ANDALUCÍA

SEVILLA

Las huellas judías son todavía frecuentes y múltiples en Andalucía. Y, además, doctas y artísticas. Grandes personalidades judías contribuyeron en gran medida a acrecentar y a difundir su doctrina por todo el Occiden­te. La Academia Rabínica de Lucena, en la provincia de Córdoba, fue ejemplo muy meritorio de ello, llegando a ser el foco doctrinal más importante de Europa. Las si­nagogas que aún se conservan en Córdoba, Jerez y Aroche, son otras tantas muestras puras del arte hebreo. Pero también en Andalucía, concretamente en Granada, se firmó el decreto de Expulsión de los judíos y en Écija, su arcediano Fernando o Fernán Martínez se constituyó en uno de los más acérrimos y crueles perseguidores de los judíos. Sevilla y su barrio de Santa Cruz, al igual que Córdoba, son estancias judías muy reconocidas internacionalmente.

 

 

Entre Olivos (Andalucía – Río Guadalquivir – Jaén y Córdoba)
http://youtu.be/oxLHGX4ux8E
 Almería

La ciudad de Almería, que es oferta turística por to­dos sus costados, lo es también precisamente con todos los merecimientos posibles por encontrarse en los cami­nos que conducen a la España judía. No hay visita a la España judía sin que su programación cuente con pasar y detenerse en la ciudad andaluza de Almería. Su histo­ria está marcada por su situación como puerto marí­timo privilegiado. Por la ciudad pasaron los fenicios, los judíos, los cartagineses, los romanos, los visigodos, los musulmanes… por lo que la hospitalidad y la toleran­cia fueron y son sus características, con gran dimensión y acierto turísticos. Una ciudad a la que los romanos co­nocieron como Portus Magnus —Gran Puerto— y los ára­bes como Espejo del Mar, es decir, Al Meriya, lleva den­tro de sí excepcional contenido turístico. Un antiguo proverbio asevera que «cuando Almería era Almería, Gra­nada era su cortijo», con referencias enaltecedoras a la importancia que adquirió la ciudad en determinados momentos de la historia árabe. Alfonso VII de Castilla la conquistó en 1157, pasando diez años después al poder de los árabes, hasta que en 1489 fue definitivamente con­quistada por los Reyes Católicos. Abu Abdalah, apodado El Zagal, negoció su entrega a los Reyes, quienes le otor­garon su escudo.

La de Almería fue una de las comunidades judías más prósperas de Andalucía. Ya desde el siglo x podía haber alcanzado su censo judío el número de dos mil personas. Los tiempos árabes no fueron para ellos ni de peor condición, ni de mejor que fueron los de los cristianos para otras juderías. La tradición coloca el barrio judío en el que ahora es conocido como el de la Chanca, hoy bastante pobre, sin que esto quiera decir que entonces lo fuera también dado que hay constancia de que este barrio estuvo deshabitado du­rante largos siglos. El perímetro del barrio judío esta­ría comprendido por las calles siguientes: Reducto, Arquímedes, Maromeros, Pítágoras, San Ildefonso, Galileo, Socorro… Es decir, el espacio comprendido en términos generales entre la rambla de la Chanca y la co­lina de la Alcazaba.

Su ubicación no podía ser ni otra ni mejor, teniendo en cuenta, como en tantas otras ciudades y pueblos, que los judíos habían de elegir para sus viviendas aquellos lugares en los que pudieran sentirse más y mejor prote­gidos, como en el caso de las cercanías a la alcazaba. Esta fue construida en el siglo vm por Abderrahman m y des­taca por sus impresionantes dimensiones, con 450 me­tros de longitud y 43.000 metros cuadrados de superfi­cie,   considerada   como   una   de   las   de   mayores proporciones de todo el mundo y una de las más seguras fortalezas medievales.

El barrio de la Chanca se caracteriza por sus casas cúbicas excavadas en la montaña y pintadas de vivos colores, siendo hoy la mayoría de sus habitantes pesca­dores.

El itinerario turístico ha de comenzar por su alcaza­ba, compuesta por tres recintos. La Muralla de Hayrán y el Parque-Reserva Instituto de Aclimatación de Fauna Sahariana, es también punto de referencia, como lo es el cerro de San Cristóbal, el mejor mirador de la ciudad. El templo de San Juan es monumento histórico-artístico con el muro de la quibla y el mihrab. La catedral fue ini­ciada a principios del siglo xvi en el emplazamiento de la antigua mezquita, según planos de Diego de Siloé. Fue concebida como catedral-fortaleza, con torreones hexa­gonales en su exterior y bello portal. Luce el curioso re­lieve del Sol de Portocarrero, símbolo de la ciudad. En la Basílica de Nuestra Señora del Mar se venera la pa­traña.

Jerez de la Frontera

En el repartimiento de las propiedades que efectuó el rey Alfonso X el Sabio en 1266 al conquistar Jerez a los musulmanes, se les asignó a los judíos nada menos que noventa casas. Entre los nombres de los favorecidos resaltan los del almojarife don May Todros ha-Lavi Abu-lafia y su hijo Josef, procedentes de la judería de Toledo. No hay, no obstante, constancia documentada de pobla­ción judía en Jerez antes de ser conquistada por los cris­tianos. La judería jerezana cotizaba con 5.000 maravedíes al tesoro real.

Hay constancia de que también esta judería gaditana fue asaltada por los fanáticos cristianos instigados por el arcediano de Écija en 1391. Hay constancia asimismo de que algunas familias se bautizaron, aunque no cons­ta cuales fueron los motivos reales que les instaron a to­mar tal decisión que tantos dramas les acarreaban. Al­gunas de ellas consentían en matar a sus hijos antes de dejar que se bautizaran, volviéndose locos otros al tener que ceder a las presiones socioreligioso-económicas, que les impulsaban a recibir el bautismo. No pocos llegaron a suicidarse.

En agosto del año 1391 los conversos donaron parte del cementerio judío a la iglesia, para que en él se cons­truyera el convento de los padres dominicos. La judería logró rehacerse pocos años antes de la expulsión defini­tiva por parte de los Reyes Católicos y en ese tiempo apa­rece como recaudador en Jerez el cronista Selomó ben Verga. Como dato curioso hay que reseñar que, ante la petición a los Reyes Católicos por parte de las autorida­des locales en favor de un aplazamiento de tan funesta medida, alegando que la población se vería gravemente afectada por la pérdida de tantas y tan importantes fa­milias, los reyes decretaron que la expulsión en esa ciu­dad se retrasara seis meses más.

En Jerez hay referencia oficial todavía de una calle de la Judería. Tal calle no tiene salida y se encuentra junto a la muralla, cerca de la antigua Puerta de Sevilla. To­dos los indicios instan a creer que la ubicación del ba­rrio judío coincidiría poco más o menos con las calles que en la actualidad tienen estos nombres: San Cris­tóbal, parte de la calle Plateros, Huevar, Poca Sangre, Lecheras o Alvar López, Campas de las Monjas, calle­juela del Muro, plaza de Primo de Rivera, el Progre­so, Tornería… Hay referencias de la existencia de dos sinagogas, si bien sólo de una de ellas parecen ser más claros los recuerdos de su ubicación junto a la anti­gua plaza de Sevilla y de la calle Judería. Del cemen­terio judío se asegura que estuvo «entre el muro de Jerez y la frontera huerta del convento de Santo Do­mingo y entre las puertas del Real y de Sevilla lindan­do con la carrera de Arcos». El Honsario o Fonsario se emplaza en esos lugares. El Molino del Judío y la Viña del Judío, en el término municipal de Jerez, son referencias claves en la ruta turística por la judería de esta po­blación.

El patrimonio histórico-artístico general de Jerez tie­ne capítulos de tanta importancia como los siguientes: el alcázar, fortaleza del siglo xn, antigua residencia del califa de Sevilla, con la iglesia de Santa María, antigua mezquita. En la catedral de San Salvador se conservan bellas vidrieras y un cuadro de Zurbarán. La iglesia de San Miguel, del gótico isabelino, posee obras de Martí­nez Montañés, José de Arce y Roldan. La iglesia de San­tiago data del siglo xm y es centro de uno de los barrios más populares. También de estilo gótico-mudejar es la iglesia del patrono San Dionisio. Un gran retablo churri­gueresco caracteriza la iglesia de San Mateo. Otras igle­sias que merecen ser admiradas son la basílica de Nues­tra Señora del Carmen, la de San Lucas, San Marcos, iglesia-convento de Santo Domingo, de Nuestra Señora de la Merced… El conjunto monumental se completa con la Puerta del Arroyo, las murallas almohades, el palacio Domecq, el de Pemartín… y las bodegas. Otro atractivo turístico muy singular de Jerez es el Monasterio de la Cartuja, fundado el año 1463, con fastuosa portada, claus­tro gótico y el llamado Claustro Grande.

 

Hacia las marismas (Córdoba y Sevilla)
http://youtu.be/gW4jdM-zTr4

Córdoba

La judería de Córdoba, dentro del recinto amuralla­do de la Al-Madina, se ubicó desde el principio muy cer­ca del palacio califal y no lejos de su tan famosa mez­quita. Debía tener su puerta de acceso propia, como lo indica el nombre árabe de Rabad bab al-Yahud citado por autores medievales que describieron la ciudad y que posteriormente fueron copiados por otros. Lo primero que hay que resaltar es el hecho de la íntima y cercana relación existente entre el barrio judío y el alcázar de los califas, rasgo que se encuentra repetidamente en tantas otras juderías en su relación con los alcázares árabes ‘■ después con los castillos y catedrales cristianas.

Huelga decir que la de la ciudad de Córdoba fue una de las juderías más grandes y más importantes de Espa­ña. Y la que además conserva mejor sus más puras esen­cias en todos los sentidos, con mención especial para sus argumentos turísticos. Recientemente ha sido reconoci­da tal condición al haber sido declarada como Patrimo­nio de la Humanidad por la Unesco, con una extensión de alrededor 90 hectáreas de terreno urbano. El barrio fue mandado cerrar en 1272 por Alfonso X el Sabio, obli­gando a sus habitantes a vivir dentro del mismo. La pa­tria del gran judío Maimónides y de poetas, literatos y talmudistas tan célebres, así lo requería. El barrio de la Judería o Judería cordobesa se ubica entre la puerta de Almodóvar, la muralla, el palacio episcopal y la mezqui­ta. El recuerdo judío es frecuente en la ciudad, hasta con reclamos publicitarios turísticos, dado que tiendas, libre­rías, cafeterías, hoteles, restaurantes, plazas y calles han sido denominadas con términos judíos. El itinerario tu­rístico de la judería es el siguiente: puerta de Almodóvar, calle del Judío, Sinagoga, estatua de Maimónides en la plaza de Tiberiales, plaza de Maimónides, Tomás Con­de, Albucasis, plaza de Judá Leví, plaza del Cardenal Salazar, Manrique, Juderías, Mezquita, Catedral, Ama­dor de los Ríos, plaza de los Reyes Cristianos y barrio de San Basilio. El castillo de la Judería se hallaba junto a las calles de Caballerizas Reales y San Benito. Otro ba­rrio judío parece haber existido además en la ciudad jun­to a una puerta llamada también del Osario, o de los Ju­díos. Como tantas otras sinagogas, la de Córdoba, en la calle Judíos, 20, fue convertida en hospital y en iglesia, aunque muy reformada. Es fácil deducir que junto a ella se ubicaban diversas dependencias, como la Escuela Rabínica y los baños. En esta sinagoga después de 501 años, se celebró una boda, el 30 de mayo de 1993. El ce­menterio judío —Fonsario Judío— se ubicó en la cono­cida Huerta del Rey. La visita turística a la judería o ba­rrio judío de Córdoba proporciona satisfacciones incontables e inéditas.

 

Córdoba fue siempre ciudad de poetas, sabios y filó­sofos judíos y junto con algunas —pocas— ciudades levantinas, en ella se encontraban ya comunidades y nú­cleos de población judía cuando los visigodos llegaron a España. En el siglo xn surgió en esta ciudad un falso mesías llamado Mose Darí, cuyas profecías causaron pro­funda conmoción en Córdoba y cuya fama se extendió a comunidades de fuera de la península. En Córdoba, al igual que en otras ciudades, lloró el poeta R. Abraham idn Ezra la persecución de su pueblo, con versos como éstos: «Botín en manos de Ismael/Huidos a Edom/sin vida perdidos». Cuando Fernando II conquistó Córdoba, nom­bró Oficial Mayor suyo en la ciudad a Yahuda Abrabanel, quejándose las autoridades eclesiásticas que se le hubie­ra permitido construir una sinagoga que fuera más alta que la iglesia. Del gran maestro del judaismo y filósofo universal, el cordobés Moisés Maimónides, se dijo que «desde el Moisés que sacó al pueblo de Egipto, hasta Moisés ben Maimón, no ha habido nadie como nuestro Moisés Maimónides».

En Córdoba al igual que en otras tantas ciudades, fueron muchos los judíos que abrazaron la fe cristiana para así escapar de la muerte o mantener su situación económica o social. La distinción entre cristianos viejos y nuevos conversos, dio lugar en el siglo xv a la inicia­ción de los «expedientes de limpieza de sangre» según el cual había que demostrar la no ascendencia judía para optar a cargos civiles o eclesiásticos. Durante la época del califato de Córdoba y los reinos de taifas, —siglos x y xi— la cultura judía alcanzó cotas de máximo esplendor.

Con Abderramán III los judíos prosperaron social y económicamente, sobre todo en Córdoba y cuando el mismo califa puso una buena parte de su política econó­mica en manos del hebreo Hasday ben Shaprut, minis­tro todopoderoso.

Florecieron asimismo en Córdoba también las letras, siendo sus principales representantes los poetas Samuel ibn Nagrela, con sus Cantos de Primavera, ibn Gabirol con su Corona Real, Moshé ibn Ezra, con su Collar de Perlas y Yehudá ha-Leví con sus Sionidas. Josef ibn Sadic fue talmudista y también poeta, autor de El Microcosmos, que escribió en árabe.

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Córdoba es además un manual de razones turísticas originales. Su riqueza monumental se explica en gran parte al tener en cuenta que en época romana fue la ca­pital de la Hispania Ulterior, cuna de Séneca el Retórico y su hijo Séneca el preceptor de Nerón, del poeta Lucano y del obispo Osio consejero del emperador Constantino. El año 719 los califas de Damasco instalaron en Córdo­ba a los emires de Al-Andalus, en el 756 Abderrahmán I creó el emirato independiente y dos siglos después Abderrahmán III proclamó el califato con independencia total siendo Córdoba el centro cultural más importante de todo el Occidente. Gracias a Averroes, Occidente co­noció en el siglo xn el pensamiento aristotélico y su con­temporáneo Maimónides sobresalió como médico y filó­sofo.

El arte árabe logró gran esplendor en Córdoba y su principal exponente es la gran mezquita. Alfonso X situó la capilla mayor en la llamada capilla de Villaviciosa o Lucernario y al lado se construyó la capilla real decora­da con estucos mudejares. En el siglo xvi se construyó la catedral en el centro de la mezquita.

Descuellan además de la judería y la sinagoga, el pa­lacio de Viana, el Museo Arqueológico, el alcázar Omeya y el alcázar de los Reyes Cristianos, con sus mosaicos, sarcófagos y jardines, la Torre de la Calahorra, las pa­rroquias fernandinas, el Hospital de San Sebastián, hoy Palacio de Congresos, los triunfos de San Rafael, los molinos harineros del Guadalquivir, el Museo de Julio Romero de Torres, el Museo de Bellas Artes, la torre de la Malmuerta, las puertas de Sevilla y de Almodóvar, los arcos de Belén y del Portillo, el convento de San Pablo, la Casa de las Campanas, las de los Caballeros de San­tiago, de los Ceasó del Indiano, de los marqueses del Carpió, de los de la Fuensanta del Valle, el palacio de los Páez Quijano, Museo Arqueológico, Museo Municipal Taurino, Plazuela del Potro con su fuente y posada cervantina, Cristo de los Faroles, plaza de la Corredera, Ayuntamiento y junto a él templo romano del siglo i, murallas romanas y las ruinas de Medina Azahara.

Lucena

Lucena tuvo una de las juderías más importantes de España y de todo el mundo. La Edad de Oro del judais­mo español y hasta mundial, fue vivida en gran parte en Lucena, con mención para su Escuela o Academia Tal­múdica Rabínica, que la convirtió en el centro cultural y religioso del mundo occidental al que acudían muchos judíos a que les fueran impartidas las directrices. En las fuentes hebreas, Lucena era conocida como Alisana al Yahud —ciudad de muchos judíos—. A título de ejem­plo, para demostrar el peso que su famosa «yesiba» lo­gró en el mundo, hay que recordar que, cuando fue ase­sinado en Granada en 1066 el hijo de R. Hisay, Yejosef, que había heredado su cargo como dirigente del judais­mo, su familia se refugió en Alisana al-Yahud, heredera de Granata al-Yahud. Entre los eruditos que enseñaron en Lucena se halla R. Yishap ben Yehuda ibn Giyat, fa­moso «halajista» de su tiempo. Destaca sobremanera R. Yshap Alíase, que con su obra legislativa comenzó la codificación sistemática de la «halaka», sobre la que se creó la tradición sefardí. Continuadores de su obra fue­ron Maimónides en el siglo xn, R. Yacob ben Aser de Toledo en el siglo xv y R. Yosej Caro en el xvi. Estuvie­ron relacionados con Lucena Yosef ibn Migas que estu­vo al frente del centro de estudios y Yehuda ha-Levi una de las figuras descollantes en el judaismo español del que se conserva una jarcha en alabanza de Yosef ha-Nasi Ferruziel, apodado Cidello, médico del rey Alfonso VI, cuya intervención salvó a los judíos de Guadalajara. En otro de sus poemas cuenta que celebró las fiestas del Purim en Guadix. El destino de su pueblo era llorado por Yehuda con versos como estos: «En el día en que entra­ron en la ciudad/salió la venganza de Seir/como ocurrió con el pueblo de Israel/.Las calles llenas de cadáveres/ los asesinos alzaron sus voces/violando a las vírgenes de Israel/y al acabar la espada vengativa,/cautiverio, ham­bre y sed/encontraron a los hijos de Israel».

Del siglo xi parece proceder una lápida hallada en Lucena en una casa de la calle de Santiago. Del siglo xiv parece proceder asimismo el sello encontrado en el Ce­rro Hacho. La judería estuvo ubicada en el barrio deli­mitado por las calles de Juego de Pelota, Ballesteros, pla­za Alta y Baja, Veracruz y Peñuelas. Otros lo sitúan en el perímetro más reducido formado por las calles junto al castillo, plaza Alta y Baja, General Lozano, Romero de Torres y Ayuntamiento. Calles típicamente judías son la de Santiago y su barrio, Juan Rico, Veracruz, Flores de Negrón, Ancha, Lademoro, Encinas, Almazán y Zamora. Junto a la iglesia de Santiago le fue erigido un monu­mento al talmudista Yosef ibn Migas. Esta iglesia pudo haber sido sinagoga. También pudo haberlo sido la er­mita de la Veracruz, hoy desaparecida. Otros ubican la sinagoga en la iglesia de San Mateo. El cementerio judío pudo haber estado en el Cerro Hacho. Las costumbres de «sabadear» y de blanquear las casas en Semana San­ta —Pascua Judía— siguen teniendo todavía vigencia en Lucena.

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El Idrissi, gran viajero y geógrafo árabe del siglo xm al servicio del monarca normando de Sicilia, escribió acerca de Lucena lo siguiente: «Allí los judíos eran más ricos que en ningún otro lugar sometido al Islam». Consta que las academias rabínicas de Lucena, como la de Cór­doba, impartían doctrina y orientaciones para todo el mundo judío.

El itinerario turístico por la ciudad de Lucena inclu­ye la visita al castillo y a la torre del Moral, de planta octogonal y que por cierto sirvió de prisión al último rey granadino Boabdil. En la plaza Nueva se encuentra el edificio del Ayuntamiento y, frente a él, la iglesia de San Mateo edificada sobre una mezquita árabe, joya rococó del siglo xviii. La iglesia de Santiago fue antigua sinago­ga judía y célebre academia talmúdica. Guarda tallas de Pedro Roldan. El Hospital de San Juan de Dios e iglesia de San Juan Bautista tiene también interesante portada de jaspes. La planta elíptica de la iglesia de las Angustias es excepcionalmente original en los modelos del barro­co español. Ejemplos de arquitectura civil son las casas de los condes de Santa Ana, ricos de Rueda, condes de Hust, marqueses de Ara, y duques de Medinaceli.

En la cercana ciudad de Baena le fue erigido un mo­numento a Amador de los Ríos y otro al judío. En Almedinilla, en la sierra de Albayate y en el punto en el que confluyen las provincias de Córdoba, Granada y Jaén, hay un monte que se llama del Judío. Al pueblo le con­cedió sus Fueros Fernando III el Santo, al conquistarlo en 1236.

 

El Río de las Nieves (Andalucía – Río Genil – Granada, Sevilla y
Córdoba)

http://youtu.be/eFsFJSHL4Sw

Granada

Está fuera de toda duda que los judíos españoles vi­vieron en Andalucía capítulos de gran interés y repercu­sión, con proyección nacional e internacional. Es asimis­mo probable que la región andaluza fuese la primera de España en ser habitada por ellos y en la que lograron si­glos de esplendor, a la vez que en ella sufrieron las más crueles persecuciones, sobre todo las instigadas por el arcediano de Ecija, Fernand Martínez en 1391, siendo necesario reconocer también que precisamente en Anda­lucía, en la ciudad de Granada, firmaron los Reyes Ca­tólicos el Decreto de Expulsión el 31 de marzo de 1492. Con tales convencimientos iniciamos en esta ocasión la visita a la judería de Granada.

Después de la caída del califato de Córdoba, la de la ciudad de Granada fue la judería mayor de toda Andalu­cía. Suele afirmarse que la población judía de esta capi­tal llegó a alcanzar los 5.000 habitantes, aunque algunos fantasearon la cifra de los 20.000. Parece ser más apro­piadas y cercanas a la realidad las de «ciento diez casas» o «en torno a 500 personas». El barrio judío de Granada está delimitado por la Puerta Real, plaza del Campillo, las calles existentes entre la de Ángel Ganivet y la de San Matías, las que se hallan en torno a la de Várela y plaza del Padre Suárez, las calles Pavaneras, Santa Escolásti­ca, parte de la de Santiago, el barrio del Realejo, la Antequeruela y las calles Huerto, Plegadero Alto y Bajo. Hay que asegurar que, por ejemplo, el Realejo constitu­ye, junto con el Albaicín, el barrio con más entidad ur­bana y artística de Granada. Su imagen se define hoy con la aparición de los edificios más significativos de la ciu­dad en su parte alta.

No cabe duda de que los primeros pobladores de la misma fueron los judíos, cuyas noticias se remontan a principios del siglo iv, coexistiendo después con los mu­sulmanes, ayudándoles incluso en la penetración y asen­tamiento, quienes denominaron el lugar Garnata Alhayud o Villa de los Judíos. En el sitio que ocupa hoy la iglesia de San Cecilio se hallaba la sinagoga, en la que por cier­to también se instaló una mezquita. La actual iglesia fue reconstruida y acondicionada como tal entre los años 1528 y 1534, con una sola nave y cinco arcos de diafrag­ma, apuntados, que sostienen la cubierta de madera. Como recuerdo judío hay que reseñar el monumento eri­gido el traductor Yehudá ibn Tibbon, en la calle Pavaneras. En la Antequeruela hay una placa a la me­moria del visir poeta y talmudista Semuei ibn Nagrella. Granada fue conocida por los geógrafos árabes como «la ciudad judía» y es posible que la misma Fuente de los Leones de la Alhambra proceda del palacio del maestro de la Ley Yosef ibn Nagrella. Yehuda Saúl ibn Tibou (1120-1190), patriarca de traductores, fue natural de Gra­nada. Precisamente en la Alhambra, en su Salón de Em­bajadores, firmaron los Reyes Católicos el Decreto de Expulsión de los judíos el día 31 de marzo de 1492, por lo que también este lugar es tan significativo en la ruta de las juderías de España.

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«No hay en el mundo nada/como la pena de ser/ciego en Granada». La capital del reino nazarí alcanzó su máxi­mo esplendor entre los años 1344 y 1396, que fue cuan­do se construyó su Alhambra, brillando en ella en aquel tiempo las artes, las letras y las ciencias hasta convertir­se en una de las ciudades más importantes de Occiden­te. Fue conquistada el 2 de enero de 1492 por los Reyes Católicos.

El recorrido turístico-poético por Granada lleva a La Alhambra, alcazaba o ciudadela militar árabe que es ex­celente muestra del arte musulmán. En el mismo recin­to se hallan el convento de San Francisco —hoy Parador de Turismo—, en el que estuvo enterrada Isabel la Cató­lica, y el palacio de Carlos V, con los museos de Bellas Artes y Arqueológico. El Generalife, o «jardín del Paraí­so Alto», fue palacio de recreo de los reyes granadinos. El Carmen de los Mártires es un precioso palacete con jardines. La catedral está considerada como la primera iglesia renacentista de España. La Capilla Real fue erigi­da por los Reyes Católitos en estilo gótico florido y en ella se hallan los sepulcros de los Reyes Católicos, sus hijos Felipe, Juana y el Príncipe Miguel. En la Cartuja, del más puro barroco español, destacan el sancta sanctorum y la sacristía. En la iglesia y convento de San Jerónimo reposan los restos del Gran Capitán. Los res­tos de San Juan de Dios lo hacen en su basílica. Debajo de la abadía del Sacromonte se encuentran las catacum­bas en las que sufrió martirio San Cecilio, primer obispo y patrono de Granada. El Hospital Real fue fundado por los Reyes Católicos, al igual que el convento de Santo Domingo. El palacio de Madraza fue antigua Universi­dad. El monumento más antiguo legado por los moros es el Corral del Carbón. La Real Cnancillería es edificio del siglo xvi. De estilo mudejar es la iglesia de Santa Ana. Merecen admiración la iglesia de los Santos Justo y Pas­tor, la Casa de los Tiros, la iglesia de San José, el con­vento de Santa Catalina de Zafra, la Casa del Castril, la Casa de Chapiz, el Bañuelo o Baños Árabes, la puerta Monaita o de la Alhacaba, la puerta de Elvira, ermita de San Sebastián, murallas del Albayzín, la antigua Universidad, Casa del Padre Suárez, Casa Museo Manuel de Falla, las Torres Bermejas, la iglesia de San Cecilio, la iglesia de Nuestra Señora de las Angustias, la Casa-Huerta de San Vicente…

Guadix-Baza

Fuera de Israel no ha habido otro país como España en el que tanta y tan decisiva influencia haya ejercido la presencia judía a lo largo de la historia, con mención particular para el período de tiempo en torno al que se enmarca esta nuestra visita a los pueblos y ciudades en los que ellos se asentaron y que coinciden con los ante­riores a su expulsión por los Reyes Católicos en 1492. Pese a la saña con que fueron perseguidos los judíos y pese a que fueron muchos los intereses aún económicos que estuvieron en juego para hacer desaparecer su re­cuerdo y memoria, la huella judía en España perdura todavía en proporciones idénticas a como sigue la de España entre ellos.

Un ejemplo más entre tantos es la ciudad granadina de Guadix, la Acci ibérica, cuya antigüedad es superior a los dos mil años y cuyos yacimientos prehistóricos de la Cuesta del Negro se remontan a 30.000 años. Fue co­lonia de fenicios y de cartagineses. En la dominación romana, y con el nombre de Julia Gemella Acci a orillas de la Via Augusta, hasta tuvo derecho a acuñación de moneda. Fue de gran esplendor la posterior dominación árabe en la que se llamó Wuaad-Aix o río Acci, de donde procede su nombre actual. Desde la misma época roma­na fue sede episcopal detentando el título del obispado más antiguo de España.

En la segunda mitad del siglo XIV, y a consecuencia de la riqueza que caracterizaba a esta ciudad, se asentó en ella una importante comunidad judía, de cuyas rela­ciones con las de Granada y de Lucena quedan documen­tos que lo atestiguan. De alguno de ellos, que hoy se con­serva en el Archivo Histórico Municipal, se desprende que la judería era un barrio situado en el mismo centro de la población y cuyo eje coincidía con el que en la actuali­dad es conocido como «barrio de Santa María».

La sinagoga se ubicaba en el actual callejón del Hos­pital Viejo, que parte de la calle de Santa María, cerca del palacio episcopal, tal y como aconsejaban las normas poblacionales de entonces para de alguna manera tener asegurada su defensa ante hipotéticas, pero siempre más que probables, persecuciones a las que con tan dramáti­ca frecuencia habían de estar sometidos, normalmente desatadas por predicadores instigados por aviesas inter­pretaciones de los Evangelios y hasta por motivos en los que la codicia y las envidias se hallaban activamente pre­sentes. El edificio de la sinagoga fue destinado por los cristianos a Hospital Real, en la última década del siglo XV. Los historiadores locales están convencidos de que la sinagoga se encontraba exactamente en el primer edi­ficio de la derecha del callejón del Hospital Viejo y su fachada principal la tenía hacia la calle de Santa María. Acerca de la localización del cementerio judío, los indi­cios apuntan a que éste se hallaba detrás de la misma sinagoga. La ruta por la judería accitana tiene necesa­riamente que contar con el Archivo Histórico Municipal.

Conquistada por los Reyes Católicos, su catedral es auténtica joya del renacimiento, construida sobre anti­gua mezquita, con trazado de Diego de Siloé. La facha­da principal tiene una muy acentuada influencia plateresca y en su interior es muy importante el coro, que es uno de los mejores y más artísticos de España, junto con el pulpito. Impresiona por su altura y monumen-talidad su torre. El palacio de los marqueses de Peñaflor es un espléndido edificio del siglo xvi. El convento de San­tiago fue fundado en 1540, con iglesia mudejar y sober­bio artesonado en su nave central. La portada plateresca está en todos los manuales del arte con el águila bicéfala de Carlos V. En tiempos de Felipe II fue trazada su plaza Mayor, con arcos rebajados y está articulada con la pla­za de la Catedral y ambas constituyen un conjunto de gran interés monumental. El Hospital Real es edificio del siglo xvi. Del siglo xvn son el convento y la iglesia de la Concepción. La plaza de Santiago conforma un conjun­to de gran belleza y originalidad. La alcazaba es monu­mento árabe. El barrio de Santiago —barrio troglodí­tico— es célebre también por las famosas casas-cuevas excavadas en la arcilla de los montículos.

Cerca de Guadix y por multitud de razones históricas y geográficas, relacionada con esta población, se encuen­tra la ciudad de Baza, en la que también se asentaba una comunidad judía, cuya dedicación particular era el co­mercio de la seda. Todavía está configurado perfectamen­te el barrio de la Judería que, en la actualidad, es cono­cido como de Santiago. También son identificables los Baños de la Judería o Bañuelos, del mismo tipo que el Bañuelo granadino. La calle de la Acequita, el callejón de la Peña, la calle Puerta de Salomón y la plaza de San­tiago delimitan con correcta aproximación el perímetro de la judería que alcanzó su florecimiento máximo en tiempos de Samuel ha-Naguid. Los baños parecen ser del siglo xi y constan de tres departamentos, siendo sus ar­cos de herradura.

En Baza, y en sus alrededores, hay mucho que ver y admirar. En el Cerro del Santuario se descubrió en 1971 la impresionante escultura policromada conocida como La Dama de Baza, fechada en la primera mitad del siglo iv a.C, que se guarda en el Museo Arqueológico Nacio­nal y que fue reconocida como «el más sensacional des­cubrimiento arqueológico de los últimos tiempos». Hay que admirar su plaza, trazada por Alonso de Covarrubias, siendo su concatedral obra de Diego de Siloé. Son mo­numentos nacionales el palacio de los Enríquez, con magníficos artesonados mudejares y el Baño de la Jude­ría. Merecen consideración turística los edificios de las Casas Consistoriales, las iglesias de Santiago y de la Pre­sentación, los claustros de Santo Domingo, el parador de San Francisco y una fuente fechada en 1607.

 

Niebla

Las rutas judías por España no solamente pasan y se detienen en ciudades, pueblos y lugares. Lo hacen tam­bién por los dichos y por los refranes con los que el mis­mo pueblo actual sigue expresando su relación y la que tuvieron en otros tiempos sus antepasados respecto a los judíos. A través de esos dichos y refranes es fácil descu­brir la verdad de cuanto se pensaba entonces y, en gran parte, se sigue pensando. Huelga asegurar que en la ma­yoría de tales dichos y refranes los miembros de la co­munidad judía aparecen con cuantos defectos hacen odiosos todos y cada uno de quienes pertenecen a tal colectividad. El muestrario es tan descalificador como amplio: «Duerme don Sem Tob, pero su dinero no», «En judío no hay amigo», «Judío o mujer que jura, malicia segura», «Judío para la mercadería y fraile para la hi­pocresía», «En la heredad un guindo y en la villa un ju­dío», «No fíes del judío converso, ni de su hijo, ni de su nieto».

En la provincia de Huelva hay tradición de la existen­cia de una judería muy floreciente de larga tradición enclavada en la ciudad de Niebla. Son repetidas las alu­siones que en la historia se hacen en relación con la co­munidad judía asentada en tan noble y fortificada ciu­dad onubense. Teniendo en cuenta los datos que reflejan las cantidades de dinero que debían aportar los judíos de Niebla en concepto de impuestos que se estimaba en unos 7.000 maravedíes en el año 1294, se deduce que la capacidad de estos habitantes en número y en potencial económico rebasaría la de la judería de Écija y aún la de Jerez. No queda constancia alguna acerca del lugar en el que podría asentarse el barrio judío, pero todo induce a concluir que habría de ser el casco antiguo de la pobla­ción. Aseguran algunos que el lugar en el que estuviera la sinagoga coincidiría con el que en la actualidad ocu­pa la iglesia de San Martín, en la calle Real.

Niebla, la legendaria Libia romana, es la ciudad de mayor tradición histórica y artística de la comarca y de la provincia. Su recinto amurallado es de tonalidad rojizo y, aunque conserva restos romanos y visigodos, es básicamente musulmán, con un perímetro de 3000 me­tros de 16 metros de alto y 14 de ancho, por lo que tam­bién se la conoce como Ávila andaluza. Destacan sus cuatro puertas primitivas: del Socorro, del Agua, de Se­villa y del Buey. El castillo completa el magnífico con­torno almohade. La iglesia de Santa María de la Grana­da fue primero mozárabe, después mezquita almohade y modificada posteriormente con el gótico. El castillo, llamado también de Los Guzmanes, data del siglo xn. Merecen asimismo visita las iglesias de San Martín con elementos islámicos y el Hospital de Santa María. En su castillo se celebra el festival de Teatro y Danza. Es fama que en esta ciudad se empleara por primera vez la pól­vora en su conquista.

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En esta misma provincia hay que prestarle también atención turística por motivos judíos a Santa Olalla del Cala o Santa Olalla de la Sierra como entonces se lla­maba, pueblo que se encuentra en plena Vía o Ruta de la Plata —N-630— («Iter ab Emérita ad Asturicam»), cal­zada romana que comunicaba y comunica el Norte con el Sur de España por el Oeste y que fue uno de los cami­nos más frecuentados por cuantos pueblos habitaron en España, por lo que el carácter comercial y financiero de los judíos habría de hacerse necesariamente presente junto al camino. La sinagoga de Santa Olalla fue destrui­da a consecuencia de la persecución desatada por el in­sensato arcediano de Écija, que rigió en un período de «sede vacante» la diócesis metropolitana de Sevilla. La sinagoga y el barrio judío se encontraban cerca de la igle­sia de la Asunción, del siglo xvi, y del castillo del siglo xni. El bello crucero renacentista del siglo xvi completa la oferta turística monumental de este blanco y bien co­municado pueblo. En la misma provincia onubense, junto a Gibraleón hay una aldea precisamente denominada El Judío, por lo que la presencia de los judíos se hace más que presumible en este pueblo, situado en la orilla izquierda del Odiel, fortificado por Alfonso XI y entre cu­yos monumentos resaltan las iglesias de San Juan y de Santiago, los conventos de el Vado y del Carmen, todos en torno al siglo xvi. En Aroche hay una farmacia, en la calle Comandante Bellido, de la que hay firmes indicios de antecedentes judíos, con reiteradas referencias a su aljama.

Jaén-Andújar

«La Muy Noble, Famosa et Muy Leal Ciudad de Jaén, Guarda e Defendimiento de los Reinos de Castilla» fue reconquistada por el rey Fernando III el Santo en la pri­mavera del año 1249 al rey moro Alhamar. El rey cristia­no colocó en un extremo del cerro en el que se ubica el castillo una gran cruz, que es un excepcional punto pa­norámico desde el que se divisa la ciudad y campiña y que muy bien pudiera ser lugar ideal tanto para iniciar la visita a la misma como para disfrutar de su despedida.

El Parador de Turismo de Jaén ocupa hoy las instalaciones remozadas del antiguo castillo dominando la ciudad y los inmensos campos de olivos.

El Parador de Turismo de Jaén ocupa hoy las instalaciones remozadas del antiguo castillo dominando la ciudad y los inmensos campos de olivos.

Pero la historia viene de muy lejos. Dominada hacia el año 207 a.C. por Publio Cornelio Escipión, los roma­nos le dieron los nombres de Auringi, Orongi y Aurgi y en el año 74 Vespasiano la declaró municipio. Según la tradición, uno de los Siete Varones Apostólicos, de nombre Eufrasio, introdujo en ella el cristianismo. Los árabes la denominaron Yayyan, aunque prevaleció el to­pónimo de «Geen» o «lugar de paso de caravanas». Con el tiempo, la residencia en esta ciudad entre los años 1460-1463 del condestable de Castilla don Miguel Lucas de Iranzo, provocaría un importante florecimiento al ha­cerla los Reyes Católicos base logística de sus campañas para la conquista de Granada.

Mucha importancia tuvo la judería de Jaén, en la que por cierto nació Hasday Ibn Saprut, cortesano interna-cionalmente muy conocido del califa Abderrahman III. En tiempos musulmanes esta judería progresó en todo orden de cosas, sobre todo desde que quedó incorpora­da al reino zirí de Granada. La comunidad judía aventa­jó a la de Málaga y hasta se aproximó a la de la misma Granada. Conquistada la ciudad de Jaén por Fernando III el Santo, nombres judíos aparecen con frecuencia al frente de actividades del reino. Junto con las juderías de Úbeda y Baeza, la de Jaén cotizaba una cantidad de di­nero tan considerable como la que era cotizada por la judería de Córdoba. El censo de judíos llegó a contar con 1500 personas. Con ocasión de las guerras fratricidas protagonizadas por el rey Pedro I y Enrique de Trastá-mara, muchos judíos jienenses fueron vendidos como esclavos. A tal desastre hay que añadirle el ocasionado por las persecuciones desatadas contra las juderías an­daluzas por las campañas antisemitas del arcediano de Écija, Fernand Martínez.

A finales del siglo XV el barrio judío de Jaén comenzó a ser conocido como barrio de Santa Cruz, al igual que ocurrió en tantos otros lugares. La ubicación de la jude­ría coincidió con la calle de la Santa Cruz y con sus ale­daños, tales como travesía de Santa Cruz, Rostro y plaza de Santa Cruz. Acerca de la ubicación de la sinagoga hay referencias de que fue destruida en los tristes sucesos del año 1391. Seguidamente fue convertida en parte del con­vento de Santa Clara y más exactamente en la que se halla junto al muro que da a la calle de la Santa Cruz. Otros piensan con suficiente fundamento que la sinagoga se encontraba en el lugar cercano en el que hoy se halla la iglesia de San Andrés. La casa del condestable don Miguel Lucas de Iranzo, en la misma calle de la Santa Cruz, fue el primer asentamiento del Tribunal de la In­quisición, hasta quedar establecido éste en el convento de los padres dominicos de Santa Catalina, bajo cuya advocación también solían quedar los lugares sagrados de los judíos. Los autos de fe tenían lugar en la plaza de Santa María, en el atrio mismo de la catedral, que des­pués construiría Andrés de Vandelvira, el más célebre, imaginativo e importante de los arquitectos renacentis­tas andaluces.

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El itinerario para la visita de la ciudad de Jaén tiene en cuenta la iglesia parroquial de San Bartolomé; el edi­fico de la Carnicería, la Fuente Monumental de los Ca­ños, el Real Monasterio de Santa Clara, la Casa de la Munición, la Santa Capilla de San Andrés, la Fuente Monumental, torreón y lienzo de Muralla, el Raudal de la Magdalena, la iglesia Parroquial de la Magdalena, la Casa del Cadiato, el monasterio de Santa Úrsula, la igle­sia de San Juan de Dios, el Real Convento de Santo Do­mingo, el palacio de los Uribe, el palacio de Don Fernan­do de Torres y Portugal, la iglesia de la Visitación, los Baños Árabes, Museo de Artes y Costumbres Populares y Museo Internacional de Arte Naif, la iglesia parroquial de San Juan, la famosa Torre del Concejo, la Casa de los Corregidores, el Casino Primitivo, el palacio del Condes­table Iranzo, el Conservatorio, el Arco de San Lorenzo, la Fuente Nueva, el palacio de los Quesada-Ulloa, el Con­vento de la Merced, la Casa de la Corona, el Torreón del Palacio Episcopal, la portada del colegio del Sacramen­to, los populares Cantones de Jesús, los restos del Con­vento de San José de los Padres Carmelitas Descalzos, un lienzo de muralla, el Torreón de Torralba, el monas­terio de Santa Teresa, el Ayuntamiento, el Palacio Epis­copal, la majestuosa Catedral, obra de Juan de Vandelvira, con la sagrada reliquia del Santo Rostro, la iglesia del Sagrario, el Museo Catedralicio, el típico Arco del Consuelo, el palacio Provincial, el palacio de los Vélez, el palacio de Covaleda Nicuesa, la iglesia de San Ildefonso, la Casa de la Virgen, el Jardín de la Alameda, la Puerta del Ángel, el convento de las Bernardas, la er­mita del Calvario, el palacio de los Vilches, la iglesia de San Antonio, el Museo Provincial, el Parador de Turis­mo, el castillo de Santa Catalina…

Hay referencias de la judería de Andújar, sobre todo con ocasión de haber sido asaltada y destruida en 1391, quedando aún el recuerdo de una calle denominada Ju­derías, que se encuentra junto a la calle de Naranjos. En Andújar hay que detenerse a contemplar el puente roma­no sobre el Guadalquivir y algunos lienzos de muralla, el templo gótico de Santa Marina, las iglesias de Santiago, San Bartolomé, San Miguel y Santa María que con­serva un cuadro de El Greco y otro de Pacheco, los con­ventos de San Francisco con un Cristo de Martínez Mon­tañés, el Pósito, las mansiones del Marqués de la Morilla, de los Valdivielso, Torre de Valdivia y Cárdenas y Albarracín, así como el palacio de los Niños de don Gome y Casa de Comedias. El santuario de la Virgen de la Ca­beza, en plena Sierra Morena, también es meta turística, entre otras razones porque en él se celebra una de las más importantes romerías andaluzas.

En el arrabal de San Juan se dice que tuvo su asiento la judería de Arjona —antiguo municipio romano—, pue­blo que fue solar de mártires cristianos y sobre cuyo de­rruido castillo se construyó la iglesia de Santa María. Fue lugar de residencia de los Banú Bayila, familia de linaje árabe y cuna de Mohammed ibn al-Ahmar, fundador de la dinastía nazarí.

Ubeda-Baeza

Hubo tiempos en los que las leyes cristianas obliga­ban a vivir a los judíos en recintos especiales, aislados del resto de la población. En otros tiempos y con liber­tad para vivir donde ellos quisieran, optaron por hacerlo todos juntos y en un barrio concreto, aunque siempre al amparo de la autoridad eclesiástica y de la civil. Hasta llegaron a ser considerados civilmente como propiedad personal del rey, por lo que con toda justeza algunos hablaron de ellos como de una especie de ciudadanos considerados entre los libres y los esclavos. El hecho de ser pertenencia del tesoro real, les facilitó a los miem­bros de la comunidad judía acceso más directo al rey.

Entre tantas definiciones con profundidad poética que le han sido aplicadas a la ciudad de Úbeda, hay que te­ner muy presente la de «reina y gitana» de don Antonio Machado. La «asombrosa» Úbeda es la Úbeda «recata­da» de Eugenio d’Ors, que ni contradice ni estorba a la Úbeda espléndida, cortesana y exquisita de un renaci­miento fastuoso de piedra y bronce, de príncipes y artistas, ciudad de linaje y señorío, declarada conjunto histó­rico artístico y con aspiraciones próximas a ser declara­da ciudad Patrimonio de la Humanidad.

La ciudad responde a la Betula de los romanos y a la Ubbadat de los árabes, cuya construcción fue iniciada por Abd-al-Rahmán, convirtiéndose en una de las más impor­tantes ciudades de Al-Andalus. En 1234 fue definitiva­mente conquistada por Fernando III el Santo. Fue du­rante el siglo XVI cuando logró su máxima y espectacular pujanza, hasta poder ser comparada con cualquier otra ciudad italiana en la que el Renacimiento alcanzara las cotas más altas de armonía y belleza.

De la judería de la ciudad de Úbeda hay clara y docu­mentada constancia de que se hallaba junto al alcázar del que no queda hoy recuerdo alguno, aunque sí del barrio que se construyó sobre él y que lleva este mismo nombre, situado exactamente frente al palacio en el que se instala el Parador de Turismo. Los escritores locales aseveran que se extendía sobre «el terreno comprendido entre la parte trasera de Santa María y la actual plaza de Carvajal hasta la cuesta de este nombre hasta llegar a la muralla, donde existe una puerta de arco de herradura protegida por torreón». Esta puerta probablemente se­ría la de Bahud o Abehud. En el dintel de una de las casas del callejón de Santa María figuran dos estrellas de David. No existe referencia alguna acerca de la sina­goga, ni del cementerio. Consta documentalmente no obstante, que la sinagoga fue asaltada en 1391 a conse­cuencia de las persecuciones que asolaron las juderías andaluzas ese año.

Como por tantos motivos y como hermanada se en­cuentra tan cercana a Úbeda la ciudad de Baeza, hay que resaltar que de su judería hay asimismo constancia de que fuera asaltada en el mismo año. Se tiene también fir­me constancia de que su sinagoga fue convertida en una ermita que le fue dedicada a Santa Catalina, sobre la que con el tiempo se fundaría el convento de religiosos de la Orden de la Santísima Trinidad para la redención de los cautivos, si bien éste se trasladó posteriormente a otro sitio. Los lugares aludidos se corresponderían hoy con la plaza de Santa Catalina, junto a la Pintada Alta. Huel­ga decir que no se hallan distantes de donde se ubica la santa iglesia catedral, dada la necesidad que tenían los judíos de vivir lo más próximos posible a lugares sagra­dos.

El itinerario de la Úbeda monumental tiene en cuen­ta la plaza Vázquez de Molina, en la que destaca la Sa­cra Capilla del Salvador, mandada erigir por Francisco de los Cobos, secretario del emperador Carlos V y en la que intervinieron Diego de Siloé, Andrés de Vandelvira, Esteban Jamete y Berruguete. Del siglo xvi es también el Palacio Parador del Condestable Dávalos. El palacio de las Cadenas fue edificado por Juan Vázquez de Molina, secretario también de Carlos V y de Felipe II. La iglesia de Santa María de los Reales Alcázares fue antigua mez­quita. El palacio del Marqués de Mancera perteneció a don Pedro de Toledo, Virrey del Perú. El itinerario mo­numental prosigue su espectacular recorrido admi­rando la Cárcel del Obispo, el Antiguo Pósito, plaza del Mercado, Antiguo Ayuntamiento, el palacio del Conde Guadiana, el de Vela de los Cobos, la Casa del Camarero Vago, llamada de los Salvajes, el palacio de la calle Montiel, la Casa del Obispo Canastero, la iglesia de San Pedro, el Real Monasterio de Santa Clara, el Oratorio de San Juan de la Cruz, erigido en honor de este santo aquí fallecido, palacio de Bussianos, iglesia de la Santísima Trinidad, Hospital de Santiago, Puerta del Losal, Hospi­tal de los Honrados Viejos de El Salvador, Torres del Reloj, del Homenaje, de la Cava y del Rastro, casa Mu­dejar…

La cultura argárica de la primera edad del bronce, la ibérica, la romana, la visigótica, la musulmana, la cris­tiana de la reconquista con el apelativo de Nido Real de Gavilanes y la renacentista de los siglos XVI y XVII coinci­den espectacular y generosamente en Baeza con mani­festaciones realmente únicas.

 

Su itinerario monumental parte de la plaza de los Leones, antigua Carnicería, Audiencia Civil y Escribanías Públicas, o Casa del Pópulo, Fuente de los Leones, Mer­cado Viejo, Balcón del Concejo, Arco del Barbudo, el Torrito, la antigua universidad creada en 1538 y en la que, convertida en instituto de bachillerato, impartía sus clases don Antonio Machado —«grises olivares», «ale­gres campos de Baeza»—. Prosigue el itinerario por la iglesia de Santa Cruz, palacio de Jabalquinto, plaza de Santa María, fuente de Santa María, seminario de San Felipe Neri, Casas Consistoriales o antigua Casa Solarie­ga de los Cabrera, catedral, construida sobre antigua mezquita, Puerta de Ubeda, Torre de los Aliatares, Ayun­tamiento o antigua cárcel y Casa de Justicia, ruinas vandelvirianas de San Francisco, iglesias de San Pablo, San Ignacio, El Salvador, San Andrés, convento de la Magdalena, Puerta de Jaén y Arco de Villalar, convento de la Encarnación, en el que terminó San Juan de la Cruz su Cántico Espiritual, Antigua Alhóndiga, Portada Sur del Antiguo Hospital de la Concepción…

Málaga

El nombre de Málaga parece derivar de la palabra íbera Malaka, que significaría algo así como colonia cu­bierta de pastos. Fue fundación fenicia, después colonia romana y ciudad confederada regida por un código es­pecial denominado Lex Flavia Malacitana con su corres­pondiente teatro. Fue ciudad amante de las artes, ya desde su etapa romana. Después de la batalla de Guadalete, en el siglo VIII  entró a formar parte de Al-Andalus, convertida en el puerto natural de Granada. Los Reyes Católicos conquistaron la plaza el día 19 de agosto de 1487 y sobre el cerro en el que había estado el campa­mento cristiano se construyó el convento de la Victoria con la imagen mañana a cuya protección e influencia se le atribuye el triunfo cristiano sobre los mahometanos… Hoy es una blanca y gran ciudad, alegre y extraordina­riamente animada, capital de la internacionalmente conocida Costa del Sol, con un clima excepcionalmente agradable, puerto comercial y de gran cabotaje y algu­nos de cuyos barrios, con el de la Caleta y el de Palo, de pescadores, conservan todavía su carácter peculiar.

Aunque no fue muy numeroso el censo de los judíos en Málaga, su judería no careció de importancia, habien­do constancia de que en ella nació el conocido poeta Salomó ibn Gabirol, así como que también a ella emi­graron y residieron algunos célebres judíos cordobeses como Samuel ibn Nagrella. Se asegura que a mediados del siglo xi la población judía rondaba las doscientas per­sonas. A la conquista de la ciudad por los Reyes Católi­cos la población judía se aproximaba al número de 500. Muchos de ellos fueron llevados cautivos a la ciudad sevillana de Carmona, de donde fueron rescatados con fuertes sumas de dinero por influyentes personajes ju­díos.

No hay duda de que el lugar en el que se ubicaba la judería se encontraba muy cerca de la alcazaba, y más concretamente en la calle que en la actualidad se deno­mina de la Alcazabilla y la que hoy es conocida como de Granada. Calles judías son el Postigo de San Agustín, Santiago, Zegri o del Estudiante y Barrionuevo, nombre con el que sistemáticamente eran bautizadas las calles que habían sido judías. Es también cierto que otra de las calles judías de Málaga era la del Pozo del Rey. Es tan firme el convencimiento de que estos lugares se corres­pondían con el barrio judío, que en los jardines de la Alcazabilla le fue erigido un monumento al poeta y ca­balista Selomó ibn Gabirol. En el repartimiento que se hizo de las casas a la conquista de Málaga, las que les fueron asignadas a los judíos se encontraban en las ac­tuales calles de Santa Ana y Muro de Santa Ana, en tor­no a la plaza de la Merced. La sinagoga se hallaba en el Postigo de San Agustín y el cementerio judío en los ale­daños del castillo de Gibralfaro.

 

En la ciudad de Málaga hay mucho que ver además y casi todo ello se encuentra entre el río Guadalmedina, la Alameda, el castillo de Gibralfaro y la calle de Carrete­ría. A la alcazaba se llega por una rampa que sube en zigzag con puertas fortificadas y que era uno de los ele­mentos defensivos. En el Arco del Cristo se celebró la primera misa después de la reconquista. En el segundo recinto, un antiguo edificio nazarí, alberga el Museo Ar­queológico Provincial. En la ladera del monte se descu­brió recientemente el teatro romano. El castillo de Gibralfaro tiene acceso independiente pese a estar muy cerca de la alcazaba. Fue construido en el siglo xiv por Yusuf I y antes existía en el mismo lugar un faro del que procede el nombre del castillo Yabal-Faruk.

La catedral se construyó sobre la antigua mezquita entre los siglos XVI y XVII. La torre de la derecha quedó inacabada, de ahí que familiarmente se la conozca como la Manca. La iglesia del Sagrario está unida a la cate­dral, con portada gótica isabelina y altar mayor de Juan de Balmáseda. El patio de naranjos es recuerdo de la pri­mitiva construcción árabe.

Frente a esta iglesia se halla el Museo de Bellas Ar­tes, que está instalado en el palacio renacentista de los condes de Buenavista del siglo XVI y dedica a Pablo Ruiz Picasso una sala muy visitada y otra a Muñoz Degrain, que fue el primer maestro de este pintor universal mala­gueño, cuya casa natal se encuentra en la plaza de la Merced. El Museo de la Semana Santa reclama una visi­ta para tantos admiradores de sus procesiones. El Mu­seo de Artes Populares está instalado en el Mesón de la Victoria, una posada del siglo XVII  restaurada con docu­mentación y con gusto.

Sevilla

Tanto la historia más documentada como la leyenda más imaginativa llevan al convencimiento de que la ju­dería de Sevilla fue, junto con las de Granada, Córdoba y Lucena, la más importante de Andalucía, llegando a ser la primera de todas ellas al ser englobadas en las de Cas­tilla en el siglo XIII. Está entonces fundamentado asegu­rar que el número de los judíos rebasó el millar. Bien es verdad que las persecuciones de 1391 hicieron descen­der tal número hasta los doscientos. El rey Fernando III el Santo, a la conquista de la población, asignó a los ju­díos en su barrio tres mezquitas, que ellos convirtieron en sinagogas.

SEVILLA 1

El de la judería es el típico barrio de Santa Cruz, que en un tiempo llegó a estar cercado por un muro, tanto para su defensa como para impedir el acceso a él de los cristianos. El recinto amurallado disponía de varias puer­tas, de las que todavía se conservan sus nombres, el recuerdo y algunos restos. Los principales puntos de re­ferencia en el callejero del barrio son estos: Alcázar, Mateos Gago, Borceguinería, plaza de Doña Elvira, Ju­dería, Pimienta, Susona, plaza de Alfaro, Agua, Plaza de Santa Cruz, Mesón del Moro, Fabiola, Cruces, Federico Rubio, Convento de la Madre de Dios, San José, plaza de Refinadores, Santa María la Blanca, iglesia de Santa María la Blanca, Verde, Conde de Ibarra, iglesia de San Bartolomé, plaza de Mercedarias, Levíes, Vidrio, Tintes, Armenia… El barrio podría alcanzar también a la Huer­ta de Alcoba. Las puertas de la Judería y de la Carne y el postigo del Callejón del Agua configuran asimismo el barrio.

Otros emplazamientos judíos un tanto lejanos se ha­llaban junto a la puerta de Córdoba, en el Corral de Je­rez y el Alcázar Viejo. En la actual parroquia de Santa María la Blanca hubo una sinagoga y otra en la plaza de Santa Cruz. Otra más ocupaba el emplazamiento de la iglesia actual de San Bartolomé. En el convento de la Ma­dre de Dios también hubo otra. Si nos fiamos de las apre­ciaciones fantasiosas y hasta enfermizas del arcediano de Écija, Fernand Martínez, instigador de las terribles persecuciones padecidas por los judíos en 1391, las si­nagogas resultaban ser veintitrés. Se conserva también el recuerdo de unos baños judíos en la plaza de la Azueyca y en la de San José el de unas panaderías, así como el de una alcaicería. El cementerio judío podría haber estado ubicado en la puerta de la Carne, Huerta del Rey. El Tribunal de la Inquisición, que tanta inciden­cia represora ejerció sobre la población judía, se instaló oficialmente en el convento dominico de San Pablo, hoy parroquia de la Magdalena y después en el castillo de Triana, cerca del emplazamiento del teatro Lope de Vega. En el Prado de San Sebastián se hallaba el Quemadero. La leyenda refiere que Susona, «la fermosa fembra», hija de Diego Susan, reveló los proyectos de la conjura contra la Inquisición, en defensa de la judería a su aman­te cristiano, quien alertó a tan Santo Tribunal, con lo que la trama terminó en tragedia.

* * *

La ruta turística por Sevilla, y más con argumentos judíos, es muy amplia y rica. Y espectacular. Y documen­tada. En el tesoro de la Catedral de Sevilla se conserva la llave que los judíos entregaron a Fernando III el San­to al conquistar la población y su leyenda en castellano es la siguiente: «Dios abrirá; rey entrará». La inscripción hebrea del círculo de su anilla principal refiere: «El rey de los reyes abrirá; el rey de la tierra entrará». También en hebreo, al igual que en latín, árabe y castellano, está redactado el epitafio del rey san Fernando, que también se guarda en la catedral hispalense. El mausoleo fue mandado construir por su hijo el rey Alfonso X el Sabio, desde el convencimiento de sentirse rey de las tres reli­giones o culturas. Tanto en el Museo Arqueológico de Sevilla como en el Archivo General de Indias y en deter­minadas edificaciones sevillanas se conservan sellos y lápidas procedentes de la cultura judía de Sevilla.

La oferta turística de la capital sevillana es amplísi­ma. Y extraordinaria. Casi única en el mundo. Completa a la perfección la oferta con carácter judío aludida y que en el marco del barrio de Santa Cruz se configura como una de las más excepcionales, cultas, típicas y apeteci­das de España y aun del extranjero. Sevilla sigue siendo una de las ciudades más ricas en historia y en arte de todo el occidente europeo. La permanencia de su capa­cidad turística es inabarcable. Y además de ser emporio y capital del arte, es todo un potencial de actividad tu­rística precisamente por la amabilidad, capacidad de humor y de acogida de sus habitantes. En un intento de aproximación de los atractivos turísticos de Sevilla, cita­mos estos: catedral y Giralda, barrios de la Macarena, San Bernardo, Triana, jardines y museos, plaza de toros, ca­lles estrechas y plazas, Alcázar del Rey Don Pedro, jardi­nes y puerta de Córdoba, Casa de Pilatos, Casa de las Dueñas, Ayuntamiento, conventos de Santa Clara y San­ta Paula, Real Fábrica de Tabacos, Hospital de la Cari­dad, Universidad, Corral del Conde, iglesias de San Luis, la Magdalena, Santa Marina, Santa Ana, San Jacinto, basílica de la Macarena, San Esteban, San Juan de Pal­ma, Omnium Sanctorum, San Gil, Santa Catalina, Santa Ana, Santa María la Blanca, Torre del Oro, puente de Triana, Parque de María Luisa, Isla de la Cartuja con los pabellones de la Exposición Universal Sevilla 92, Museo de Bellas Artes y Arqueológico en el convento de la Merced, Alameda de Hércules. Las ruinas de Itálica se encuentran a pocos kilómetros y reclaman también una visita.

Carmona

Es explicable que, al desatarse con tanta furia la per­secución contra los judíos en Andalucía y en toda Espa­ña, a consecuencia sobre todo de las terribles prédicas del arcediano de Écija, don Ferrand Martínez, en no po­cas poblaciones cristianas en las que eran numerosos los judíos, se explicaran las prácticas y costumbres del te­rritorio franco de abofetear en la plaza, públicamente, a un representante de los judíos, al jefe de la comunidad o al rabino, durante la Semana Santa, en memoria del martirio de Cristo. En correspondencia, consta que tam­bién los judíos acostumbraban flagelar en algunas po­blaciones un Crucifijo con ocasión de acontecimientos o fiestas de su pueblo.

 

La época más floreciente de la comunidad judía de Carmona fue en el siglo xi, cuando esta población logró cierta importancia como capital de un principado beré­ber. Es fama que de las juderías más castigadas con oca­sión de los sangrientos acontecimientos de finales del siglo xiv fue la de Carmona, siendo entonces destruida su sinagoga. No lejos de la puerta de Sevilla existe toda­vía en la población una calle denominada de la Judería. Es posible que formaran asimismo parte de la judería las actuales calles José Arpa, San Teodomiro y Postigo. De la iglesia de San Blas se aseguró que había sido cons­truida sobre una sinagoga, si bien otros se inclinaron por creer que la sinagoga se ubicaría en la plaza del Arquillo o en la misma calle de la Judería. De la casa número uno de la calle de José Arpa se asegura también que fue sina­goga o «casa de la judería». También se asegura que en la calle Juan de Lugo existió un arco o puerta que servi­ría para incomunicar o para defender la judería. Acerca de la ubicación del cementerio judío no hay referencia alguna, si bien se habla de alguna lápida que hubiera sido descubierta, aunque sin concretar su procedencia y ni siquiera su texto, si bien se fantasea que sería la del mé­dico de Enrique III, Meir ben Abraham Abel Zarzal.

Carmona está situada a 33 kilómetros de Sevilla, bor­deada por casi 3000 metros de murallas romanas recons­truidas por los almohades, aunque nacida como colonia cartaginesa sobre un núcleo de población turdetana. Como municipio romano Carmona tomó parte en las gue­rras civiles entre Pompeyo y César, de parte de este últi­mo y fue uno de los más importantes municipios de la Hispania Ulterior. Alcanzó su máximo esplendor en el período taifa berberisco, en los cinco siglos de domina­ción musulmana, con el nombre de Karmonch. En 1247 don Rodrigo González Girón tomó posesión de ella en nombre de Fernando III el Santo y Felipe IV le concedió el título de ciudad. Junto con Écija y Osuna, Carmona forma parte de la impresionante trilogía de ciudades his-tórico-artísticas sevillanas que con dificultad pueden ser superadas por los atractivos turísticos de otras.

 

De la Carmona romana citada elogiosamente por el mismo Julio César queda el impagable testimonio arqueo­lógico de su necrópolis, en cuyas tumbas destacan la del Elefante, supuestamente colegio de sacerdotes y Servilia, de gran tamaño con cámara funeraria con bóvedas ojivales. De la época visigótica conserva un Calendario Litúrgico, pieza única, que se encuentra en el patio de la iglesia Prioral de Santa María.

La arquitectura militar, civil y religiosa es muy abun­dante. Las iglesias de San Blas, Santiago y San Felipe son del siglo xiv, la última de estilo mudejar. La de Santa Ma­ría es un bello ejemplo del gótico y la de San Pedro del barroco. Está precedida por el patio de las abluciones de la antigua mezquita. El convento mudejar de Santa Clara guarda pinturas de Valdés Leal. Entre las casas se­ñoriales sobresalen la de la Esquina, del Ave María, el Ayuntamiento, los palacios de Barón de Casa Real, de los Lasso, de los Caro, de los Domínguez, el Cabildo anti­guo… La plaza de San Fernando está encuadrada por edificios mudejares y renacentistas de los siglos xvi al xviii. El convento de Santa Clara posee una interesante colección de retratos femeninos del siglo xvn con clara influencia de Zurbarán. Desde la Puerta de Córdoba, ado­sada a las murallas romanas, se domina la llanura en la que se ubica un puente romano. En su arquitectura mi­litar resalta, además de las murallas, en la parte más alta de la ciudad el Alcázar de Arriba, de origen almohade, reformado posteriormente por Pedro I y que en la actua­lidad está convertido en Parador de Turismo.

Écija

La relación de la ciudad de Écija, con la causa judía en España y, por lo tanto, con cualquier programación viajera por las juderías españolas, es ciertamente trági­ca. Y su principal instigador es nada menos que el lla­mado arcediano de Écija, Fernand o Fernando Martínez, que ya desde el año 1378 comenzó su predicación con­tra los judíos en la capital andaluza, clamando porque las 23 sinagogas de Sevilla fueran derruidas y encerra­dos los judíos en su barrio prohibiéndoseles rigurosamen­te cualquier trato con los cristianos. Los judíos apelaron a la Corte, pero el arcediano contestaba que no podía dejar de proclamar lo que interpretaba como auténtico mensaje de Dios en fidelidad con el Santo Evangelio. La persecución alcanzó a la mayoría de las aljamas de Es­paña, quedando destruidas muchas de ellas y muertos en su inhumana persecución innumerables judíos, mientras que otros eran bautizados a la fuerza. La persecución alcanzó grados impensables cuando, muerto el arzobis­po de Sevilla, la administración de la diócesis quedó en manos de este fanático. Por fin, al alcanzar la mayoría de edad el rey Enrique III —tenía once años— procesó y encarceló al arcediano «porque ninguno con apariencia de piedad no entienda levantar al pueblo». El día 6 de junio de 1391, al grito de «muerte a los judíos», fue uno de los más aciagos en el barrio judío de Sevilla. Con sensatez escribió el canciller Ayala en su Crónica de En­rique III, año 1391, que «todo esto fue cobdicia de ro­bar, segúnd paresció, más que devoción».

Écija fue también el lugar de nacimiento del impor­tante personaje de la corte de Alfonso XI, con Yucaf de Écija. Su judería no fue muy importante, dado que en las cuentas del rey Sancho IV aparece con una coti­zación de tan sólo 5.000 maravedíes. Hay constancia de la existencia de una sinagoga y de una «madrisa», que precisamente fueron construidas con la ayuda de don Yucaf el Levi aben Xabad. Fue en 1390 cuando el triste­mente célebre arcediano, al haber sido nombrado Provisor por el Dean y el Cabildo de Sevilla, a la muerte del arzobispo, mandó destruir la sinagoga de Écija, jun­to con las de Alcalá de Guadaira, Coria y Cantillana. Ni del lugar exacto de la ubicación de la sinagoga, ni de las calles que podrían configurar el barrio judío hay re­ferencia alguna en Écija. En conformidad con los docu­mentos relacionados con la fundación de la sinagoga a expensas de don Yucaf, a lo más que se llega es a descu­brir que se encontraba «a la parte del muro del alcázar viejo». En 1407 pasó por esta ciudad San Vicente Ferrer que realizó el milagro de la resurrección de «una judía obstinada».

En tiempos cristianos, Écija fue una de las primeras sedes episcopales de España, con San Crispín como obis­po y en tiempos visigóticos con San Fulgencio.

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La ciudad de Écija es apodada con todo merecimien­to turístico la Ciudad del Sol y de las Torres. Cuenta con medio centenar de edificios de enorme interés, tanto re­ligiosos como civiles y militares. De la personalidad urbana de Écija destacan sobre todo sus numerosas, es­beltas y bellísimas torres barrocas, al igual que la canti­dad y calidad de sus palacios y casa solariegas, barrocas la mayoría y algunas renacentistas, que jalonan y le dan prestancia a la ciudad.

El recorrido monumental es realmente único: la pla­za de España es conocida como El Salón y es citada en El Diablo Cojuelo por el ecijano Vélez de Guevara como «la más insigne de Andalucía». En el Ayuntamiento hay que admirar un precioso mosaico y artesonado renacen­tista. La iglesia de Santa Bárbara tiene el mejor coro de Écija. El palacio de Peñaflor es Monumento Nacional, con portada barroca de mármol rosáceo. La torre más esbelta de la ciudad es de la iglesia de San Gil, gótico-mudejar. Barroco es el palacio de Alcántara, como es también barroca la iglesia de Santa Ana. El palacio de Valdehermoso luce fachada plateresca. La torre más bo­nita tal vez sea la de San Juan, con maravillosas obras de arte en su interior. Gótico-mudejar es la iglesia de San Francisco. En la iglesia de Santa María llaman artística­mente la atención muchas cosas, entre otras una colec­ción arqueológica y en ella la cabeza de Germánico. La iglesia de Santiago es otro fabuloso exponente del estilo gótico-mudejar. El recorrido ha de incluir por supuesto la iglesia de los Capuchinos, casa señorial del siglo xvm, iglesia de la Victoria, palacios de los Marqueses de Santaella, de Benamejí, de Almenara Alta, convento de la Merced, palacio mudejar-convento de las Teresas, iglesia de la Concepción, iglesia del Carmen, Palacio de Jus­ticia, iglesia de los Descalzos, convento de los Marro­quíes, iglesia de Santa Cruz, con su Virgen del Valle del siglo xin, convento de las Filipensas, las Torres Gemelas, iglesia de San Pablo-Santo Domingo, casas señoriales, Carnicerías Reales…

También en Estepa hubo judería y, aunque no que­da recuerdo alguno de ella, merecen una visita su iglesia de Santa María, conventual de Santa Clara, convento de San Francisco, ex convento de la Victoria y su torre, igle­sia del Carmen, iglesias de San Sebastián, de los Reme­dios, de la Asunción y de Santa Ana. La casona de los marqueses de Cerverales también justifica la visita. La justifica de forma eminente el hecho de ser esta ciudad la primera productora nacional de polvorones, manteca­dos, alfajores y otros dulces análogos de almendra.

Lebrija

En la Edad Media los judíos fueron eminentemente urbanos. Vivían de modo preferente en ciudades y po­blaciones grandes. La agricultura apenas sí fue ocupa­ción para los judíos, uno de sus principales oficios fue el comercio y algunos de ellos hasta se dedicaron al comer­cio internacional. Sobre todo en el comercio de paños fueron expertos. El número mayor de judíos estaba no obstante entre los artesanos, entre ellos destacaban los joyeros, herreros, peleteros, guarnicioneros y tintoreros. Los préstamos en mayor o en menor cuantía, fue otra de las actividades representativamente judías. En casi to­das las juderías había un médico y hasta en la comu­nidad cristiana también esta profesión era ejercida con frecuencia por los judíos. No obstante, la mayoría de los miembros de la comunidad judía disponía de una huer­ta o de una viña para atender con sus productos las ne­cesidades familiares o de la colectividad.

En Lebrija, en la provincia de Sevilla, todavía hay una calle denominada oficialmente de la Sinagoga o de la Sinoga, con referencia a un edificio en el que probablemente se ubicaba su templo y que «pertenecía a la igle­sia parroquial». Por supuesto que la calle se halla tan cerca de la iglesia parroquial como del castillo, por aque­llo de que los judíos habían de buscar ayuda y protec­ción en uno y en otro estamento privilegiado de la socie­dad de entonces, como era el clero y el señor feudal. Hay quienes aseguran que precisamente la iglesia parroquial se asienta sobre el solar que fuera de la sinagoga, habiéndosele cedido a la judería otra casa para que la convirtieran en sinagoga. De todas formas resulta difícil atisbar algún resto de sinagoga en el edificio parroquial, no siendo tan difícil atisbar en él restos propios de una antigua mezquita. De otros servicios como el cemente­rio y de otros lugares judíos, no queda recuerdo alguno en Lebrija.

Con ilustres antecedentes prehistóricos y turdetanos, Lebrija, la antigua Nebrija de los romanos, conserva un rico patrimonio arquitectónico que invita a realizar una visita a la misma. La iglesia de Santa María de la Oliva fue construida por Alfonso X el Sabio y está cubierta por originales bóvedas mudejares de lacería. El retablo ma­yor y la Virgen titular son obra nada menos que de Alon­so Cano. Sobre la portada derecha hay relieves visigóticos. La torre es muy esbelta y recuerda la Gi­ralda sevillana. El claustro es del siglo xv. Es de gran interés la ermita de Nuestra Señora del Castillo, la igle­sia del convento de las Concepcionistas, la de San Fran­cisco, las capillas de la Vera Cruz y las de Nuestra Seño­ra de la Aurora y de Belén. En la arquitectura civil resaltan la antigua Casa del Cabildo, Posada de la Con­cepción, Cilla del Cabildo y la Casa de Posta. El huma­nista Elio Antonio de Lebrija o Nebrija, nació en esta población y es el padre de la primera gramática espa­ñola.

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Después de haber recorrido las calles y plazas de Lebrija, con sentido y sensibilidad turística, puede muy bien ampliarse la programación viajera con motivacio­nes judías a Alcalá de Guadaira, población en la que se encontraba una de las sinagogas que mandara destruir en 1391 el fanático Fernand Martínez, el arcediano de Écija, en la locura persecutoria que definió su actividad predicadora antisemita. Documentalmente consta que el arcediano ordenó que destruida la sinagoga, su solar fue­se «para fabrica de la iglesia de San Miguel de dicha vi­lla». En el barrio del mismo nombre, cercana al castillo, aunque ahora ya sin culto, todavía existe esta iglesia. Todo hace suponer que este barrio, de trazas similares a otros judaicos fuera el asentamiento de toda o de la ma­yor parte de la judería de Alcalá de Guadaira. La delimi­tación más aproximada la darían las calles de León XIII, San Miguel, Banderas y Media Luna. El arco de entrada ubicado en la calle Banderas pudiera muy bien ser el obligado en todas o casi todas las juderías.

Sobre el río Guadaira hay un puente romano de seis arcos y de la importancia de su castillo almohade dan fe once torres. Hay que aludir a las luchas que protagoni­zaron en sus aledaños las familias Ponce y Guzmán en el siglo xv. La ermita de la Virgen del Águila es mudejar, del siglo xiv. Entre los monumentos a admirar hay que hacer referencia a las iglesias de Santiago con su retablo barroco y a la de San Sebastián, también mudejar. Cer­ca de la población se encuentra el bosque de la Oromana, uno de los más populares, risueños y frondosos parajes de toda la provincia. Los alrededores de Alcalá de Guadaira son de gran belleza paisajística. En el término de Alcalá hay dos castillos: el de Marchenilla y el del Gandul.

También Utrera contó con judería, de la que apenas si se conserva el recuerdo. En esta población hay que vi­sitar la iglesia de Santa María de Mesa con su espléndi­da portada renacentista, la iglesia gótica de Santiago con fastuosa portada isabelina y en cuyas inmediaciones se ha instalado el Museo Quinteriano. Es espléndido el ar-tesonado mudejar del convento de la Concepción. La igle­sia de Nuestra Señora de los Dolores es barroca. La de San Francisco está decorada con buenos frescos. El santuario de Nuestra Señora de la Consolación es monumen­to nacional y su imagen titular es del siglo xv. El castillo de Lopera y el de las Aguzaderas constituyen parte de su atracción turística, así como el puente romano de la Al­cantarilla.

 

 
 
 

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