

La aljama orensana se asentaba sobre las calles de la Rúa Nova hasta la Huerta das Ouliveiras, transformada después en calle del Instituto y Huerta del Concejo. En esta última calle, después de Pereira y plaza del Obispo Cesáreo, en la casa del número 13 existe aun el edificio que ha conservado hasta hoy el nombre de A Casa da Xudia. En uno de los edificios adjuntos levantados en el siglo xvi, vivió Díaz de Cadórniga, hijo del enemigo más encarnizado que tuvieron los judíos de Orense, que fue más tarde adquirido por el cabildo. Próxima a esta casa estaba la sinagoga que ocupaba parte del terreno que a mediados del siglo xvn fue adquirido por la Compañía de Jesús para construir en él su iglesia y colegio. Una vez más se demuestra el irrefrenable afán de los jesuítas por asentarse en lugares que habían sido utilizados por los judíos. El antiguo seminario conciliar ocupó también tales terrenos, al igual que el obispado y la iglesia de Santa Eufemia. Es fama que en Orense, además de las actividades normales ejercidas por la comunidad judía, miembros muy destacados de ella se dedicaban a curan­deros y algebristas y a prepararles sortilegios a los cam­pesinos que tan aficionados son a este tipo de curanderismos en Galicia.

Alrededor de la catedral y de la plaza Mayor se apiña su rico e interesante conjunto histórico. Las Alamedas pueden constituir el punto de partida para nuestra visi­ta, llegando inmediatamente a las Burgas, famosas fuen­tes termales que fueron ya aprovechadas por los roma­nos y cuyo caudal vierte con regularidad unos 300 litros por minuto, a una temperatura constante de 67°C. Tanto la fuente de Arriba como la de Abajo están artísticamen­te adornadas. Pasada la plaza Mayor se llega a la iglesia de Santa María Madre, en cuyo solar hubo antes una basílica paleocristina barroca. El Museo Provincial de Bellas Artes queda a uno de los lados. La plaza de la Magdalena está presidida por un cruceiro del siglo xvín y la plaza del Trigo luce una fuente en el centro.

La catedral de San Martiño fue construida entre los siglos xii y xiii. El Pórtico del Paraíso es anticipación del Pórtico de la Gloria compostelano. Al pie de su parteluz aparece la estatua de Santiago con su espada. La Capilla Mayor guarda retablo, obra de Cornelis de Holanda. Sus rejas y sus pulpitos son interesantes obras de arte. En un muro lateral hay que admirar el soberbio sepulcro gótico de un obispo. Entre las capillas destaca la del San­to Cristo, cuya imagen fue traída desde Finisterre por el obispo Pedro Marino en el siglo xv, y del que se narran piadosas y apasionantes historias. El Museo Catedrali­cio conserva joyas de mucho valor, como el tesoro ro­mánico de San Rosendo, la lápida cristiana más antigua de Galicia, el frontal de esmalte de Limoges… la cruz procesional y el Misal Auriense o de Monterrei.

 

La ruta turística ha de seguir por el Museo Municipal, Prazo do Ferro, la iglesia de Santo Domingo, casa de Ma­ría Andrea, de porte medieval, iglesia de Santa Eufemia con sus antecedentes judíos, casa dos Oca-Valladares… La casa de Corona reclama también atención turística, al igual que la iglesia de la Santísima Trinidad, jardines del Possio y la «cápela dos santos Cosmede e Damián»… Hay que ver además el convento de San Francisco, la «praza do Correxidor», el palacio de éste, el claustro ubi­cado en el parque de San Lázaro, que es el mejor en su género en Galicia, el edificio de la Diputación, estatua del orensano Padre Feixóo… La iglesia de San Francisco del siglo xiv, guarda diversos enterramientos de su época.

La Ponte Vella tiene basamentos romanos de la épo­ca de Augusto.

Allariz

En el año 1269 está fechado un documento de singu­lar trascendencia para el conocimiento y comprensión de las relaciones de convivencia del pueblo gallego con los judíos y que puede muy bien ser estimado como una ver­dadera joya documental en la historia del judaismo en España. Se trata de la «Carta de avenencia entre Per Eanez, vecino de Allariz é más omes-buenos et Isac Is­mael, Xudeo Maor de dita vila» otorgada bajo el reinado de Sancho IV. Amador de los Ríos, que fue el primero en dar a conocer el texto de esta carta, comenta que por ella «los cristianos se obligan a no molestar a los judíos en sus «rogas e festas», absteniéndose de entrar en los su­burbios de la villa donde aquellos moraban, durante sus festividades, aun cuando fuese para obtener justicia con­tra ellos («per os prendar»); los judíos se comprometían a vivir en la «xuderia é non ñas outras rúas da vila», evi­tando su presencia en las procesiones y otras fiestas de los cristianos para que «non aya hi camerias nin ruinda­des, nin desaguisados como de costume».

Esta carta prueba la existencia de una nutrida colo­nia judía en la población gallega presidida por un Xudeo

 

Maor dos Xudeos, equivalente a una especie de alcalde o presidente de la aljama que ostentaba representación y poderes para comparecer ante el escribano del rey en este caso de nombre Miguel Pérez. Podía ser rabino o Rabb Mayor, dado que el asunto del que se trataba era también religioso. La judería se conformaba como el Concejo, formado por los viejos que representaban la autoridad patriarcal, los adelantados y las cabezas de familia. Los fallos del Concejo se sometían al albedí, es­pecie de prefecto que ejecutaba las decisiones concejiles y que era nombrado por el rey, el obispo, el noble o se­ñor, e incluso el abad, si la judería se encontraba en la jurisdicción de algún monasterio. La sinagoga no sólo era el templo judío, sino el lugar en el que se asentaba la escuela talmúdica.

En la Carta de Avenencia de Allariz se dice con inge­nuidad que «e cando nos saquemos o noso Deus e sua Mal Santa María po las rúas, n’a d’estar hi presente nengun xudeo», con el fin de evitar cualquier riesgo de profanación, insultos, riñas o altercados. No obstante en el año 1317 hay noticias sobre el hecho protagonizado por un caballero, de nombre Juan de Arzúa, que montó a lomos de un toro bravo para espantar a los judíos que se burlaban al paso de la procesión del Corpus Christi. Al disfrutar la población de Allariz durante mucho tiem­po de una situación económica tan floreciente hasta el punto de ser conocida como la Llave del Reino de Gali­cia, el auge y desarrollo de la comunidad judía fue en aumento, y a ella le concedió el Fuero de Alfonso VII pin­gües privilegios. La tradición asegura que la judería se ubicaba en el barrio extramuros de Socastelo, en las cerca­nías del castillo, en la calle que hoy se conoce como Nue­va, detrás de la iglesia de San Esteban, es decir, en la par­te más alta de la población. Es posible que la sinagoga estuviera en la actual calle Aceñas, paralela a la anterior.

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Las leyendas góticas fantasean que Allariz fue funda­da por el rey godo Alarico, siendo residencia de Sisebuto y de Witiza. Fue sede del gobierno de los condes de Gali­cia Raimundo de Borgoña y doña Urraca. Fue dotada de «Fuero Completo» por Alfonso VII y, de corte militar, pasó a ser corte literaria de Fernando II y de Alfonso X, que fue proclamado aquí rey, y que aquí también com­pendió sus Cantigas. Resulta con estos datos más que explicable la presencia y prosperidad de la aljama judía. La original Festa de Boi cuyo origen responde a la re­paración por las injurias que en una ocasión recibió la procesión del Corpus por parte de un grupo de judíos, hace perdurar todavía el recuerdo de su presencia en la Llave del Reino de Galicia. En la procesión el héroe Xan de Arzúa es llevado en procesión al Consistorio y su mu­ñeco colgado del balcón mientras duran las fiestas.

La visita turística por el pueblo incluye el Campo da Barreira, su fuente diseñada por Ferro Caaveiro, y el san­tuario de San Benito y sus cruceiros. El monasterio de Santa Clara es fundación de doña Violante, la esposa de Alfonso X el Sabio, en 1282. Resalta su claustro, de los siglos XVII y XVIII, que es el mayor de España. En su museo se encuentran piezas excepcionales, de la época de Fer­nando III, como la Virxe Abrideira de marfil con escenas de los gozos de María en su interior y una cruz de cristal y esmaltes. Gran interés tiene el Ayuntamiento y la igle­sia románica de Santiago. La iglesia de Santa María de Vilanova es del año 1180. Cerca se halla el puente alomado sobre el Arnoia, de la época medieval. Un día a la semana, y con remembranzas medievales, el Muiño do Burato ejerce su función artesanal. Otros atractivos tu­rísticos de Allariz se reflejan en los edificios y lugares siguientes: puente de San Lorenzo, jardín de Portovello, iglesias de San Pedro y San Esteban, palacios de Castro-Ojea…

La ruta ha de integrar parte de los alrededores de Allariz con mención para el templo de San Martiño de Pazo y la basílica románica de Santa Marina de Augas Santas con su correspondiente leyenda martirial en tiem­pos del emperador Adriano y sus amores con el prefecto romano Olibrio. En el monasterio hay que ver el sepul­cro de la santa bajo un templete, diversos retablos barrocos y un palacio episcopal de verano, con la ermita de San Bartolomé en la que se encontraba, tal y como atestigua la piadosa y fantástica tradición, uno de los tres pozos que surgieron cuando le fue cortada la cabeza a Santa Marina. Cerca se halla también Forno da Santa, en el que la referida tradición sitúa el lugar del martirio, pero que pudo muy bien ser una cripta funeraria celtorromana, dotada hasta de piscina. De la mano y de la palma martirial de Santa Marina es posible efectuar una ruta turística por los alrededores de Allariz, cargada de recuerdos y leyendas piadosas excepcionalmente ori­ginales y curiosas. La iglesia cercana de San Pedro da Mezquita se concluyó en 1202.

Ribadavia

En el año 1366, en la Carta-Fuero dada por el conde de Lemos don Pedro Ruiz de Castro, pertiguero mayor de la tierra de Santiago, declara libres «a todos, así judíos como cristianos…» Ridabavia fue un importante centro comercial y su cercanía a Portugal favoreció las condi­ciones de esta población para que su judería se afirmase y acrecentase tanto por las generosas posibilidades co­merciales que reportaba su situación geográfico-adminis-trativa, como por las facilidades para refugiarse en el país vecino, en el caso de que llegaran también a Galicia las persecuciones contra ellos que se cernían sobre el resto de España. Durante la Edad Media el reino de Galicia fue gran exportador de pescado salado, lienzos, ganado vacuno y caballar, minerales y vinos, por lo que la acti­vidad comercial e industrial de los judíos fue muy valo­rada, llegando a conseguir la judería de Ribadavia gran prestigio y población. Es tan fuerte la tradición judía en Ribadavia, que algunos hasta llegan a creer que el mis­mo nombre del pueblo quiere decir en hebreo Voluntad del Señor.

De los hechos históricos más importantes protagoni­zados por los judíos en Ribadavia, con carácter nacional resalta el acontecido cuando, a raíz de las luchas intestiñas entre Pedro I y su hermanastro don Enrique de Tras-támara, Juan de Gante, duque de Lancaster, tío de Ri­cardo II de Inglaterra, quiso hacer valer los derechos de sucesión al trono de Castilla de su esposa doña Constanza, hija de don Pedro y de doña María de Padilla y obtuvo una bula del Papa Urbano VI que desposeía a Juan I de Castilla, hijo de Enrique de Trastámara. Para conseguir el reino, desembarcó en La Coruña el día del Apóstol de 1386 y fue conquistando poblaciones galle­gas hasta que llegó a Ribadavia, cuyos vecinos la defen­dieron contra las tropas del Lancaster —El Príncipe Ne­gro—, siendo los judíos en número unos 1500 los encargados de hacerlo en la puerta Nueva, la muralla de la Magdalena y Arrabal. El éxito de la batalla se debió no solamente al valor demostrado por los judíos sino tam­bién, como relatan las crónicas, «a los buenos vinos que eran tan fuertes y ardientes que los ingleses no podían beberlos, y cuando bebían mucho, no podían con sus cuerpos en dos días».

La aljama de Ribadavia es una de las mejor conser­vadas en Galicia. En la comarca todavía son conocidos los vecinos de Ribadavia con el sobrenombre de judíos. La judería se enmarcaba en la plaza de La Magdalena, en las calles de Santa Cruz y de las Bodegas, hasta la vieja muralla y la puerta del Arrabal que defendieron con tan­to empeño y valor. No existe ahora esta puerta, pero sí el recuerdo y el nombre significativo junto a las ruinas del castillo de Porta Nova. La casa de la Tora o sinagoga se hallaba en la calle de Judería, que pasó después a nominarse calle de la Cruz. Un escudo en la fachada pue­de ser la señal de su localización. El cementerio judío pudo hallarse entre las murallas de la puerta Nueva —Nova— y el río Avia. Cerca de estos lugares está la lla­mada Cruz de los Judíos. Con desfiles y alegrías se cele­bra en esta población gallega la conocida como Fiesta de los Judíos —Festa da Istoria— en el mes de septiem­bre, en las que pueden degustarse rosquillas, melindres y diversos dulces de origen hebreo. El Festival de Músi­ca Sefardí se celebra en agosto.

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En Ribadavia, además de beber su buen vino, hay que ver y disfrutar de sus atractivos monumentales e históri­cos. En la zona del castillo son dignas de veneración las ruinas de la fortaleza de los condes de Ribadavia y la igle­sia de Nosa Señora do Portal, patrona de O Ribeiro, que recibe la devoción de los fieles en su capilla neoclásica. El convento de Santo Domingo mantiene todavía una elegante iglesia gótica, con sepulcros nobles. En la Praza Maior destacan varias casas antiguas y una torre del si­glo xvi adosada al ayuntamiento. La judería es la mejor conservada de Galicia, bajando hasta la plaza e iglesia de la Magdalena. Próximo a la aljama se alza el templo de Santiago, románico, de una sola nave y un ábside se­micircular, del siglo xiv. La casa del Marqués de Baamonde ha sido habilitada para Museo de Artes e Costumes Populares do Ribeiro. La casa de la Inquisi­ción muestra cinco escudos sobre arco mixtilíneo del si­glo xv. La iglesia de San Juan perteneció a los Hospita­larios. Del monasterio de Oseira dependió el templo de Santa María da Oliveira, construcción ojival del siglo xm, con bello cruceiro. Junto al puente medieval sobre el Avia se halla el convento franciscano de San Antón.

Pontevedra

La leyenda hace intervenir en la fundación de Pontevedra nada menos que a Teucro, hijo de Telamón, héroe de la guerra de Troya. Los romanos la llamaron Ad Dúos Pontes y en la Edad Media era conocida como Pontis Veteris. La población fue donada por Fernando II a la iglesia de Santiago en desagravio por las injurias que en nombre del rey le habían hecho a unos peregrinos que recorrían el llamado Camino Portugués. La etapa de es­plendor de la población se consiguió en el siglo xv, en tiempos de los Reyes Católicos, con la construcción na­val y el comercio. De sus astilleros salió la nao que, con el nombre de La Gallega, bautizada con el de Santa Ma­ría, fue la capitana de Colón en su primera aventura ha­cia América.

 

En unos tiempos en los que milagrosamente los pe­ces del Miño aparecieron a cinco millas del cercano mu­nicipio de Lais, con letras griegas, hebreas y latinas en sus lomos, que eran las más usadas del mundo antiguo, teniendo en cuenta además la situación privilegiada de Pontevedra en el camino santiaguista portugués, era pre­sumible que la colonia judía fuera bastante importante. De su existencia se tienen conocimientos documentados desde el 1304 cuando Juan Fernández da Ponte vendió al prior y frailes de Santo Domingo de esa población una heredad, para lo cual el notario había de dar traslado de ello a «maestre Jaco é Calvasan judeus moradors en Pontevedra». El término Calvasa quiere decir, además de grande, rico o poderoso, custodio o guardián de la sina­goga.

Dada la importancia comercial de la «boa vila» de Pontevedra en la Edad Media, su judería fue muy activa y rica, al mantener su puerto relaciones comerciales con los principales del Mediterráneo y del Atlántico. El espa­cio que se cree ocupaba esta judería era el comprendido entre el pazo del Barón de la Casa o de Maceda o la Casa del Barón en la que se halla instalado en la actualidad el Parador de Turismo, y la iglesia de Santa María. Forma­ron parte de la aljama las calles de San Pablo, Rúa Alta, Platerías Vellas, Amargura y Tristán de Montenegro. El cruce de las cinco rúas se halla presidido por un cruceiro que tiene la particularidad de presentar las figuras de Adán y Eva en el fuste. Hoy es el barrio tradicional de las tabernas. Todavía es posible apreciar en las casas pequeños porches que en tiempos pasados fueron tí­picos de las edificaciones judías en el reino de Gali­cia. La plaza de Santa María sigue siendo conocida con el nombre de Campa dos Xudeos, existiendo la creen­cia de que en sus inmediaciones se encontraba el cemen­terio judío, que en los documentos de la época se cita como colindante con la iglesia de San Bartolomé, que fue derruida y en su solar se asentó el edificio del Teatro Principal. Hay que hacer constar que hasta tiempos bas­tante recientes la estructura de la judería pontevedresa se conservó con todo su encanto y fue en el presente siglo cuando perdió gran parte de su configuración tradi­cional.

Una de las citas turísticas, piadosas y arquitectóni­cas a la vez de mayor consideración en Pontevedra es el santuario de la Peregrina, con sus leyendas y el recuerdo en las Cantigas del Rey Sabio en las que aparece María guiando a los peregrinos santiaguistas con su bordón hacia la tumba del apóstol. La tradición cuenta que cier­tos peregrinos franceses trajeron a la ciudad una ima­gen de la Virgen ataviada con ropajes similares a los suyos y por esos Ella recibe a sus devotos con vestidos propios de los tiempos de Luis XV de Francia. El templo es medio barroco y medio neoclásico y tiene planta cen­tralizada y curiosa forma de venera, con fachada convexa.

Iniciada la visita a la ciudad en la Alameda, hay que admirar el monumento a los héroes de Pontesampaio, ayuntamiento, Gobierno Civil, jardines de Vicenti o Palmeras, con las venerables ruinas y cabecera quín-tuple del convento de Santo Domingo, del siglo xiv, que hoy guarda la sección lapidaria del Museo Provincial. En la plaza de Alonso Fonseca se halla la casa gótica de Fon-seca y de los Méndez Núñez, junto a la iglesia de Santa María, apodada de los Pescadores o de la Granada. Se trata de una auténtica joya del arte gallego mezcla de estilo gótico isabelino, con influencias manuelinas y ten­dencias platerescas del primer renacimiento hispano. Lo más notable del conjunto es la fachada principal, obra de Cornelis de Holanda y Juan Nobre que es un impre­sionante retablo de piedra dedicado a la Virgen. En lo alto aparece la Trinidad y en los intercolumnios latera­les Adán y Eva y diez santos. En las enjutas del arco apa­recen las estatuas de Carlos V y de su hijo Felipe II y junto al rosetón, las de Colón y de Hernán Cortés. En la porta­da lateral se presenta asimismo Carlos V con el Santo Cristo del Buen Viaje, bajo un tejadillo.

La ruta prosigue por los aledaños del santuario de las Apariciones, el pazo del Barón, la praza do Teucro, el palacio de los Gago y Montenegro, el del conde de San Román y la casa de los Pita. Cerca se halla el Teatro Prin­cipal, que llegó a ser el más antiguo de Galicia. Hay cer­ca una casa gótica y algunas barrocas. Entre las plazas pontevedresas hay que contar con las de Las Gallinas, La Verdura y la más popular que es el Eirado da Leña con su cruceiro en el centro. En la de A Pedreira se halla el arruinado palacio de Mugártegui. La ruta sigue por el Museo Provincial, palacios barrocos, palacio Sarmiento, con su tesoro de Caldas, palacio García Flórez, iglesia de San Bartolomé con la Magdalena de Gregorio Fernán­dez, convento de Santa Clara, casa das Caras, iglesia de San Francisco con enterramientos, jardines de Castro Sampedro con la Fonte da Ferraría…

Tui

«Et que los mercaderes de Tuy que vayan e vengan seguros por todo el Regno, e que ninguno non sea pren­dado…». El Fuero de Tui fue otorgado por Fernando II, abuelo de Fernando III el Santo, en 1170 y las palabras anteriores hacen expresa referencia a la numerosa po­blación judía que se asentaba en Tui y cuyas profesiones y actividades se identificaban en gran manera con las propias de los mercaderes. Fernando III el Santo sancio­nó tal Fuero, reforzando las franquicias civiles de los tundenses, incluidos los judíos, que las aprovecharon en sus desplazamientos por el Reino de Galicia: «Los del Concejo de Tuy mostráronme una carta del rey don Fer­nando, mió abueno, de costumbres et de fueros que dio a los pobladores de Tuy quando mandó la puerble de un lugar ó estaba a otro lugar más fuerte, ó agora está».

Una vez más el rey santo demostró poseer gran sen­sibilidad y respeto hacia los problemas de la población judía, lo que llegaría a explicar en su día que su hijo el Rey Alfonso X el Sabio mandara colocar en el sepulcro de su padre en la catedral de Sevilla un cuádruple epita­fio escrito en latín, castellano, árabe y hebreo. Tal acti­tud de comprensión hacia los judíos se manifestó de modo muy particular en el incumplimiento del decreto antijudío, dado por el arzobispo compostelano Bernar­do II, por exigencias del Papa. Fernando III, que había decretado la igualdad ante la ley de judíos y de cristia­nos, no permitió en determinados lugares de su reino la aplicación de ofensivas decisiones pontificias, arzobis­pales y aun civiles discriminatorias para los judíos, como en el caso de tener que portar signos y distintivos en sus vestidos, que les resultaban gravemente vejatorias.

Por supuesto que las propiedades de la comunidad judía tras el Decreto de Expulsión de 1492 pasaron a manos del obispo y del cabildo. En el archivo de la cate­dral de Tui se conserva un documento, en el que puede deducirse que la sinagoga de la ciudad se encontraba en la rúa da Oliveira «junto a la muralla del rey Fernando II, en las inmediaciones de los Palacios Episcopales an­tiguos», tal y como ha escrito un historiador local. Tal calle, hoy inexistente, se encontraba entre los restos de la muralla cercanos a la calle Ordoño y la de las Monjas, próxima a la catedral, con lo que la defensa y protección de la comunidad judía podía estar garantizada del mejor modo posible. La judería tudense fue notable y próspe­ra, no sólo por el talante comercial propio de la ciudad episcopal de Tui, sino también por su situación geográ­fica a tan sólo un paso de la frontera portuguesa, con lo que las posibilidades de acogerse a las leyes de ese país resultaban ser muy cercanas en caso de persecución o de huida. La ubicación del cementerio judío tudense pa­rece haber sido el montecillo junto al barrio de la Saravia.

Tui fue una de las siete capitales del Reino de Galicia y la colina en la que se asienta, coronada por la catedral-fortaleza, es toda ella una réplica de los baluartes portu­gueses de la villa de Valenca do Miño en permanente actitud de disputas internacionales en tiempos pasados.

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Tui es un precioso conjunto histórico-artístico, con reminiscencias de acrópolis helena, lo que hace presen­tir la veracidad de su fundación por los griegos. La cate dral es del siglo xn y su aspecto es netamente propio de las fortalezas. El pórtico cobija la puerta principal, de mediados del siglo xni, decorada con esculturas de pro­fetas, santos, apóstoles y reyes. San Telmo preside la sillería barroca. En la capilla de San Telmo está el mau­soleo de Diego de Torquemada, junto a un gran relicario en el que se custodia la cabeza de San Telmo el patrono de los marinos que por cierto y sorprendentemente este religioso de la Orden de Santo Domingo nació en plena meseta castellana, en la población palentina de Frómista. En la capilla de Santa Catalina —museo catedralicio— hay que mencionar la custodia y los cetros procesionales de 1602, el cáliz de coco del siglo xv y una imagen de la Virgen, de la escuela de Juan de Juni. El claustro es del siglo xin. En la sala capitular se instala la colección ar­queológica del museo. Desde la torre de Soutomaior es amplia y bella la panorámica que se contempla sobre el río Miño y Portugal. También el Museo Diocesano reúne colecciones de gran interés, con mención para el casco celta en bronce de Caldelas de Tui.

La ruta prosigue por el ayuntamiento, el monumento al obispo Lago, Cantón de Diómedes y la estatua de Fray Rosendo Salvado, padre benedictino que curiosamente fue quien introdujo en Galicia la planta de los eucalip­tos que personalmente había traído desde su misión aus­traliana, al ser designado obispo de la diócesis de Tui. La iglesia barroca de San Francisco posee un bello y ori­ginal retablo salomónico. En la llamada Zona Baja de la población destaca la capilla de San Telmo, convento de las Clarisas o Encerradas, convento de Santo Domingo con retablo mayor churrigueresco e iglesia de San Bar­tolomé de Rebordans, construcción románica del siglo xi, con frescos del siglo XVI.

 
 
 

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