Castilla y León

Susurrando Romanceros
(Río Duero – Valladolid, Zamora y Salamanca)
Magnífico reportaje emitido por TVE que nos permite conocer en detalle esta región tan interesante

Los recuerdos y las huellas judías son muchos y to­davía activos por la comunidad autónoma de Castilla y León. Sus juderías fueron realmente importantes. Y no sólo en las ciudades, sino también en los pueblos. Toda­vía, y por poner un ejemplo, en unos pueblos de la pro­vincia de Palencia, recitan maledicentemente sus vecinos esta letrilla: «De Amusco salieron/los que a Cristo azota­ron./ En Pina comieron,/en Frómista cenaron/y allí se quedaron».

El Camino de Santiago a su paso por las pro­vincias castellano-leonesas les confirió a los judíos posi­bilidades favorables para su asentamiento. El recuerdo de las juderías de Segovia, de Salamanca, de Ávila, de León… y tantas otras perdura en no pocos edificios y en historias y leyendas. En Carrión de los Condes, el rabí Don Sem Tob sigue adoctrinando a cristianos y a judíos con sus Proverbios morales o Sermón comunalmente ri­mado de glosas y moralmente sacado de Filosofía.

Plaza de la Universidad (Foto Javier Ruiz Ramos)

Valladolid. Plaza de la Universidad (Foto Javier Ruiz Ramos)

Ávila

Fantasean algunos asegurando que ya había judíos en Ávila en la época romana. Parece lo más seguro que ellos llegaron a esta ciudad con los repobladores de la recon­quista, a finales del siglo xi, existiendo documentación sobre la judería en 1144, que llegó a alcanzar uno de los puestos de máxima importancia entre las juderías caste­llanas. Uno de sus personajes de mayor relieve fue Yucaf de Ávila, célebre recaudador de impuestos del rey Sancho IV, e inspirador de un notable movimiento cultural, por inspiración de Mose de León. Fue de gran interés el movimiento «mesiánico» desatado en esta población por el llamado profeta de Ávila y que ocasionó graves pérdi­das para los judíos, con el milagro de las cruces.

Parador de Ávila

Parador de Ávila

Ávila encierra importantes recuerdos judíos. De su convento de Santo Tomás fue prior fray Juan de Torquemada, autor de Instrucciones Inquisitoriales, Gran Inquisidor y de quien se asegura que en tiempos de su mandato unas tres mil personas fueron condenadas a muerte por motivos religiosos, con mención para los ju­díos, de cuya expulsión él fue uno de los máximos insti­gadores. El brasero de la Dehesa, cerca de las ruinas del viejo convento de Sancti Spiritu en Ávila, fue testigo de su desventurado celo perseguidor en el nombre de Dios. El proceso del niño de La Guardia, que tuvo lugar en el atrio de la iglesia de San Pedro en Ávila, aceleró la deci­sión de los Reyes Católicos de firmar cuanto antes el Decreto de Expulsión de los judíos, que en la ciudad po­drían rondar los mil.

Consta que eran dos las juderías de Ávila y las calles con las que en la actualidad se correspondían con la pri­mera eran éstas: Telares, travesía de Telares, Santo Do­mingo, plazuela de Santo Domingo, Pocilio, plaza del Pocilio, travesía de San Esteban… La judería más tradi­cional abulense es precisamente la comprendida en este círculo de calles. La otra judería en las cercanías de las puertas de Mariscal y del Carmen, comprendía las si­guientes: Brieva, Marqués de Benavites, Esteban Domin­go y plaza de Fuente el Sol.

Ávila y sus famosas murallas.

Ávila y sus famosas murallas.

Acerca de la ubicación de las sinagogas se habla de una en la calle de Esteban Domingo y otra en la de los Reyes Católicos, tal vez en el solar que ocupó después la capilla de las Nieves. En el número 2 de la plaza del Po­cilio pudo muy bien haber estado situada otra sinagoga. También se habla de otra en el barrio de Covaleda y otra «cabe la puerta de Malaventura», tal vez en la calle de Telares. Acerca del cementerio son muchas las opinio­nes. Unos lo sitúan junto al monasterio de la Encarna­ción y otros en lo que después fue convento de Santo Tomás, tan predilecto de los Reyes Católicos. Otros se refieren a la calle Toledana, hacia el Valle de Ambles, cerca de la iglesia de Santiago. Acerca del convento de Santo Tomás se asegura asimismo que sus terrenos per­tenecieron a un clérigo judaizante que fue quemado en el brasero de la Dehesa y se dice también que fue cons­truido con buena parte del dinero y del oro incautado a los judíos. En la basílica de San Vicente hay una lápida que dice: «En esta sepultura está enterrado el judío que, por milagro de Dios, se tornó cristiano e hizo esta Igle­sia. Año 307». En el cenotafio de San Vicente, mártir, en la iglesia de su mismo nombre, está representado un ju­dío.

Toda Ávila es un monumento. Ávila es Ciudad Patri­monio de la Humanidad, la ciudad medieval mejor con­servada del mundo. Ávila reúne todas las bellas artes. Es la ciudad de los santos por antonomasia. «Ávila, la bien cercada». Ávila, la ciudad mejor amurallada del mundo con un perímetro de más de dos kilómetros. Sus obras se iniciaron en el mes de mayo de 1090 y dispone de nue­ve puertas y dos poternas.

La catedral comenzó a construirse en 1170. Está lle­na de arte y de historia. Alberga esculturas de alabastro, pinturas, vidrieras y capiteles llenos de grandiosidad. Es de fuerte inspiración gótico-francesa. La puerta de los Apóstoles merece mención muy particular. El sepulcro de don Alonso de Madriga, El Tostado, es una de las me­jores obras del arte funerario. El retablo mayor es obra de Pedro Berruguete, Santa Cruz y Juan de Borgoña. El museo capitular contiene preciosas obras de arte, entre ellas la custodia de Juan de Arfe. La basílica de San Vi­cente, del siglo xn, formó parte del trío de «iglesia juradera» de España, con la de Santa Gadea, de Burgos, y la de San Isidoro, de León. La puerta principal es lla­mada con toda razón El Pórtico de la Gloria abulense y es también atribuido al maestro Mateo. Destaca el sepul­cro de los Santos Mártires. La iglesia de San Pedro cuenta con valiosos retablos, pinturas e imágenes. La iglesia de San Andrés, de finales del siglo xi, es de estilo románico purísimo. En la ermita de San Segundo se halla una es­tatua orante del santo, obra de Juan de Juni, la mejor escultura barroca de Ávila.

La ruta Teresiana y Sanjuanista es de las más reco­rridas; en ellas hay que visitar la iglesia de la Santa, con la habitación en la que ella naciera; el convento de San José, que conserva su primitivo «corito»; el monasterio de la Encarnación, en el que ingresó como novicia; el convento de Nuestra Señora de Gracia; el convento de Santo Tomás, fundado por los Reyes Católicos, con reta­blo de Berruguete y sepulcro del príncipe Juan, hijo de los Reyes Católicos…

En el apartado de la arquitectura civil hay que resal­tar casas señoriales como el palacio de los Polentinos, de los Águilas, de los Dávilas, con su leyenda «donde una puerta se cierra, otra se abre»; de los Vela, el Torreón de los Guzmanes, la Casa Almazara, la Casa de la Miseri­cordia, los palacios de los Serranos, de Verdugo, de Blas­co Núñez de Vela, de los Daenes, hoy museo provincial… Digno de mención es el Ayuntamiento y su plaza.

Candeleda

Desde siempre la población abulense de Candeleda

disfrutó de una situación privilegiada, en cuyo entorno natural no han faltado el olivo, la higuera e incluso las palmeras, considerándose como un auténtico vergel, pro­picia por tanto al desarrollo y a la riqueza de sus habi­tantes. En su libro Judíos, moros y cristianos, don Cami­lo José Cela refería que «En Candeleda, a la vista de nieves perpetuas, florecen el limonero, el naranjo y el al­mendro. Candeleda muestra fresnadas y robledales, hi­gueras y piornales, castañares y olivares… y en los bal­cones volados crecen el geráneo y el clavel, la albahaca y el botón de rosa francesilla, el flagrante dondiego, que nos nombrar donpedro y otros dicen donjuán, el nardo, el jazmín…».

 

El nombre de Candeleda pudo haber procedido o de las candelas que encendieran los pastores de su término municipal o de San Bernardo de Candelena que vivió eremíticamente por estas tierras en el siglo xn y que se le veneraba como abogado contra la rabia. La historia del poblamiento se remonta a los tiempos del neolítico y los vetones, con su cultura de los verracos han dejado huellas de gran interés en El Raso y el Santuario de Postoloboso. Los visigodos pasaron también por este lu­gar al igual que los árabes, hasta que la reconquista los expulsó en el siglo xn, consiguiendo Candeleda gran importancia como lugar de paso de los rebaños tras­humantes de la Mesta. En su Libro de la Montería Alfon­so XI reconoce y alaba sus posibilidades cinegéticas, es­cribiendo que «es buen monte para el oso y el jabalí».

Fue en estos tiempos de desarrollo económico con unos 1.500 habitantes, cuando hicieron su aparición los judíos cuya aljama parece haber ocupado el barrio que se halla entre la antigua calle del Hospital y la calle de la Amargura. Es explicable la afluencia judía en una pobla­ción en la que las circunstancias descritas manifiestan altos índices de riqueza, con mención singular para las generadas por el paso de la Mesta, sin olvidar que todo cuanto tenía relación con las pieles y los tejidos solía ser actividad industrial o comercial de los judíos.

El recorrido por el casco viejo de Candeleda lleva con facilidad a calles y rincones en los que pervive el carácter judío en la configuración arquitectónica y ur­banística del conjunto. Las casas de la plaza Mayor lucen balcones de madera y están adornadas con di­versidad de plantas. Las viviendas están construidas con estructura de madera entramada rellena de ado­be, con técnicas de edificación propia del siglo xv. Sobresale en ellas el voladizo, balcón que se ubica en el segundo piso y que en los de la plaza del Ayuntamien­to están equipados con gradas que se aprovechan para contemplar mejor las corridas de toros. Las calles Cervantes, Corredera, del Pozo… tienen sabor muy típi­co y algunas de sus casas poseen escudos nobiliarios. Resalta la estampa de cualquier rebaño de cabras recorriendo sus calles, junto al rollo de justicia o el hospital del siglo xvi.

La iglesia de la Asunción data del siglo xiv y en su interior destacan el retablo mayor, con cinco cuadros en relieve dedicados a la Virgen, la reja de la capilla de San Antonio y la pila bautismal. Su mayor tesoro es el reta­blo de cerámica, de la segunda mitad del siglo xvi, obra posiblemente del célebre ceramista de Talavera Juan Fernández, que fue el autor de parte de los que hay en el monasterio de San Lorenzo de El Escorial. Se trata de un tríptico de más de cuatro metros de alto y cerca de tres de ancho y representa la Última Cena y la Pasión del Señor. La ermita de San Blas es otro de los edificios reli­giosos de interés. Es conocida también como ermita del Cristo de la Cañada, por estar ubicada cerca de la caña­da de la Mesta.

La ruta ha de llevar a la aldea de El Raso, en cuyo collado del Freillo se descubrió un castro vetón y una necrópolis de la Edad de Hierro oculta por un yacimien­to romano. Se encontraron armas, vasos de ofrenda, un bronce etrusco y un frasco de ungüento oriental del si­glo v a.C. Se trata de un yacimiento de gran interés ar­queológico.

También en las cercanías de Candeleda se encuentra el santuario de Nuestra Señora de Chilla, con referencias a un pastor de nombre Finardo al que se le apareció la Virgen hacia el año 1300, siendo construcción el santua­rio del siglo xv. La talla de la Virgen, en el centro del re­tablo, tiene arrodillado a sus pies el pastor. Es conside­rada como patrona de Gredos y su romería es muy popular. Hay otra versión acerca de la aparición de la Virgen en la que ésta desde una estampa «chilló» en pro­tección y defensa de una devota a la que su marido ha­bía sorprendido en una escena de relación afectiva con un supuesto judío, deteniendo el puñal instantes antes de clavarlo en el corazón de su esposa.

 

Burgos

La visita a la judería de Burgos hemos de efectuarla de la mano de «el buen Martín Antolínez, el burgalés más cumplido» que, tal y como refiere el Poema del Cid, fue el encargado de proveer de víveres al campeador Rodri­go Díaz de Vivar, para lo que «atravesó toda Burgos y en la Judería entraba/, y por Raquel y por Vidas, con gran prisa preguntada»…«Llegó Martín Antolínez y así les dijo, taimando:/»¿Cómo estáis Raquel y Vidas, mis buenos amigos caros?».

Burgos. Puerta de la judería.

Burgos. Puerta de la judería.

La judería de Burgos, muy famosa en la época del Cid y la más importante del norte de España, vivió su máxi­mo esplendor en el siglo xm. Su aljama fue avecindada muy cerca del castillo que, entre unas cosas y otras, que­dó totalmente desmantelado, así como su entorno, por lo que resulta extremadamente difícil ubicar la judería, de la que hay constancia que estaba dividida entre la de Arriba y la de Abajo en pleno Camino de Santiago.

Burgos. Escalera entrada a la judería.

Burgos. Escalera entrada a la judería.

La primera pudo muy bien haberse situado en la ca­lle actual de Fernán González, antigua calle de Tenebre-gosa, en dirección al castillo y la desaparecida iglesia de Santa María la Blanca. El barrio se llamó en el siglo xv Villa Nueva. Hay que hacer constar que el término «Nue­vo» se adscribía con frecuencia a calles y barrios judíos, en señal del nuevo nacimiento o renacimiento, que sig­nificaba el bautismo para quienes comenzaban a habitarlos o a vivirlos.

Burgos. Antiguo Seminiario Mayor, sede actual de la Universidad Isabel I y del Palacio de Congresos Yacimientos de Atapuerca.

Burgos. Antiguo Seminiario Mayor, sede actual de la Universidad Isabel I y del Palacio de Congresos Yacimientos de Atapuerca.

El emplazamiento del Seminario, la calle de Fernán González, el Arco de San Martín y la calle de Doña Jimena marcarían el reducto del antiguo barrio judío de Arriba, en el que sus calles principales fueron las desaparecidas de Platería, Panderete, Judería, de los Herreros y Plumería.

Burgos. Calle Embajadores.

Burgos. Calle Embajadores.

En las cercanías de la muralla de los Cubos se ubica­ba la judería de Abajo, en el último tramo de la calle Tenebregosa o Fernán González, junto al torreón de doña Lambra o del Baño. El paseo de los Cubos, la calle Em­bajadores y la calle Lavadores, junto con la de San José y Emperador, centran el ámbito de este barrio judío de Abajo. Las dos juderías constituían en realidad una sola, aunque ubicadas en dos partes del montéenlo que coro­naba el castillo que, hasta su destrucción total por los franceses en la Guerra de la Independencia, fue una de las principales fortalezas de España.

Burgos, La catedral desde el paseo del Espolón.

Burgos, La catedral desde el paseo del Espolón.

Nada se sabe con certeza acerca de la localización de las sinagogas burgalesas. Se cree que una de ellas se asen­taba en la desaparecida iglesia de Santa María la Blanca y otra «cerca de la puerta de San Martín», tal y como refieren los documentos de mediados del siglo XV. Como en otras ciudades —Toledo o Sevilla—, el nombre de Santa María la Blanca se ha correspondido con una an­tigua sinagoga, parece probable que en Burgos hubiera ocurrido lo mismo.

Acerca de la localización del cementerio judío, no se tienen más noticias que se encontraba «en el camino de San Andrés», sin que se sepa donde estaba tal camino con la advocación de un santo apóstol, que con tanta fre­cuencia aparece relacionado con los judíos.

Burgos. Puerta de Santamaría con su famoso arco.

Burgos. Puerta de Santamaría con su famoso arco.

La ciudad de Burgos fue denominada capital y cabe­za de Castilla por el conde Fernán González y su histo­ria comenzó allá por el año 884, cuando Diego Rodríguez Porcelo mandó fortificar el castillo y se levantaron las primeras casas junto al Arlanzón.

Burgos. La catedral.

Burgos. La catedral.

La sola enumeración de sus argumentos turísticos abruma al viajero dotado de un mínimo de sensibilidad histórico-artística. La catedral es el monumento más importante y significativo. Es joya universal del estilo gótico. Sus fachadas y puertas son otros tantos alardes arquitectónicos únicos en el mundo. Su construcción se comenzó en 1221. En el Arco y Torre de Santa María, construido en el siglo xiv, se celebraban las sesiones del Consejo o Regimiento de la ciudad. En la iglesia de San Nicolás destaca el retablo de piedra de Juan de Colonia.

Burgos. El castillp, el mejor lugar para disfrutar de las mejores vistas de la ciudad.

Burgos. El castillo, el mejor lugar para disfrutar de las mejores vistas de la ciudad.

El Arco de San Martín formaba parte de las antiguas murallas. El Solar del Cid es un monumento que ocupa el solar de su casa. Desde el Castillo y las Murallas se divisa una buena vista de la ciudad burgalesa. El Arco de Fernán González fue levantado en 1592 en memoria del conde artífice de la independencia de Castilla.

Burgos. Iglesia de San Esteban.

Burgos. Iglesia de San Esteban.

La iglesia de San Esteban, gótica, posee rica colec­ción de tapices y pintura de la escuela castellana. La igle­sia de Santa Águeda fue construida en el lugar de la fa­mosa Santa Gadea, en la que el Cid hizo jurar al rey Alfonso VI no haber tomado parte en la muerte de su hermano Sancho. El Arco de San Esteban es árabe y data del siglo XII. La iglesia de San Gil, del siglo XIII, es de gran­diosas proporciones y de valor artístico muy considera­ble. La capilla de los Reyes Magos y una preciosa escul­tura de Gregorio Hernández son dignas de especial encomio.

Burgos. Iglesia de San Lorenzo.

Burgos. Iglesia de San Lorenzo.

La iglesia de San Lorenzo es de estilo barroco. La Casa del Cordón fue mandada edificar a finales del si­glo XV y es el edificio civil más importante de Burgos. La historia de España pervive en ella importantes capítulos. La actual iglesia de San Lesmes pertenece al siglo XV.

El Museo de Marceliano Sánchez integra unas 150 obras de tan famoso pintor. La Cartuja de Miraflores, a tres kilómetros de la ciudad, tiene iglesia gótica y en ella destaca el retablo de Gil de Siloé y los sepulcros de sus fundadores. Sorprende la bella ornamentación de la igle­sia de Santa Clara. El Museo Arqueológico y Casa Mi­randa es un magnífico palacio de estilo renacentista y entre sus piezas importantes guarda el frontal de Santo Domingo de Silos, finísima obra de orfebrería del siglo xi. Importante es sobre todo la portada de la iglesia de San Cosme y San Damián. El Hospital de la Concepción fue construido en el siglo XVI y es de estilo renacentista. En él se hospedaron muchos peregrinos, con mención particular para Santa Teresa de Jesús. Gótica es la por­tada de la iglesia de Santa Dorotea. Cercano al Hospital del Rey se halla el monasterio de las Huelgas, fundado por Alfonso VIII y su esposa. En él se conservan glorio­sos recuerdos históricos. El Hospital del Rey sirvió de descanso a los peregrinos del Camino de Santiago y es interesante su fachada plateresca.

Burgos. Paseo del Espolón, centro neurálgico de la ciudad.

Burgos. Paseo del Espolón, centro neurálgico de la ciudad.

La iglesia de la Mer­ced, el Ayuntamiento, la plaza Mayor y el paseo del Es­polón son puntos de referencia histórico-artística y de ocio.

(Fotografías Jesús Bustamante)

Aranda de Duero-Roa

Fue mucha la capacidad de imaginación de los habi­tantes de pueblos y ciudades castellanas para hacer desa­parecer cualquier resto del patrimonio judío existente en unos y otras. Eran constantes las amenazas de la Inqui­sición contra los judaizantes o contra quienes hicieran uso de posesiones que hubieran pertenecido a los judíos. Por eso no es de extrañar que, por ejemplo, en la ciudad de Segovia, la llamada Casa de los Picos lo fuera así pre­cisamente porque, perteneciente a un hebreo, fue cono­cida como Casa del judío, y así fue comprada y recomprada por cristianos, hasta que el marqués de Quintanar por inspiración de un jesuíta, decidió colocar en su fachada picos de piedra, con lo que los ciudadanos olvidaron el viejo mote y comenzaron a conocerla como Casa de los Picos.

En la ciudad burgalesa de Aranda de Duero fueron muchos los judíos antes de su expulsión y después de ella, los judeoconversos, que vivían sobre todo en la céntrica calle llamada de Barrionuevo, que hace esquina con la de Tamarón. Posteriormente también los judíos se asen­taron en el lugar conocido como Hocino, cuya calle en la actualidad lleva hoy el nombre de Santa Ana. Es tra­dición que precisamente junto a esta iglesia los judíos erigieron una nueva sinagoga y que después de la expul­sión por los Reyes Católicos, ella pasó a integrarse en la misma iglesia de Santa Ana. Fue notable y largo el pleito que se siguió sobre tal integración, tal y como lo reflejan los documentos de la época en los que se narra la discu­sión sobre «cierta parte de dicha Yglesia y Santa Ana que primero hera synagoga». No se sabe nada sobre la ubi­cación del cementerio ni de cualquier otro lugar relacio­nado o utilizado en Aranda por los judíos.

Merece ser reseñada la judería de Castrojériz en la misma provincia burgalesa, en el Camino de Santiago y que seguramente se hallaba junto a las Puertas del Mon­te y de la Sardina, hoy convertidas en placenteros paseos con uno y otro nombre. En sus cercanías había un pue­blo, Castrillo, en el que es probable que se refugiaran los judíos procedentes de Castrojériz y que por eso reci­bió el sobrenombre de Castrillo de los Judíos y posterior­mente Castrillo-Matajudíos.

Cerca de Aranda, en Roa, se cree que la sinagoga de su judería coincidiría con la que es hoy la iglesia de la Santísima Trinidad.

La iglesia de Santa María, del siglo xv, gótico-isabeli-na fue mandada construir por los Reyes Católicos, y es obra excepcional de los célebres arquitectos Colonia. La portada sur es un singular retablo de piedra. La iglesia de San Juan aún conserva adosada a su muro una torre románica del siglo xn, que le confiere cierto carácter ci­vil y guerrero. Conserva importantes imágenes de Juan de Juni. También conserva imágenes de Juni, la iglesia parroquial de San Juan de la Vera Cruz. La iglesia de San Nicolás de Bari, en el barrio de Sinova, es Monumento Nacional, con impresionante retablo de la mejor escuela castellana. Su artesonado es muy original. La plaza Ma­yor es conjunto arquitectónico de relieve. Debe visitarse el parque Virgen de las Viñas y su santuario. Es digno de admiración el parque del General Gutiérrez, llamado así en recuerdo del arandino vencedor del almirante Nelson.

En Roa y en su plaza Mayor, presidida por la iglesia de Santa María, fue ejecutado en 1825 el célebre guerri­llero Martín el Empecinado, habiendo muerto el carde­nal Cisneros en 1517.

Castrojériz conserva recuerdos importantes del Cami­no de Santiago, con mención para sus iglesias de Santa María del Manzano y de San Juan, encontrándose en sus cercanías las ruinas del hospital medieval de San Antón, uno de los más conocidos en la Europa medieval en tiem­pos del camino jacobeo.

 

Briviesca-Miranda de Ebro

Parece cierto que en el siglo xv más de dos tercios de los judíos españoles vivían en el reino de Castilla, lo que quiere decir que, en conformidad con los cálculos y es­tudios efectuados, podrían rondar los 75.000. Si intentá­ramos reducir este número a las provincias que en la actualidad configuran la comunidad autónoma de Casti­lla y León, se podría afirmar que algo más de la mitad de los 75.000 de todo el reino les correspondería a estas provincias.

La judería de Briviesca tuvo bastante actividad, dado que esta población burgalesa fue siempre cruce de ca­minos y paso obligado por quienes quisieran desplazar­se por la parte septentrional de España. Es tradición que su judería a fines del siglo xra se ubicara en el barrio de Santa Cecilia, habiendo constancia de que todo cuanto les pertenecía a ellos al firmar el Decreto de Expulsión los Reyes Católicos, pasó a poder del condestable de Cas­tilla, don Pedro Fernández de Velasco, quien las vendió después, con lo que se pudo fundar la desaparecida pa­rroquia de San Andrés, llamada del Arrabal. Cuentan cró­nicas anteriores que cuando el rey Don Juan II decidió casar a su hijo con doña Blanca de Navarra, esta y su madre coincidieron en Briviesca y que «allí las fiestas les están aparejadas e le fue hecho muy solemne recibimien­to por todos los de la villa, salvando cada oficio su pen­dón e su entremés lo mejor que pudieran, con gran gozo e alegría; e después de estos venían los judíos con la Tora e los moros con el Alcorán». Cristianos, judíos y moros, portando los libros y los signos más sagrados de sus respectivas religiones, se dieron en ésta y en tantas otras ocasiones, convivencialmente las manos en la fiesta de Briviesca, en señal de respeto y de tole­rancia.

En las cercanías de Pancorbo estuvieron registradas dos juderías en otros tantos pueblos hoy desaparecidos y que precisamente se apodaron «de los judíos», como en los casos de Quintanilla, de Villanueva y de Valde-judíos.

 

La judería de Miranda de Ebro llegó a contar en sus tiempos más florecientes con un censo en torno a 250 judíos, lo que significaba algo así como una cuarta parte de la población total. Calle de los Judíos ha sido la deno­minación de la calle de la Independencia cerca del puen­te. Las de Tenerías, puerta del Valle y travesía de la Fuen­te estarían relacionadas con el barrio judío. En esta última podría haber estado la sinagoga. En el número 18 de la calle de la Fuente detrás del Ayuntamiento, fue des­cubierta en 1961 una edificación tal y como refiere una placa colocada en el bar pudo muy bien haber sido parte de la sinagoga. Como testimonio de la presencia judía por estos lugares hay que referir que hace muy pocos años apareció en el vecino pueblo de Caicedo de Yuso un testamento hebreo fechado en Miranda en el siglo xv.

* * *

Briviesca —la Virobesca romana— fue estratégico nudo de comunicaciones, uniendo las vías Aquitania, de Burdeos a Astorga, e Imperial de Tarragona a Astorga. Antes la ciudad se asentó en el cercano cerro de San Juan. A principios del siglo xrv la infanta doña Blanca, nieta de Alfonso X el Sabio, levantó aquí alcázar y murallas. En 1387 fue sede de cortes castellanas y pasó por diver­sos señoríos, como el de Velasco, condestable de Casti­lla, alcanzando su máximo esplendor en el siglo xvi. Cuna de hombres ilustres, su figura más representativa es el explorador y conquistador Juan de Ayolas. El trazado urbano responde a una disposición de cuadrícula que fue tomada como modelo del plano de Santa Fe en Granada y de no pocas ciudades hispanoamericanas. La plaza Mayor es rectangular y con soportales, en sus calles rec­tas se asoman las fachadas de casas nobles, como las de Torre Soto, España, Soto Guzmán, Abad de Rosales… La iglesia colegial de Santa María, de fachada renacentista, entre dos torres, fue reformada en el siglo xvni, conser­vando parte de su estructura gótica. El altar de Santa Ca­silda fue realizado en el siglo xvi por el mirandés Pedro López de Gámiz. Pero el monumento más importante y la joya más artística de Briviesca es el convento de San­ta Clara, fundado por doña Mencía de Velasco, a prin­cipios del siglo xvi, cuya planta de la iglesia es de cruz latina, con crucero-cabecera octogonal de bóveda estre­llada. Es obra magnífica de Gil de Hontañón y Pedro Resines y forma parte, junto con la capilla del Condesta­ble de la catedral de Burgos y la iglesia del convento de Santa Clara de Medina de Pomar, del denominado estilo arquitectónico de los condestables. El retablo sin policromar y de cinco cuerpos, comenzado en 1550, fue realizado por Pedro López de Gámiz y realmente es una de las piezas maestras de la escultura del siglo xvi. La iglesia de San Martín, reformada en el siglo xvi con por­tada plateresca, tiene un buen retablo del siglo xvi en la capilla de Santa Lucía, así como un pulpito del siglo xvi. El edificio barroco del Ayuntamiento es el antiguo pala­cio de los Soto y Guzmán. Tiene elegante torre porticada. Miranda de Ebro está dividida por dos por el río Ebro. La parte vieja o barrio de Aquende, en la ribera derecha, conserva algunos restos interesantes como la iglesia románica de San Nicolás y la gótica de Santa María. Al puente hace referencia su Fuero. Cerca se halla el pue­blo de Santa Gadea del Cid, lugar amurallado, lleno de carácter y también con reminiscencias judías.

Medina de Pomar-Villadiego

Es explicable la importancia que llegó a tener la ju­dería de Medina de Pomar desde el momento en el que se descubre que fue protegida por la todopoderosa casa de los Velasco, condestables de Castilla, que a la vez fue­ron señores de esta villa burgalesa ya en el siglo xiv. Su situación geográfica favoreció el desarrollo y el creci­miento de la villa, que se detuvieron con la caída en desgracia del condestable, pasando con el tiempo su protagonismo a la cercana población de Villarcayo. El comercio, la recaudación y los prestamistas de tributos fueron las tareas más frecuentes de los miembros de la aljama de Medina de Pomar —«manzanas»— de la que asegura que, a la firma del Decreto de Expulsión por los Reyes Católicos, salieron por el puerto de Laredo hacia el exilio un total de mil personas.

La Puerta de la Judería es testigo de la presencia del barrio en el pueblo, que estaría configurado por las ac­tuales calles del Rey y del Mercado, junto a la hoy desa­parecida puerta de San Andrés. En la actualidad los nom­bres de las anteriores calles son los del Ñuño Rosura y Laín Calvo, después de haberse llamado la primera calle Nueva. Tanto este nombre de Nueva, como el de San Andrés hacen inequívoca referencia a lugares relaciona­dos con los judíos. Acerca del lugar de la sinagoga pare­ce ser que ésta se hallaba en la calle de Laín Calvo, en una casa con un buen dintel y notables columnas. Acer­ca de la localización del cementerio judío parece cierto que se encontraba a orillas de la carretera de Mediana a Encinillas, en las cercanías del Hospital de la Vera Cruz.

De la judería de Villadiego, en la misma provincia burgalesa, hay referencias documentadas ya en 1223, al ordenar el rey Fernando III que sus miembros estuvie­ran bajo la protección real. Lo más probable es que el barrio judío se ubicara en las proximidades de las mu­rallas, muy cercano al lugar en el que se erigió el mo­nasterio de San Miguel, de las monjas agustinas, con su iglesia y su huerta. También la calle de Vega podría inte­grarse en el barrio. Tanto los solares de este barrio, con los de la sinagoga y el cementerio fueron adquiridos des­pués de la expulsión de los judíos por el marqués de Santa Cruz y donados por éste a las monjas. Es tradición que la iglesia de las monjas ocupa el lugar exacto de la sina­goga. Impresiona la imagen de un San Miguel existente en la puerta del monasterio pisoteando a un judío. Como dato curioso hay que reseñar que en la llamada Huerta de las Monjas que se correspondía con el cementerio ju­dío, se halla hoy instalado el campo municipal de fútbol. Adelantamos aquí que la frase de «tomar las de Villa­diego» pudo haber tenido también origen hebreo.

* * *

 

La ciudad de Medina de Pomar a orillas del río Trueba fue centro de las siete merindades castellanas, habiendo sido un pequeño núcleo poblacional con carácter comer­cial y artesanal, en el siglo XII, asentamiento de francos y judíos. En la rebelión comunera, Medina protagonizó importantes y ejemplares episodios guerreros.

El patrimonio histórico-artístico de Medina de Pomar es amplio y rico. La iglesia de Santa Cruz adosada a la muralla, es de los siglos xm al xv. Gótica es la iglesia de Nuestra Señora del Rosario y en la zona fue iglesia juradera. Hoy se halla convertida en almacén la ermita de Santa Lucía o San Millán, ejemplar románico del si­glo xii. El convento de San Pedro de la Misericordia fue fundado en el siglo xvi, con bella portada dividida en tres cuerpos. El convento de Santa Clara fue uno de los más poderosos de Castilla y fue fundado por don Sancho Sán­chez de Velasco, en 1313. La iglesia tiene muy buenos retablos barrocos. En el coro alto se halla el mausoleo de Iñigo Fernández de Velasco y su esposa. Pero la au­téntica joya de Medina de Pomar es la capilla de la Concepción, comenzada en el siglo xv y es obra nada me­nos que de Gil de Hontañón. El museo encierra meri­torias obras, entre otras un Cristo yacente de Gregorio Fernández y el Cristo de Lepanto en marfil. Hay que ad­mirar asimismo en la ciudad el ex convento de San Fran­cisco, el Ayuntamiento, el Hospital de la Veracruz, fun­dado en el siglo xv, las casas solariegas del siglo xvn. El alcázar de los Velasco o las Torres, con dos severas to­rres almenadas, las murallas, el arco de la Judería, el arco de la Cadena, el arco de la Bajada o Traslasceras…

La plaza Mayor de Villadiego —solar de linajes im­portantes— es asoportalada y en ella hay erigida una es­tatua al historiador Padre Flórez, hijo de la villa. Desta­can entre sus monumentos la portada románica de la iglesia de San Lorenzo y el monasterio de las Agustinas, con valiosas tablas góticas. Destacan también un par de museos curiosos instalados en el pueblo y la cárcel. Villadiego es célebre en los diccionarios de los dichos académicos por la alocución mencionada anteriormen­te, «tomar las de Villadiego» que, entre otras versiones, puede hacer referencia a la vez, o a las veces, que sus habitantes tuvieron que huir de alguna algarada árabe o más bien a que los judíos de la villa hubieron de hacerlo con ocasión de alguna de las persecuciones que se fra­guaron contra ellos.

León

Son muchas las figuras que representan a los judíos en los museos y archivos de León, cuyos rasgos coinci­den con los que con tanta frecuencia los cristianos resal­taban como propios del pueblo deicida. En cuadros, es­culturas, códices miniados y aun vidrieras, los judíos ostentan las clásicas narices corvas, ojos almendrados y dientes exagerados, propios de unos perfiles físicos mal­ditos y reconocidos como «canónicos», a los que, sobre todo en cuadros, no les falta el gorro colorado con el que se les distinguía en países como Italia.

La ruta judía por León con características artísticas es larga y sorprendente. Es mucho el legado religioso-artístico con que cuenta esta ciudad, de cuya judería se tienen datos a comienzos del siglo x y que en un tiempo fue una de las más importantes de España, fuera de Ca­taluña. El Fuero de León ya hace referencias a los judíos en 1020. En la ciudad leonesa nació el cabalista Mosé ben Sem Tob de León, autor de la redacción final de Zohar o canon de la Cabala. La aljama de León atendió una academia rabínica y uno de sus maestros fue R. Ishaq Besudo. La historia se hace eco de los asaltos que pade­ció la judería leonesa, sobre todo de uno cuyo protago­nista fue don Suero de Quiñones, el famoso y un tanto romántico caballero del Paso Honroso sobre el puente del Hospital de Órbigo, en su fantasmagórica y umver­salmente conocida proeza o hazaña en pleno Camino de Santiago.

La judería estaba formada por las calles cuyos nom­bres actuales corresponden a las de Misericordia, plaza de las Tiendas o San Martín, cuesta de los Castañones, Juan de Arce con prolongación hasta la plaza de Santa María del Camino, Santa Cruz, Puerta del Sol, Tarifa, Plaza de Riaño, calle de Santa Ana y plaza del mismo nombre. La calle principal era la de la Misericordia, lla­mada entonces Cal de Moros. Consta que también los judíos vivían en la de Revilla, que hoy se corresponde con la de Juan de Arce. La parroquia de San Martín era el centro del barrio judío que se extendía hasta la iglesia de Santo Sepulcro y el entonces mercado mayor, hoy pla­za de Santa Ana. En un tiempo la judería se extendió tam­bién hasta la calle Rodezneros —prolongación de la de Tarifa— y Cal Pequeñina o Plata. Acerca de la localiza-ción de la sinagoga son muchas las discusiones sobre su localización pero pudo haber estado en la calle de la Cruz, en el número 10 de la actual calle de la Misericordia, o en la cuesta de los Castañones. Entre las calles de Santa Ana y Barahona y la de Cercas y plaza de Santa Ana, se hallaba el Prado de los Judíos. En el arrabal de Puen­te Castro hubo también otra judería, en cuya sinagoga se guardaba el códice bíblico conocido como Helelí y en este lugar hoy integrado en la ciudad leonesa se han des­cubierto importantes restos judíos con lápidas de gran interés, que unas se encuentran en el Museo Sefardí de Toledo y otras en los de León.

El primer cronista oficial de la ruta jacobea, que fue el clérigo francés Aymeric, allá por el siglo xn, aseve­raba que «León es ciudad llena de felicidades». Esto equi­valdría en la actualidad a explicar que León es ciudad eminentemente turística, con cuantos atractivos son necesarios para hacerla meta de multitud de programa­ciones de viajes y de vacaciones.

La joya máxima de la ciudad y señera de todo el góti­co español es la catedral de Santa María, la pulchra leonina o la bella leonesa. Soberbia edificación de cla­ra inspiración francesa, se alzó durante el tiempo de Al­fonso X el Sabio y su orgullo máximo, entre otros, es el fabuloso conjunto de sus vidrieras, con figuraciones policromadas donde la luz se abigarra y se alegra con tan diversos colores. De esta catedral puede muy bien asegurarse que es una sinfonía de luz y de piedra. Todo en ella es un verdadero museo. Sus obras de arte son ex­cepcionales. Entre las dependencias anejas se hallan la capilla de Santiago, el claustro, suntuosa obra plateresca de Juan de Badajoz el Mozo, autor también de la es­calera de la sala capitular, el museo catedralicio… Si bien son notables los elementos escultóricos de la ba­sílica-colegiata de San Isidoro, aún lo son más los fres­cos que cubren las bóvedas del llamado panteón de los Reyes y que los expertos consideran como el mejor con­junto pictórico del románico, hasta denominarlo y co­nocerlo mejor como la capilla sixtina del arte románico. El tesoro capitular guarda piezas ciertamente excepcio­nales, como el arca de las reliquias de San Isidoro, el cáliz misterioso de ágata de doña Urraca, el perdón de Baeza. En el archivo-biblioteca son notables una biblia mozárabe y otra románica. Capítulo aparte merece el grandioso monasterio-hospital plateresco de San Mar­cos de León, junto al puente sobre el Bernesga, que se ha convertido hoy en un suntuoso hotel, salvo la iglesia y su claustro, en los que se ha habilitado el museo ar­queológico y en la que aún subsiste la soberbia sille­ría del coro que tallaron Juan de Juni y Guillen Doncel. De la fachada se ha asegurado que «es difícil encon­trar algo más primoroso y casi que duele tal despilfa­rro de primores en una obra expuesta a la intemperie y a la incuria de los tiempos». Otros puntos de interés artístico son la casa románica de la calle Daoíz y Velarde, el palacio de Ponce de León, la casa de los condes de Luna, la monumental plaza de las Torres de Omaña, el corral de San Guisan, la plaza del Mercado, el barrio de Santa Ana, el palacio de los Guzmanes, el ayuntamiento viejo, la porticada Plaza Mayor, la modernista casa de Gaudí, la iglesia de San Marcelo, la plaza del Grano, la típica Rúa de los Francos, el convento de la Concep­ción, el convento de San Francisco, la iglesia de San Martín… El Barrio Húmedo o simplemente el Húme­do, es punto grato de reunión diaria y convivencial en la ciudad.

 

Astorga-Bembibre

El hecho de encontrarse Astorga en el Camino de Santiago, exactamente en la confluencia del camino lla­mado mozárabe con el clásico o francés, sugiere la idea de que debió ser su judería una de las más importantes de España. Astorga fue cruce de calzadas y caminos y por esta ciudad pasaron cuantas civilizaciones, culturas, riquezas y productos fueron propios de los pueblos que se asentaron en la Península Ibérica. La Ruta de la Plata es uno de los argumentos que, junto con el del Camino de Santiago y de los de la Maragatería, justifica la con­dición tan comercial que siempre caracterizó a Astorga, lo que explica la pujanza de su judería, cuyos miembros tan mayoritariamente se dedicaban a los menesteres co­merciales.

Por eso no es de extrañar que ya del siglo xi proce­dan las primeras noticias documentadas acerca de las ju­derías astorganas, con mención posterior para el castro de los Judíos y, sobre todo, para las persecuciones pade­cidas por su aljama en 1230 a la muerte de Alfonso IX. Dos eran las juderías de Astorga. En la conocida como puerta del Sol, por la que discurría el Camino de Santia­go, se ubicaba la primera, con el llamado castillo de los Judíos, dentro de los límites jurisdiccionales de la pa­rroquia de San Bartolomé. En el actual recinto denomi­nado parque de la Sinagoga, sobre todo perduran los recuerdos judíos de Astorga, a los que hay que añadir los de la otra judería probablemente ubicada a la sali­da del camino jacobeo por el lugar conocido como puer­ta del Obispo.

No hay referencia alguna sobre el lugar que ocupara la sinagoga, aunque lo probable es que se encontrara en el parque que, por cierto, fue terraplenado a mediados del siglo xix, con lo que desapareció cualquier resto de ella. Del cementerio judío tampoco hay referencias, con posible ubicación junto a la muralla y a la orilla del Ca­mino de Santiago.

La referencia en nuestro libro a la judería de Bembi-bre, en la carretera N-VI, dirección a La Coruña, responde al dato documentado de un pleito curioso existente entre Diego González, párroco de la iglesia de San Pe­dro de Bembibre y Rabí Ca Comineto en nombre de los judíos, por haber ellos edificado una sinagoga nueva que, a tenor de las leyes entonces vigentes, superaba en pro­porciones y riqueza a la iglesia, lo que la convertía en ilegal. El párroco irrumpió en la sinagoga, sacó de ella la Tora y la consagró como iglesia. Iniciado el pleito, el párroco fue condenado a tener que construirles a los judíos otra sinagoga, que se ajustara a las normas esta­blecidas. En la parroquia-iglesia-sinagoga de San Barto­lomé, se conserva la copia de la sentencia del pleito. Hay historiadores que aseguran que la iglesia actual de San Pedro no es la misma a la que se refiere la sentencia, sino otra ya desaparecida.

La visita a Astorga tiene en cuenta su patrimonio monumental en el que sobresale la catedral, en la que superponen los estilos góticos, renacentistas y barroco, con mención muy particular, entre otras obras de arte, para el fabuloso retablo mayor de Gaspar Becerra, para la Virgen en Majestad, la Inmaculada de Gregorio Fer­nández, su sillería del coro y su Museo Catedralicio. El templo de Santa María es de vibrante barroquismo. En el santuario de Fátima resalta su hermosa portada y las pechinas de su cúpula. La iglesia de San Bartolomé data del siglo xm. En los tiempos de la peregrinación jacobea llegó a tener nada menos que 22 hospitales. El Camino penetraba por el recinto amurallado de la puerta del Sol. Joya excepcionalmente artística en Astorga es el palacio episcopal, creación de Gaudí en 1889 en su conocido y admirado estilo neogótico, edificio dedicado hoy a Mu­seo de los Caminos, en su versión maragata del Jacobeo y de la Arriería. En su interior alberga el Museo Dioce­sano, con valiosas colecciones de epigrafía romana y medieval. El Ayuntamiento es uno de los más importan­tes de la provincia de León y ocupa un frente de su her­mosa plaza Mayor. El edificio está coronado por una gran peineta donde un maragato y una maragata se encargan de dar las horas sobre la campana.

La importancia judía de Bembibre se explica en gran parte por el hecho de haber sido paso del Camino de Santiago, clásico o francés, que entre Astorga y Ponferra-da se dividía en dos ramales, uno de los cuales seguía por las tierras de la Maragatería y otro por lo que hoy es el trazado de la carretera N-VI: por el Puerto de Manza­nal, Torres del Bierzo, Albares, San Román, Almázacara y San Miguel de Dueñas. La villa de Bembibre fue popu­larizada por el novelista Gil y Carrasco en su obra El Se­ñor de Bembibre. Su iglesia románica es del siglo xn con curiosa portada decorada en zigzags por arquivoltas y jambas.

Palencia

La ceremonia en la que por última vez, antes de ser expulsados los judíos rindieron pleitesía y vasallaje al obispo de Palencia, don Alonso de Burgos, está narrada por los cronistas de la época de esta manera: «… y los judíos iban en procesión cantando cosas de su Ley, y detrás venía un Rabí, que traya en gran rollo de perga­mino en las manos, cubierto con un paño de bracado, envuelto en un palo y este decían que era la Torah; y lle­gado al obispo, él la hizo acatamiento como la Ley de Dios, porque diz que era la sancta scriptura del testamen­to viejo y con autoridad la tomó en las manos y luego echó atrás por encima de sus espaldas a dar a entender que ya era pasada y así por detrás la tornó a tomar aquel Rabí…».

Los judíos pudieron haber llegado a Palencia con la primera repoblación de Fernando I en el siglo xi. A fines del siglo xm fue una de las juderías más importantes, ri­cas y activas de Castilla, pese a que su censo no sobrepa­só las 250 personas. Fueron muchas las conversiones al cristianismo que se efectuaron, tal vez con las predi­caciones de San Vicente Ferrer del que se dice que visitó la ciudad en los primeros años del siglo xv. Consta que, al haber descendido las rentas del monasterio de San Pa­blo, dado que la conversión de los judíos les eximía de pagar sus tributos, el rey Juan II tuvo que compensarles con otras fórmulas financieras.

La primera localización de la judería palentina pudo coincidir con la actual puerta de León. Entre las calles de Manflorido y del Regimiento Villarrobledo pudo ha­berse situado una sinagoga. La antigua Pellejería, fue sede de la judería Vieja y ella se correspondía con el lugar en el que se construyó el seminario, entre las ca­lles de San Marcos y la del Cardenal Almaraz. La nueva judería, que estuvo cerrada, fue establecida ya en tiem­pos de los Reyes Católicos, en lo que hoy es la calle de Martín Calleja, en las proximidades de la puerta de Mon­zón, hoy plaza de León. El perímetro de esta judería es­taría limitado por las calles Valentín Calderón, Mayor, Onésimo Redondo y Lope de Vega.

Al ser expulsados los judíos, la calle de la Judería fue denominada calle de Santa Fe. Como dato curioso se aporta la referencia de que a quienes siguieran llamán­dola calle de la Judería les era impuesta por el Concejo Palentino una multa. Además de la sinagoga ya referida, que fue cedida a la cofradía del Salvador y de la que no hay dato alguno, hubo otra sinagoga junto al actual se­minario, tal vez en la calle que en tiempos pasados fue conocida como calle de la Sinagoga. Tanto esta sinago­ga como el cementerio fueron donados a la ciudad por los Reyes Católicos, si bien no se conserva ni siquiera el recuerdo del lugar en el que este pudo haberse encon­trado.

Entre los capítulos de la larga poética, mítica e inte­resante historia de la ciudad de Palencia —posiblemente erigida por la diosa Pallas—, resaltamos el de haber sido fundada en ella la primera universidad de España, ha­biendo hecho Alfonso VIII de la ciudad, foco de irradia­ción cultural e influencia en todo el reino. El arzobispo Rodrigo refiere que «Alfonso VIII convocó sabios de Francia e Italia para que no faltase en sus reinos enseñanza de sabiduría y puso en Palencia maestros de todas las facultades». Otro capítulo fue la defensa que las mu­jeres palentinas hicieron allá por el año 1388 de la ciu­dad, ante las pretensiones del duque de Lancaster de to­marla por las armas. Tal heroicidad les valió el privilegio de ostentar en sus trajes la banda dorada, derecho ex­clusivo de los caballeros.

La catedral con su impresionante caudal de riqueza, arte y belleza, ha justificado el apelativo de «la bella des­conocida». El templo actual comenzó a edificarse en 1321, aunque la cripta conserva restos visigodos y románicos. Hay que admirar el Cristo de las Batallas, obras de Pedro Berruguete, de El Greco, de Juan de Flandes… En el Museo Catedralicio son muchos los ta­pices y las obras de orfebrería religiosa existentes. El hospital de San Bernabé fue construido en el siglo xi y reedificado en el siglo xvn. El monasterio de las Agusti­nas Recoletas contiene obras de Tomás de la Sierra. El único monumento civil que conserva del siglo xvi es la Casa del Cordón. En la iglesia de la Compañía se venera la Virgen de la Calle. De carácter religioso-militar es la torre de la iglesia de San Miguel, que está presidida por un Cristo del siglo xiv. La plaza Mayor luce su monumen­to a Berruguete, obra del también palentino Victorio Macho. La iglesia de San Francisco fue sede de Cortes y residencia de Reyes. En el monasterio de Santa Clara se conserva un impresionante Cristo yacente, al que le han sido atribuido muchos prodigios. La leyenda supone que la iglesia de San Lázaro fue fundada por el Cid sobre una antigua leprosería. Una hermosa fachada tiene la iglesia de San Bernardo y en la Huerta del Guardián ha sido reconstruida la iglesia románica de San Juan, traslada­da desde Villanueva del Río Pisuerga. El palacio barroco de la calle Mayor, data del siglo xvui; el convento de Agus­tinas Canónicas es del siglo xvn; el convento de San Pa­blo es núcleo capital de la historia de la ciudad y la igle­sia de Santa Marina y el convento de la Piedad son de finales del siglo xvi. El palacio episcopal es del siglo xvni y en él está instalado el Museo Diocesano.

 

Aguilar de Campóo

De entre tantas medidas que se adoptaron en nuestro Sefarad contra los judíos ya desde antiguo, hacemos mención en esta oportunidad a una contenida en el Liber Judium, en el que se ha conservado el cuerpo legal más completo que sobre la cuestión judía produjera ningún Estado nada menos que en el siglo vn, durante el reinado del visigodo Ervigio, sucesor de Wamba. Con la aproba­ción de los obispos y de la nobleza palentina, reunidos en enero de 681 en el Concilio XII de Toledo, precisa­mente en el mismo que legitimó el acceso al trono de Ervigio, se decidió el bautismo forzoso de todos los ju­díos de Sefarad y se ordenó que tal orden fuera cumpli­da en el plazo máximo de un año a contar desde su pu­blicación. Pasado ese tiempo, quienes no obedecieran serían, por supuesto, bautizados a la fuerza y además sufrirían decalvación, azotes y destierro de su residencia habitual. Huelga reseñar que, dada la estructura social entonces dominante, la orden habría de ser cumplida también por los dependientes de los judíos, sus hijos y sus esclavos…

La importancia de la judería de Aguilar de Campóo y gran parte de su interés, se la confiere la inscripción hebrea aljamiada que se encuentra en la puerta de Reinosa, en una gran piedra de granito, empotrada por encima del arco apuntado, en la misma muralla de la población. Esta puerta parece datar del año 1380 y fue costeada por el judío don Caq Ben Malake y su mujer doña Bellida. Es un monumento de singular valor histó­rico y arqueológico, entre otras razones porque propor­ciona una interesante información y porque parte de ella está escrita en lengua castellana y caracteres hebraicos bien cuidados. La inscripción hace referencia al día de la construcción de la puerta, conocida hoy como de Reinosa y a las personas que costearon la obra.

Los primeros datos que se tienen de la judería de Agui­lar no elevan su censo a más de cien personas que se dedicaban al préstamo y al arrendamiento de rentas. La ubicación de la judería parece estar centrada en torno a la antigua calle Real y que hoy se corresponde con las calles Matías Barrio y Mier, Capitán Cuadrado y Toba-lina. El barrio se conoció después como el de la Trini­dad, a espaldas de la antigua colegiata de San Miguel y junto al que sería el molinillo de la Rabia, del que ha­blan las crónicas antiguas con referencias a los judíos.

Hay quienes manifiestan que en Aguilar de Campóo hubo otro barrio judío que se situaría en el Soto. La ubi­cación de las sinagogas las sitúan unos en otras tantas capillas —la del Portazgo y la de Espíritu Santo— hoy también desaparecidas. La colegiata de San Miguel guar­dó hasta el siglo pasado una lámpara de hierro con le­yenda en hebreo.

Tanto Aguilar de Campóo como Cervera de Pisuerga

son puntos claves en la ruta del románico palentino, una de las que entrañan y ofrecen más sorpresas artísticas en España. El románico palentino aspira a ser declara­do por la Unesco Patrimonio de la Humanidad, con mo­tivos más que suficientes para ello. Son 232 los edificios románicos registrados en la comarca, lo que hace que sea la concentración mayor de iglesias románicas de toda Europa.

Aguilar de Campóo es villa monumental. Su castillo fue testigo de numerosas acciones guerreras, en las pri­meras épocas de la reconquista. Con cinco torreones cir­culares, está enclavado en el alto peñascal llamado El Aguilón. La puerta de Reinosa tiene una inscripción he­brea. El templo de Santa Cecilia es de original belleza, con torre románica del siglo xn. El monasterio de Santa María la Real es un bello ejemplar cisterciense fundado en el siglo ix. En la plaza porticada del pueblo se halla la iglesia-colegiata de San Miguel, de estilo ojival con torre herreriana, convertida en museo. Entre los palacios he­ráldicos hay que citar el de los Marqueses de Villatorre y la Casa del Cura… Aguilar de Campóo es hoy también conocida por la calidad de las galletas que en ella se fa­brican.

 

Cervera de Pisuerga luce con orgullo casonas tales como la de los Leones, condes de Seruela, Gutiérrez de Mier, plaza porticada de columnas de piedra… La iglesia parroquial de Nuestra Señora del Castillo es gótica, del siglo xvi. En su interior destacan la capilla de Santa Ana y el soberbio retablo hispano-flamenco, obra de Felipe de Bigarny, que sirve de marco a la majestuosa tabla pin­tada por Juan de Flandes La Adoración de los Reyes y una Piedad tallada en piedra policromada. El Cristo de las Batallas es obra de valor muy singular, así como el pulpito hispano-flamenco y las esculturas góticas de la Virgen con el Niño.

La ruta del románico palentino tiene en cuenta el monasterio de San Andrés de Arroyo fundado en 1190 por doña Mencía, hermana de doña Berenguela, que es uno de los monumentos más interesantes del románico. Moarves de Ojeda posee iglesia románica con precioso apostolado presidido por el pantocrator. Santa Eufemia de Cozuelos es una primorosa iglesia del siglo xvn. La iglesia de la Asunción de Barrio de Santa María es del siglo xn, al igual que la ermita de Villespinoso de Aguilar.

Otros pueblos de la ruta del románico palentino son estos: Lomilla, Olleros de Pisuerga, Santa María de Mave, Becerril del Carpió, Cillamayor, Valberzoso, Brañosera, Salcedillo, Villanueva de la Torre, San Cebrián de Muda, Perazancas de Ojeda y su ermita de San Pelayo, Abadía de Lebanza, Pisón de Castrejón y San Salvador de Cantamuda, con su iglesia con tres ábsides y bóveda de crucería, construida en 1181, por la condesa Doña Elvira.

Amusco-Frómista

No lejos de Amusco, en la provincia de Palencia, se encuentra la villa de Torquemada —Turris Cremata—, lugar de nacimiento de Fray Tomás de Torquemada, Gran Inquisidor, impertérrito y empedernido perseguidor de los judíos y cuya influencia sobre los Reyes Católicos fue tal que se convirtió en el personaje que más pudo deci­dirles a firmar el Decreto de Expulsión. La historia o la leyenda asegura que un día, y ante el temor de que los judíos compraran su continuidad en España mediante una generosa y pingüe cantidad de dinero, se presentó Torquemada ante los Reyes y les increpó con el ejemplo de que también Jesucristo fue vendido por 30 denarios. En Torquemada vivió doña Juana La Loca, dando a luz a doña Catalina, fruto de su matrimonio con Felipe el Hermoso, que llegaría a ser reina de Portugal.

La sinagoga de Amusco se conserva casi intacta. En el pueblo ejerció gran influencia Rabí Yucé Milano, ma­yordomo del señor del mismo, don Pedro Manrique de Lara, a la vez duque de Nájera. La judería superó los 300 habitantes y de su recuerdo perdura la referida sinago­ga, en la que en la actualidad precisamente se asienta un edificio llamado Café La Sinagoga. Este se encuentra en uno de los lados de la plaza, mientras que al otro se ha­lla el edificio del Ayuntamiento y al otro la iglesia. La sinagoga medieval está en los sótanos del referido café y es una nave amplia con bóvedas de crucería con arcos que descansan en recios pilares. El uso que hoy se le da a la sinagoga, en conformidad con el exigido por el ne­gocio que se asienta sobre ese lugar, es el de salón para banquetes. Huelga reseñar que la explicación de que sea un sótano donde se coloque la sinagoga no es otra que la ley establecida y mandada cumplir con todo rigor de que jamás podría sobrepasar las proporciones y la altu­ra de las iglesias cristianas.

El hecho de ser Frómista una de las referencias más importantes en el Camino de Santiago explica la existen­cia en el pueblo de una judería cuyos miembros se dedi­carían primordialrnente al comercio, al préstamo y a la recaudación de impuestos. Es fama que a todos los ha­bitantes de Frómista se les llamó judíos durante largas épocas de su historia. La ubicación de la judería se sitúa en los alrededores de la iglesia de San Martín y de su antiguo monasterio y algunos se atreven a ubicar su si­nagoga en una de las casas de la calle del Milagro. El regato Husilla parece todavía llevar los ecos de los trabajos de no pocos miembros de la judería dedicados a atender las tenerías, junto al antiguo y desaparecido monasterio de Santa María de la Misericordia. Los do­cumentos de los tiempos inmediatamente anteriores a la expulsión así lo atestiguan.

Amusco fue antiguo señorío de los Manrique y de los Nájera. La iglesia parroquial de San Pedro es de estilo grecorromano, del siglo xvn, que alzó sobre otra de esti­lo románico de la que se conservan bellos pórticos. Por sus colosales proporciones y grandiosidad el templo es conocido como El Pajarón de Campos. La ermita de Nuestra Señora de las Fuentes es de estilo románico, con tres naves, ábside cilindrico, crucero y primorosas ventanas, espléndida obra de arte del siglo xn en la que llama mucho la atención sus simbólicos canecillos. Re­salta en gran manera el grupo escultórico en piedra policromada de Santa Ana, La Virgen y el Niño, así como el altar gótico y el pulpito mudejar. En la iglesia de San Pedro hay una notable cruz procesional del año 1505, de plata labrada de estilo gótico florido donada por don Pedro Manrique, duque de Nájera.

En Támara de Campos tuvo lugar en 1037 la célebre batalla de Tamarón entre el rey Veremundo III de León y su cuñado Fernando I de Castilla, muriendo el pri­mero. En la villa hay que admirar todavía su muralla del siglo xin, la iglesia de San Hipólito de estilo gótico y de porte catedralicio, con un coro de extraordinaria be­lleza atribuido a Simón de Colonia y pila bautismal del siglo xv.

Frómista fue la antigua Frumenta de los romanos, cuyo origen etimológico recuerda su producción trigue­ra y ocupa un lugar destacado en el Camino de Santia­go, en la extensa vega regada después por el Canal de Castilla. La iglesia románica de San Martín es uno de los edificios de mayor interés y belleza del Camino de San­tiago. Es ejemplar excepcional del románico puro. Fue erigida en 1066 y es una construcción perfecta de líneas armónicas, capiteles caprichosos, con 315 canecillos muy variados. Tiene tres naves paralelas, cortada por otra de crucero sobre el que se levanta una linterna del siglo xv. Luce una lámpara en forma de caldero y cuenta con un valioso crucifijo de madera de cerezo, de tamaño natu­ral románico, de principios del siglo xm, con paño femo­ral decorado. Esta iglesia formó parte del complejo de un antiguo monasterio dedicado precisamente a San Martín. La iglesia de Santa María del Castillo se sitúa en la parte más alta de la villa y es de estilo ojival tardío, con tres naves y portadas renacentistas. La iglesia de San Pedro es gótica, con pórtico renacentista. Por estos pue­blos palentinos, y con remembranzas judías, se suele re­ferir todavía la malediciente letrilla: «De Amusco salie­ron,/ los que a Cristo azotaron./ En Pina comieron,/ en Frómista cenaron/ y allí se quedaron ».

Carrión de los Condes

La ruta judía por Carrión de los Condes la inicia­mos llevando en las manos el libro de poesía doctrinal dedicado al rey Pedro I, escrito en el reinado de Alfonso IX, por Rabbí Don Sem Tob —Don Buen Nombre—, na­cido en esta población y al que vulgarmente se le conoce como don Santos de Carrión. El título completo del li­bro es el siguiente: Proverbios morales o Sermón comunalmente rimado de glosas y moralmente sacado de Filosofía. Compuesto en cuartetas de versos heptasílabos, dice, por ejemplo, en una de ellas: «Nin vale el azor me­nos,/ porque en vil nido siga;/ nin los ensemplos buenos/ porque judio los diga». La alusión a su propia condición judía manifiesta suficientemente la verdadera situación en la que se encontraba su pueblo, carente en gran parte hasta de la fiabilidad necesaria para poder convivir con el resto de la ciudadanía.

La judería de Carrión fue importante. Su ubicación en el Camino de Santiago así lo delata. Alfonso X le con­firmó los privilegios de que gozó la judería con ocasión de haber sido sus derechos conculcados a raíz de las guerras habidas entre doña Urraca y Alfonso I el Batallador. La de Carrión rué una de las juderías que más aportaron en cuestión de impuestos a finales del siglo xm. El he­cho de haber nacido en la villa el notable escritor en he­breo y el primer judío que escribió versos en castellano, prueba que la judería era también activa en valoracio­nes culturales. También a la de Carrión le llegó la hora de la tragedia persecutoria desatada en España el año 1391, descendiendo en importancia y en número de ha­bitantes.

Son muchas las teorías en relación con el lugar en el que se ubicara la judería en la villa. Mientras que unos aseguran que los judíos no disponían de un espacio con­creto para vivir, sino que lo hacían mezclados con los cristianos, otros afirman que se encontraba en torno a la ermita de la Vera Cruz, de la que creen que fue anti­gua sinagoga. El mismo nombre de la Vera Cruz, su cer­canía al castillo y la no existencia de referencia alguna a su condición de iglesia en el siglo xiv, parece apoyar esta teoría. El hecho mismo de que la belleza de su interior no responda a su aspecto externo, es también motivo para aseverar que se trata de una sinagoga. A estas razones se añade la de que la ermita está hoy destinada a sede de las cofradías de Semana Santa, lo que suele ser bas­tante frecuente en otros lugares.

Antes de abandonar Carrión de los Condes nos viene a la memoria el artículo correspondiente al Fuero de Castilla redactado entre los años 1256 y 1260, en el que se disponía que «Et quien quebrantare sábado o dia santo peche treinta sueldos… Et sy traxiere el dia de sábado arma que aya fierro, deve pechar veynte dos sueldos…Et sy judio cavalgare bestia un dia de sábado o de disanto o le viere el vedin, tomara la bestia para el señor e pechar tranta sueldos por el sábado e por el di­santo que cavalga bestia».

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La estancia en Carrión de los Condes nos ofrece la posibilidad de recorrer parte del Camino de Santiago.

 

Eran muchos los asentamientos judíos que se registra­ban en los pueblos del Camino, por lo que su recorrido también podrá llevarnos a diversas juderías.

La iglesia parroquial de Itero de la Vega es del si­glo xvi y en ella resaltan un grupo escultórico de Santa Ana y el Niño, del siglo xiv y un cáliz plateresco. En Boadilla del Camino destaca la iglesia de la Asunción con cabecera poligonal del siglo xvi, retablo renacentis­ta y Calvario gótico del xiv. En la plaza se encuentra el rollo más bello de la provincia palentina, rematado con picota flamenca del xvi.

Población de Campos luce iglesia barroca dedicada a la Magdalena. En las afueras del pueblo se encuentran las ermitas de San Miguel, de transición del románico al gótico y la de Nuestra Señora del Socorro, del siglo xn. Villalcázar de Sirga está presidida por la colosal iglesia de Santa María la Blanca, a cuya imagen hacen referen­cias las cantigas de Alfonso X el Sabio en relación con seis curaciones milagrosas. El templo tiene tres naves separadas por pilares cruciformes, gran crucero y cabe­cera con cinco ábsides. La portada sur tiene doble friso decorado. Resaltan las esculturas de la Virgen con el Niño, del siglo xn y un calvario del xiv. Son muy artís­ticos los sepulcros de los infantes don Felipe, hijo de Fernando III, y esposa doña Leonor Ruiz de Castro, del siglo xiii. El pueblo perteneció a la orden del Temple.

Carrión de los Condes se llamó antes Santa María de Carrión. Fue cuna del marqués de Santillana y morada del moralista judío Don Sem Tob. Muchas calles tienen trazado medieval, con soportales en la plaza Mayor y casonas de los siglos xvi y xvn. La iglesia de Santiago per­teneció a la orden del Temple y en ella destaca el friso del pantocrator entre los símbolos del tetramorfos. La portada de la iglesia de Santa María del Camino se halla historiada con la tradición del tributo de las cien donce­llas. Es magnífico el Cristo gótico del siglo xv. Muchas obras de arte guarda el convento de Santa Clara y su museo. El claustro de San Zoilo, con sus 24 tramos, es uno de los más interesantes de España. En el cruce de cada nervadura de las bóvedas, los medallones representan los reyes de la casa de David. Su autor fue un tal Es­pinosa.

Paredes de Nava

Resultan realmente fantásticas las cifras que se apor­tan acerca de las conversiones de judíos efectuadas por San Vicente Ferrer en sus predicaciones. Hay cronicones como un episcopologio de Palencia en el que se asevera que los judíos convertidos fueron 35.000, más 8.000 mo­ros y que en la visita del santo a la ciudad palentina se bautizaron casi todos los miembros de su judería. Este dato teóricamente tan optimista desde criterios cristia­nos y que podría haberle causado al obispo alegrías muy pastorales tanto al de Palencia como a los de otras dió­cesis castellanas les planteaba verdaderos problemas e insatisfacciones porque, al convertirse los judíos, estos quedaban exentos de pagar los impuestos a la Iglesia, con lo que las rentas episcopales descendían de modo alar­mante, resintiéndose toda la economía eclesiástica.

La judería palentina de Paredes de Nava llegó a ser una de las más notables de Castilla. El cronista hebreo Samuel Zarza cuenta cómo, al igual que en otras jude­rías, en la de Paredes los cristianos solían asaltar las ca­sas de los judíos para robarles los documentos en los que constaban las deudas contraídas con ellos, sobre todo du­rante la guerra civil castellana en 1368.

El barrio judío de Paredes podía encontrarse entre las actuales calles de Corpus Christi, la Paz, la de las Mon­jas y la del Barrio y la plaza del Capitán Alejandro Cal­vo… Parece estar documentalmente demostrado que cuando San Vicente Ferrer estuvo en la villa y predicó a los judíos, estos se convirtieron masivamente y ellos mis­mos pidieron a las autoridades civiles y eclesiásticas que hiciera de su sinagoga una iglesia. Esta sería probable­mente la del Corpus Christi. La ermita del Corpus desa­pareció y podría haber estado situada entre las calles del Corpus Christi y la de la Paz. Se asentó en esos mismos lugares el edificio destinado a «Pósito Pío de Trigo», que tal vez podría identificarse con el solar de la sinagoga-ermita. Hay historiadores locales que opinan que tam­bién la iglesia de Santa María pudo haber sido levanta­da sobre el solar de una antigua sinagoga, aunque posteriormente, en el siglo xvn, fue totalmente rehecha. La estancia en Paredes de Nava por motivos judíos ofrece la posibilidad de disfrutar de tantos atractivos his­tóricos y monumentales que caracterizan esta población palentina. En ella nació el poeta Jorge Manrique, el au­tor de las «coplas» por la muerte de su padre y también nacieron el pintor Pedro Berruguete y su hijo el célebre imaginero Alfonso. Conserva varias casas nobiliarias e interesantes iglesias como las de Santa María, San Juan y San Martín, aunque la más importante es la de Santa Eulalia, de características catedralicias, edificada entre los siglos xi y xvi y que alberga uno de los museos más ricos e interesantes de toda la provincia, con mención para diversas obras de Berruguete. Pedro es el autor de un interesante David que se guarda en el museo parro­quial.

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La ruta turística desde Paredes de Nava lleva a los lla­mados Campos Góticos o tierras de godos, sembrados de trigo y de sepulcros de reyes, de poemas épicos, escultu­ras y pinturas.

Cisneros es un auténtico relicario de la nobleza cas­tellana. Fundado por los Ansúrez, es el solar de los ante­pasados del cardenal Ximénez de Cisneros. La iglesia de San Facundo y San Primitivo tiene magníficos artesona-dos, retablo mayor de ensamble gótico y tablas del siglo xvi, con sepulcro yacente del siglo xv. El retablo mayor de la iglesia museo de San Pedro es de Francisco Giralte. Conserva un interesante sepulcro de un caballero del si­glo xn, una Piedad del siglo xv y sillería del siglo xvn. La iglesia de San Fructuoso de Villada guarda un Cristo gótico del siglo xiii y la de la Asunción una Piedad del siglo xvi. Las ermitas del Cristo de la Era y la de la Vir­gen del Río conservan interesantes retablos barrocos.

 

Frechilla es uno de los poblados más antiguos de Casti­lla. Su templo parroquial guarda un notable retablo ma­yor barroco.

Autillo de Campos, de origen medieval, posee la importante iglesia parroquial de Santa Eufemia, del si­glo xvi con pinturas manieristas. Destaca el conjunto for­mado por el altar mayor y colaterales, los dos pulpitos y la sillería del coro. Villaramiel es pueblo de gran tradi­ción industrial y comercial, en especial de la piel y lana. Su iglesia parroquial es neoclásica, dedicada a San Mi­guel, sobre planos de Ventura Rodríguez. Conserva una interesante talla de San Antonio de Padua, del siglo xv.

La torre de la iglesia de San Pedro de Fuentes de Nava es conocida como Estrella de Campos y se perfila sobre la llanura de la campiña con caracteres inequívo­cos. El retablo mayor se le atribuye a Juan de Valmaseda, del siglo xvi y sus pinturas a Juan de Villoldo. Una de las tablas es obra de Alonso Berruguete. En la iglesia de San­ta María se halla una escultura de la Asunción, obra de Alejo de Vahia, del siglo xv. La sacristía de la iglesia de Santa María de Castromocho es una obra de arte. Du­rante la guerra de las Comunidades el pueblo de Torremormojón fue escenario de cruentas batallas. Su castillo es del siglo xv. A los pies de la iglesia de Santa María se levanta una torre románica de seis cuerpos en la cual son de gran interés sus pinturas y tablas. Ampudia merece por sí sola una visita. Destacan su castillo, igle­sia parroquial de San Miguel con crucería estrellada y sepulcros y tallas de Vigarny, Esteban Jordán, Vasco de la Zarza y Diego de Basoco. En Becerril de Campos re­claman visita el arco de Santa María, la iglesia de Santa Eugenia de Rodrigo Gil de Hontañón, tablas de Berru­guete y obras de Juan de Juni. La iglesia de Santa María es del siglo xv, con artesonados mudejares, pinturas murales góticas y diversas tablas de la más destacada factura.

 

Salamanca

Salamanca contó siempre, y mucho más en tiempos del auge judío en España, de cuantas connotaciones de­bería tener una ciudad para hacer de ella asentamiento propicio para su judería. La cultura, el dinero, las ferias, las actividades artesanales específicas de los judíos, la picaresca estudiantil, los poderes fácticos de la nobleza y del clero… se dieron cita en la ciudad del Tormes, faci­litando la presencia judía con toda naturalidad y enco­mio.

Ya en el Fuero otorgado por Fernando II a Salaman­ca se les reconoce a los judíos igualdad jurídica con los cristianos, con medidas especiales de protección para ellos, pese a que pocos años después —en 1230— su al­jama fuera asaltada, al igual que otras del reino leonés. El nombre de Judería aplicado al barrio en el que solían residir los judíos es citado ya en 1277. Es posible que la aljama salmantina llegara a constar de unas 500 perso­nas, que vivían en casas alquiladas al cabildo. Las de arrendadores de impuestos, prestamistas y pergamineros eran las actividades más habituales de la comunidad ju­día. La presencia constatada de San Vicente Ferrer en Salamanca en 1411 produjo conversiones, en propor­ciones similares a cómo se desataron las persecuciones contra ellos, convirtiéndose la sinagoga en iglesia. De la estancia del santo queda constancia del hecho milagro­so de la aparición misteriosa y de cruces blancas sobre los judíos que se convertían. La madrasa o escuela fue donada por Juan II a la Universidad. La gloria mayor de los judíos fue en los últimos tiempos de su presencia en Salamanca, años antes de su expulsión por los Reyes Católicos de Abraham Zacut. Sus tablas astronómicas les fueron muy útiles a navegantes tales como Cristóbal Co­lón y Vasco de Gama. Su obra Séfer Yuhasín es una crónica hispano-hebrea muy completa e importante.

La ubicación exacta de la judería era la zona salman­tina comprendida entre las cercanías del alcázar, hoy desaparecido, junto a la Peña Celestina, la puerta del Río y la catedral. Sus calles se corresponderían con las actuales de La Palma, plaza de San Bartolomé, Placentinos, Verónica, San Juan de Alcázar, plaza de los Caídos, Balmes, plaza de Fray Luis de León, Serranos, San Isi­dro, Traviesa, La Fe, Corral de Guevara, La Latina, pla­za de la Merced, Veracruz, Ribera del Puente, plaza del Puente, Las Mazas, Libreros, Horno, Tavira, Calderón de la Barca, plaza Juan XIII, Gibraltar, Tentenecio y parte de la calle Mayor. Aunque hay alguna referencia de que la judería salmantina estaba cerrada, no es cierto que su cerramiento fuera completo.

Es muy indecisa la información existente en relación con las sinagogas, aunque se habla de varias de ellas. La que acogía a los fieles con las palabras del salmo «Esta es la puerta del Señor; los justos entrarán por ella» for­maba parte del colegio de Veracruz de los padres mercedarios. Los Reyes Católicos hicieron donación de una sinagoga al cabildo y éste construyó casas sobre su solar. Podría haber estado entre las calles Libreros y Veracruz. El Postigo del Ciego, junto al que podría ha­ber estado otra sinagoga, se encuentra en las cercanías del puente romano. En el arrabal del Puente, junto a la Aceña Nueva, se hallaba el cementerio.

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De Salamanca se han proclamado muchas y muy bue­nas cosas. Y con buena pluma. Allá, cuando en el siglo xvn la ciudad del Tormes apenas sí tenía los 20.000 ha­bitantes, don Miguel de Cervantes magnificaba el grato, jovial y joven ambiente de la ciudad con estas palabras: «Advierte, hija mía, que estás en Salamanca, que es lla­mada en todo el mundo madre de todas las ciencias y que de ordinario cursan en ella y habitan diez o doce mil estudiantes, gente moza, antojadiza, arrogada, libre, afi­cionada, gastadora, discreta, diabólica y de buen hu­mor…». En otra ocasión, el mismo autor del Quijote es­cribió estas palabras: «Salamanca, que enhechiza la voluntad de volver a ella, a todos los que de la apacibili-dad de su vivienda han gustado».

 

Sólo la enumeración de sus principales monumentos, con su arte e historia, instan a programar una y muchas visitas a Salamanca. La plaza Mayor es la más grandio­sa y bella de las plazas Mayor españolas. La plaza de San Boal es el antiguo «corralillo» de la parroquia de este nombre del siglo xn. La iglesia de San Marcos también es del siglo xii. Fachada renacentista tiene la iglesia del Corpus Christi. El convento de las Isabeles es del siglo xv. En la casa de Santa Teresa residió la santa castellana. Románica es la iglesia de San Juan de Barbalos. La se­ñorial casa de las Muertes es de estilo plateresco. Cerca se halla la estatua de don Miguel de Unamuno, por ha­ber sido éste uno de sus rincones preferidos. El arzobis­po Fonseca, en su sepulcro de alabastro de Siloé, des­cansa en el convento de las Úrsulas. La capilla de la Vera Cruz, la iglesia de San Francisco, el colegio mayor arzo­bispo Fonseca, la Purísima, con su cuadro de José de Ribera, el palacio de Monterrey, el recodo de San Beni­to, la casa de las Conchas, de estilo gótico-mudejar, la impresionante Clerecía, con su claustro que es una de las realizaciones más importantes del barroco, son mo­numentos que justifican una visita. De modo eminente lo es la Universidad, con su maravillosa fachada plateresca, biblioteca, Patio de las Escuelas… El Patio de las Escuelas Menores, el Museo Provincial, la Casa-Mu­seo de Unamuno, la iglesia de San Millán, el Museo y Archivo Municipales, la iglesia de Santiago, el Puente Romano, el Patio Chico, el Huerto de Calixto y Melibea, la Catedral Vieja, con su original Torre del Gallo, la Ca­tedral Nueva, con el Cristo de las Batallas del Cid, el pa­lacio de Anaya, el convento de San Esteban, el de las Dueñas, la Torre del Aire, el palacio de Salina, la Torre del Clavero, la plaza de los Sexmeros… constituyen par­te del excepcional patrimonio histórico-artístico monu­mental de esta ciudad-monumento, con toda razón de­clarada Ciudad Patrimonio de la Humanidad.

 

Béjar

La existencia de la judería de Béjar es explicable por la ubicación de esta población en la calzada romana, en la Vía de la Plata —hoy N-630—, en el paso entre las dos mesetas y más concretamente por haber favorecido sus pastos la expansión de la ganadería lanar en el camino de la trashumancia. Esto dio origen a la pequeña bur­guesía formada por los «señores de los paños», con sus correspondientes cambistas, mercaderes y banqueros, entre los que los judíos habrían de lograr puestos muy relevantes. De la existencia de la judería se tienen noti­cias ya en el siglo xiii, al ser cambiada la población de lugar y situarse a la sombra del castillo por iniciativa de Alfonso X el Sabio. A fines del siglo xiv en esta pobla­ción nació el médico, poeta y apologeta judío Hayyim ibn Mussa. El duque de Plasencia, don Alvaro de Zúñiga, re­conocido protector de los judíos, dio un impulso ferviente a su judería, que en un tiempo hasta llegó a superar a la de la misma Salamanca.

Parece ser que la arteria principal de la judería era la calle Mayor de Santa María, habiendo indicios del edifi­cio de la sinagoga en los números primeros impares de la hoy llamada calle 29 de agosto de 1877. Se conserva­ría la portada con tres líneas de viguería y unos canecillos de madera. La judería habría de ubicarse por tanto, cer­ca del castillo-palacio ducal, entre las iglesias de Santa María y la Antigua. Hay quienes aseguran que el asenta­miento de la judería se hallaba «en la colación de San Gil a donde disen Las Parrillas», que se correspondería con un lugar extramuros entonces de la villa y que for­maría parte del museo Mateo Hernández, en las cerca­nías de la plaza de la Piedad. Acerca de la lápida hebrea aparecida en el palacio de los duques y que se conserva en el Museo Sefardí de Toledo, apenas cabe decir que habría sido transportada desde el cementerio judío y que su aplicación nueva sería simplemente la de servir de pavimento.

Desterrados los judíos, los problemas religiosos sur­gieron con los pañeros flamencos que se proclamaban protestantes, apodados como herejes y cualquiera de sus costumbres como «cosas de herejes». Los representan­tes del vecindario para denunciar tales costumbres y alar­des protestantes ante el duque ejercieron su oficio nor­malmente con ponderación, medida y acierto, por lo que la Inquisición sólo intervino en contadas ocasiones. La historia de la reconquista asegura que por la puerta de la muralla que llaman de la Traición, cerca del ba­rrio judío, entraron los cristianos disfrazados de osos, con musgo y con pieles, para expulsar de la ciudad a los árabes. Esta tradición se ha mantenido hasta hoy y los «hombres de musgo» hacen su aparición en la pro­cesión del Corpus dando escolta a la bandera de la ciu­dad.

Huelga resaltar que la presencia judía fue muy activa en Béjar, ciudad de los paños, que hizo sentir en sus des­cendientes hasta tiempos modernos, que alcanzó su desarrollo espectacular en el siglo xvm y que hasta tuvo aspiraciones a disponer de su propio Estado, en la pri­mera república, al igual que Cartagena.

Béjar es ciudad importante desde el punto de vista judío y además desde el comercial, industrial y turístico. Ofrece también al visitante un entorno paisajístico de gran belleza, discurriendo por uno de los lados de la po­blación el río llamado Cuerpo del Hombre.

Entre los atractivos dignos de ser admirados turísticamente citamos El Bosque, finca de propiedad privada, italorenacentista, construida en 1567 por don Francisco de Zúñiga y Sotomayor, duque de Béjar. El Museo de Mateo Hernández alberga numerosas y bellas esculturas y otros tesoros artísticos. La iglesia de San Gil sobre el que se asienta fue también hospital y su torre es símbolo de la ciudad. La iglesia de San Juan Bautista se halla en el barrio de la Corredera. La iglesia fue cons­truida en el siglo xm, ampliada en el xvi, con bello arte-sonado mudejar.

 

La iglesia del Salvador es de estilo románico ojival, del siglo xiii. Junto a la iglesia se levanta la Casa de las Beatas, en la que estuvo el Colegio de Huérfanas Niñas de los piadosos ojos de su Excelencia. El palacio ducal fue construido en el siglo xvi por don Francisco de Sotomayor y su esposa doña Guiomar de Mendoza, so­bre antiguo alcázar árabe. Su fachada mide 68 metros, con torres macizas llamadas del Mirador y de las Cade­nas. Una de las salas del palacio está ocupada por el Museo Municipal que guarda una treintena de cuadros flamencos y ejemplares interesantes de la escuela espa­ñola. La tradición cultural de los duques de Béjar es más que reconocida, con mención en la literatura universal para don Miguel de Cervantes y otros clásicos. En la igle­sia de Santa María la Mayor, conocida como de la Me­dia Villa, su torre es de granito. Hay que admirar en ella el retablo mayor de escuela renacentista castellano y el grupo escultórico de la Virgen de las Angustias, del siglo xvn, posiblemente de la escuela de Gregorio Fernández. La iglesia de Santiago es del siglo xn. En el antiguo con­vento de las Isabeles los caballeros dejaban a sus hijas para protegerlas al irse a las guerras. Él santuario de la Virgen del Castañar, del siglo xvn, es centro de devoción comarcal.

Segovia

Era judía y se llamaba Esther. Reunida en conciliá­bulo, la aljama de Segovia decidió despeñarla desde lo más alto de las Peñas Grajeras, a consecuencia de man­tener relaciones con un caballero cristiano. En torno al lugar se convocaron hebreos, cristianos y moriscos. Esther, momentos antes de ser despeñada, se encomen­dó a la Virgen de la que le solía hablar el caballero cris­tiano. Precisamente desde Peñas Grajeras se podía con­templar la silueta de la catedral vieja en la que se veneraba la imagen de la Virgen. «Virgen María, tú que ayudas a los cristianos ten piedad de esta judía». La tra­dición asegura que la Virgen tuvo piedad y, cuando los judíos intentaron recoger el cadáver de Esther, se la en­contraron de rodillas dándole gracias a la Virgen sin ha­ber sufrido daño alguno. Bautizada en la catedral, con el nombre de María del Salto, consagró su vida al servi­cio del culto y en la iglesia primera de Segovia está ente­rrado su cadáver.

La leyenda es significativa de la presencia de los ju­díos en Segovia, la más importante judería de Castilla y asiento de los judíos más influyentes del reino, como el célebre cabalista Yaqob Chicatilla, Abrahan Sénior y su yerno Meir Melamed y Caro. Los recuerdos históricos, arquitectónicos, paisajísticos y legendarios son muchos en Segovia, con mención para la fiesta la Catorcena que todavía se celebra y que responde a una supuesta o his­tórica profanación de la hostia consagrada por parte de los judíos.

Como son tantas las posibilidades turísticas de la vi­sita a las dos juderías de Segovia, y a tantos lugares rela­cionados con su aljama, nosotros nos limitamos a suge­rir la ruta señalada oficialmente por el activo Centro de Estudios Sefarditas de la población castellana.

El paseo debe comenzar en la plaza Mayor para diri­girse por la calle Real hasta la iglesia del Corpus Christi, antigua sinagoga, principal vestigio de la presencia ju­día en Segovia. Se continúa por la judería Vieja, que era la antigua calle Mayor, para admirar la casa de los Coro­nel, poderosa familia de judíos conversos, ennoblecida su fachada con granito y escudo de armas. Son precio­sas las vistas del ábside de la catedral. Rodeando ésta se encuentra el colegio de las madres jesuitinas, edificio que albergó otra sinagoga y que conserva un arco bellamen­te decorado con yeserías. Por la calle Almuzara es posi­ble admirar la monumental fachada de la catedral y pa­sando por la estrecha y empinada calle de la judería Nueva, se llega a la plaza del Socorro, punto de partida de las comitivas fúnebres hacia el cementerio medieval. El Museo Provincial, situado en la Casa del Sol, albergó en el siglo xv una carnicería judía. El museo contiene pie­zas interesantes judías. Saliendo por el arco de San An­drés se llega al Rinarillo, necrópolis judía medieval, después de haber bordeado el valle del Clamores por el puen­te de Sancti Spiritu y la cuesta de los Hoyos. Calles segovianas eminentemente judías son entre otras, ade­más de las ya citadas, las de San Geroteo, Refitolería, Leopoldo Moreno, San Valentín, Martínez Campos, pla­za del Rastrillo, Capitanes Paz y Orduña, San Frutos, puerta del Sol, paseo de los Tilos, Barrionuevo, Costani­lla, plaza del Caño… Hay constancia documentada de que fueron tres las sinagogas con que contó la aljama segoviana. Hay indicios de que la casa de los Picos fuera antes la casa del Judío, cuyo nombre cambió a instan­cias de los padres jesuítas. Se asevera que los judíos se asentaron en Segovia ya en tiempos del emperador Adria­no y que su dedicación preferente fue el comercio, la industria y la artesanía, tan florecientes en esta impor­tante ciudad castellana, en la que repetidamente predicó San Vicente Ferrer.

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El acueducto, con más de dos mil años de antigüe­dad, es una de las obras más grandiosas de la época del imperio romano, símbolo de la civilización de Occiden­te. Su altura máxima en la plaza del Azoguejo, con doble arquería, es de 29 metros y su recorrido total es de 728 metros, con 167 arcos y sus sillares rebasan los 20.000. Las leyendas le reportan además, un hálito de misterio popular, muy atractivo. La catedral, de estilo gótico tar­dío, comenzó a construirse en 1525. Con toda distinción es denominada y conocida como la dama de las catedra­les, por su elegancia y esbeltez. En su interior guarda importantes riquezas, obras maestras de la pintura y de la escultura. El alcázar, de origen incierto, consiguió su máximo esplendor cuando los reyes Trastámara fijaron la corte en este edificio durante largas temporadas. En este palacio-castillo se celebraron repetidamente Cortes Generales y de él salió Isabel la Católica para ser coro­nada reina de Castilla, en 1474.

El estilo románico se manifiesta en un abundante y rico muestrario. El templo de San Millán es para algunos el templo románico más puro. El de San Martín es del siglo xii y, en su interior, guarda un Cristo yacente, de Gregorio Fernández, y un San Francisco de Asís, de Pedro de Mena. El ábside de La Trinidad tiene bella ar­quería interior. La torre de San Esteban es la más bella de todo el estilo románico español. Por la Orden del Santo Sepulcro fue construida la misteriosa iglesia de la Veracruz, con planta de un polígono de doce lados. San Juan de los Caballeros, San Lorenzo, San Justo, San An­drés, San Sebastián, Santa Eulalia, El Salvador, Santo Tomás, San Clemente, San Marcos, San Nicolás, San Quirce… son iglesias bellamente románicas. De otras épocas lo son San Miguel, la iglesia del Seminario, la del Corpus Christi, el Santuario de la Fuencisla… Entre los monasterios sobresalen el del Parral, el de San Antonio el Real, el de Santa Clara, el de San Vicente, Santa Cruz la Real, Carmelitas Descalzas y Carmelitas Descalzos, con el sepulcro de San Juan de la Cruz. De sus palacios so­bresalen el episcopal, el torreón de Lozoya, la torre de Arias Dávila, el del conde de Cheste, el de Quintanar, la Casa de Segovia, el de Uceda Peralta, la casa del Hidal­go, el Ayuntamiento, el del marqués del Arco, la casa del Siglo xv… Las puertas que aún se conservan de sus mu­rallas son las de San Cebrián, Santiago, San Andrés…

A los judíos de Ayllón también les predicó San Vi­cente Ferrer, después de haber convertido en Toledo San­ta María la Blanca su sinagoga, en templo. A los judíos de Ayllón, y a los moriscos, el santo les obligó a llevar prendas que los identificaran, con mención expresa para los «tabardos con una señal bermeja».

 

 Un río de leyendas (Soria y Burgos)

Desde el aire y siguiente el curso del padre Duero en un reportaje producido por TVE que merece la pena ver y disfrutar con tranquilidad
http://youtu.be/YZvb0jAaftI

Soria

De modo similar a como aconteció en otras ciudades castellano-leonesas, también en Soria quedaron exentos de franquicias en la repoblación «los hebreos industrio­sos y vividores que andaban con las huestes cristianas». Fortalece este indicio la Carta de los Fueros de León, dada el año 1090, por la que se concedieron a los judíos derechos e inmunidades, al igual que el Fuero Especial de Salamanca concedido en 1170, que acordaba «ser teni­dos y reputados los judíos en la misma libre condición que los demás vecinos de la ciudad».

Aunque las primeras noticias que se tienen de la ju­dería de Soria son del siglo xn, consta que era una de las juderías más antiguas de Castilla. En su mismo fuero se hace alusión a ellos, como residentes en las cercanías del castillo. Lo primero que resalta en la aljama soriana fue su notable capacidad cultural. Fue asiento de cabalistas, con mención para Yosef ha-Calen, y había redactado sus propias ordenanzas o taqqanot. Puede aproximarse a la realidad el dato aportado por algunos de que la pobla­ción judía supusiera en Soria en torno al 6 por ciento de su población, aunque otros elevan tal porcentaje al 25 por ciento o más y llegan a contabilizar hasta 1.500 ju­díos. La condición de la aljama soriana como centro de cultura judía se acentuó en el siglo xiv, con mención para el comentario a la «guía» de Maimónides realizado por Mosé Narboní, así como para el talmudista Sem Tob ben Abraham Ibn Gaón y los iluminadores de manuscritos Yehosuá y Sem tob ben Abraham Ibn Gaón, autores de códices bíblicos hebreos muy conocidos y apreciados en todo el mundo. Otro personaje que honra la cultura he­brea y que estuvo relacionado con Soria, fue don Abrahan Benveniste, tesorero mayor de Juan II y gran rabino de Castilla.

Los miembros de la comunidad judía de Soria solían dedicarse al comercio, recaudación de tributos y présta­mos. Acerca de su ubicación en la localidad es seguro que ésta fuera en los aledaños del castillo y más concre­tamente en la plaza de armas, de cuyo conjunto queda hoy tan sólo un solar convertido en parque, en cuyo lu­gar también se ubicaría una de las dos sinagogas que parece había en Soria. Es posible también que el creci­miento de la población judía obligara a su comunidad a extenderse por las cercanías de la plaza Mayor, cuya ca­lle del Teatro fue conocida como calle de la Judería. El cementerio se hallaba en las proximidades de lo que hoy es Parador de Turismo, donde se han encontrado repetidamente lápidas con inscripciones hebreas que hoy se conservan en el Museo de San Juan de Duero. Nuestra ruta ha de tener en cuenta este lugar y el Museo Provin­cial de la capital, en el que se guardan anillos de plata o bronce con leyendas hebreas, que fueron encontrados en el pueblo soriano de Deza, en su cerro judío, en 1933. En uno de los anillos aparece el nombre femenino judío de Ceti.

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El recorrido turístico por Soria tiene en cuenta, en­tre otros, los siguientes puntos de referencia: San Juan de Rabanera es iglesia románica en la que se mezclan influencias bizantinas con recuerdos clásicos y ojivales. Su ábside, notablemente original, tiene dos ventanas en vez de tres, algo apuntadas y festoneadas por hojas de acanto estilizadas y dobladas. La portada del poniente pertenece a la que fue iglesia de San Nicolás. La iglesia de Santo Domingo fue construida en la segunda mitad del siglo xii y su fachada es posiblemente la más com­pleta y rica de todas las románicas. Es muy notable su parte escultórica. Tiene claras influencias de Poitiers. Muy bella es la concatedral de San Pedro, con portada plateresca y claustro del más puro románico del siglo xn. En la actual capilla de San Saturio se guarda la mejor obra pictórica que hay en Soria, que es un tríptico de influencia flamenca, que representa la crucifixión, fecha­do en 1559. Los claustros de San Juan de Duero es uno de los monumentos más originales del arte románico. El monasterio de San Polo fue fundado por los caballeros templarios. El camino que lleva a la ermita de San Saturio, patrono de la ciudad, es machadianamente ro­mántico. Los recuerdos del poeta se hallan presentes. La ermita se levanta sobre una roca a orillas del Duero. Su interior está decorado con pinturas de Antonio Zapata. Otras iglesias de Soria son la de Santa María la Mayor; la de Nuestra Señora de la Merced, con recuerdos para el padre Guardián, fray Gabriel Téllez o Tirso de Moli­na; la de San Francisco; la de Nuestra Señora del Espino; la ermita de Nuestra Señora del Mirón; el convento del Carmen, fundado por Santa Teresa de Jesús. Entre los edificios civiles cuentan el grandioso palacio de los condes de Gomara, las calles Real, la de la Aduana Vie­ja, la de los Caballeros… El Museo Numantino recoge los fondos de los antiguos museos Numantino y Celtibérico. Frente a él se levanta la ermita de la Soledad, curioso edificio erigido en el siglo xvn.

A tan sólo unos pasos de la capital —unos siete kiló­metros— se hallan las antiguas ruinas de la ciudad de Numancia, castro celtibérico, célebre por la heroica re­sistencia que mantuvieron sus habitantes contra las legiones romanas.

Medinaceli-Almazán

Eran muy severas y estrictas las normas de que el edificio de una sinagoga no podía superar ni en altura ni en belleza las proporciones de cualquier iglesia del pue­blo o ciudad en la que ella se encontrara. No pocas sina­gogas fueron destruidas por haber superado o haberse acercado a las medidas y apariencias externas de los edi­ficios eclesiásticos. Esto explica en gran parte la pobre­za característica y vulgar de las sinagogas judías en Es­paña, salvo en muy contados casos. No obstante, como las normas dictadas no hacían referencia alguna al inte­rior de las sinagogas, ésta no difería en exceso de las exis­tentes en otros países.

De la villa soriana de Medinaceli y de su judería se tienen diversas referencias, sobre todo relativas a la ad­ministración de las salinas cercanas a la «Ciudad del Cie­lo» y que hoy se corresponden con el pueblo de Salinas de Medinaceli, antes propiedad del monasterio de Santa María de Huerta, que estuvieron administradas por fa­milias judías. En Medinaceli nació en 1248 el cabalista Yosef Chicatilla. Los restos judíos más explícitos que perduran de Medinaceli son los del antiguo Beaterío de San Román, del que se asegura que era una antigua si­nagoga, aunque algunos creen que era una mezquita. El hoy templo de San Román pudo haber sido construido a finales del siglo xm y son originales la techumbre mude­jar, algunas columnas de calicanto y dos parejas de ar­cos ojivales. Hay tradición de que la calle que conduce desde la plaza Mayor a este templo antes se conocía como calle o rúa de la Judería.

Es tradición también que junto al impresionante palacio de los duques, en la plaza del pueblo, también hacía referencia a la judería una de sus puertas. La cer­canía a la muralla, al igual que al palacio de los duques, aunque éste de época posterior, puede muy bien expli­car la ubicación del barrio judío en los citados lugares.

La de Almazán, en la misma provincia de Soria, fue judería de considerable importancia en Castilla, encon­trándose tal vez entre las diez más ricas del reino. No hay que olvidar que la situación geográfica de Almazán, junto al Duero y camino de Aragón, explicaría la presen­cia de judíos que podrían haber llegado a rebasar los 1.500. Almazán fue durante algún tiempo sede de la cor­te de los Reyes Católicos. La plaza de los Olmos y la ca­lle de Chapinería pudieron muy bien haber estado rela­cionadas con la aljama y el barrio judío, en las proximidades de la iglesia de Nuestra Señora del Cam­panario, ante cuya imagen consta que se postraron los mismos Reyes Católicos.

El viaje a la España judía por tierras sorianas habrá de tener en cuenta también la villa de Agreda, a los pies del Moncayo, cuyo barrio se enmarca junto a la torre de los Castejones, con un arco conocido como de la sinago­ga, junto a la plaza Mayor.

En su archivo municipal se guarda un fragmento de cuero con un rollo de la Ley.

La visita a Medinaceli incluye necesariamente la con­templación del paisaje, el paseo por las calles y plazas y la visita a determinados monumentos. El arco romano simplifica el tipo de los de Septimio Severo, el de Cons­tantino de Roma y el de Trajano en Timgab. Es de tres arquerías y es monumento único en España. Don Miguel de Unamuno dijo de él «que este arco mira con ojos que son pura luz al paisaje planetario de aquellas tierras». Las murallas romanas, de grandes sillares, cierran un espacio de quince hectáreas y en él se adivina el cardo y el decumano, las dos vías directrices de los poblados ro­manos. Las murallas árabes, al igual que el castillo, res­ponden a los tiempos gloriosos de la villa durante el rei­nado de Abderramán III, entre los años 944 y 948. El Beaterío San Román, después convento de Jerónimas, fue primitiva mezquita o sinagoga y en ella se conser­van los cuerpos santos de san Arcadio, Pascasio, Eutiquiano, Probo y Paulino. En la colegiata, de estilo ojival, fueron sepultados los duques hasta el siglo xix. Merecen admirarse la verja gótica forjada y el altar mayor. El convento de clarisas de Santa Isabel es tam­bién gótico y lo edificó la duquesa doña María de Silva en 1598. En el solar donde nació el humilde sastre el beato Julián de San Agustín, hay una capilla. La plaza Mayor es porticada y una de las más bellas de la provin­cia. En ella se encuentra la Alhóndiga, del siglo xv, y el impresionante palacio ducal, edificio del siglo XVII. El callejón de la Cárcel, calles, plazas, casonas y escudos justifican una visita a Medinaceli y hasta vivir en ella establemente.

La villa soriana de Almazán merece alta considera­ción turística. La relación de monumentos salmantinos es múltiple, digno de admiración y sorprendente. La plaza Mayor está presidida por la estatua erigida en memoria del padre Diego Laínez, cofundador de la Compañía de Jesús. El recinto amurallado se conoce y se conserva en gran proporción, con sus tres puertas y sus dos postigos: de la Villa, del Mercado, de Herreros, de Santa María y de San Miguel. La iglesia de San Miguel, declarada mo­numento nacional, es de estilo románico y procede del año 1150. En el crucero se halla la cúpula de clara as­cendencia mudéjar, emparentada con las de Mihard, de la mezquita de Córdoba. La iglesia de San Vicente, de propiedad municipal, es la más antigua del pueblo. Y es también románica. En la parte más alta de la villa se ubica la iglesia de Nuestra Señora del Campanario, que conserva de su época románica la nave de cruceros y los ábsides, de gran proporción y altura. Es de extrema so­briedad arquitectónica. La iglesia de Santa María de Calatañazor luce interesande retablo renacentista. La iglesia de San Pedro luce un bello retablo barroco labra­do en 1785 por el tallista de Calatayud Félix Átalo. Su Piedad es digna de ser contemplada.

En el convento de la Merced murió y fue enterrado el famoso Tirso de Molina. Santo Domingo y San Esteban son nombres de otras iglesias. La capilla o ermita de Je­sús es también propiedad del municipio y cada patio de su planta octogonal está ocupado por un retablo y en el central se encuentra la imagen de Jesús Nazareno, patrono de Almazán, con su tradicional procesión en su fiesta. El palacio de los Hurtado de Mendoza, del siglo xvi, es de gusto renacentista y hay que destacar su monu-mentalidad, algunos artesonados y su magnífica galería gótico-isabelina.

Museo de la Ciencia

Valladolid: Museo de la Ciencia (Foto Luis Laforga)

 

Valladolid

En este, al igual que en otros capítulos de nuestra visita a la España judía, queremos expresar a nuestros lectores los mejores deseos de felicidad, en conformi­dad con la formulación de las viejas canciones del Sefarad que en su propia definición bíblica responde al nombre de España, que los judíos dieron a nuestro país siguiendo una exégesis del texto del profeta Abdías. En esas canciones se manifiesta el deseo de felicidad de esta manera: «Buenas semanas nos dé el Dios, alegres y sa­nos».

En Valladolid había judíos antes del siglo XIII, aun­que su presencia no está documentada hasta entonces, siendo una de las mayores juderías de Castilla, con una población de 500 personas. Fue célebre y notoria la po­lémica pública antijudía protagonizada por el converso Abner de Burgos, con el nuevo nombre de Alfonso de Valladolid, en 1336, contra el maestre Alfonso. En 1367 fueron perseguidos los judíos vallisoletanos al haber ganado Enrique de Trastámara en su lucha contra su hermanastro Pedro I por el que había apostado la ciu­dad. En Valladolid promulgó la reina doña Catalina sancionadoras medidas contra los judíos, prohibiéndoseles ejercer algunas profesiones. En Valladolid se reunieron representantes de las aljamas castellanas en 1432 con el propósito de renovar sus instituciones. En esos tiempos la judería de Valladolid podría muy bien suponer el cua­tro por ciento de sus habitantes.

En Valladolid inició sus predicaciones contra los ju­díos San Vicente Ferrer, quien logró la conversión del notable rabino Pablo de Santa María, que llegaría a ser obispo de Burgos.

El arte asalta al viajera a la vuelta de cualquier esquina.
El arte asalta al viajerao a la vuelta de cualquier esquina. Foto Luis Laforga)

Algunos aseguran que en Valladolid hubo nada me­nos que ocho sinagogas. La judería vieja estaría ubicada junto al alcázar, lugar que ocupó después la iglesia de San Benito. Otros no obstante, creen que la «calle de los Judíos» estaba entre las plazas de San Miguel y de la Rinconada, con mención para las calles de San Benito, Doctor Cazalla, Especiería y General Almirante, antes calle de la Cruz. Pero la verdadera judería de Valladolid, o judería Nueva, se encontraba en torno al monasterio de San Pablo. Al ser expulsados los judíos, pasó a deno­minarse Barrio Nuevo, al igual que en tantos otros luga­res de España. En su perímetro se conserva el nombre de la calle de la Sinagoga o Sinoga, y la conforman ca­lles con estos nombres: rondilla de Santa Teresa, Leche­ras, de la Pelota, Imperio, Tahonas, plaza de los Ciegos, Isidro Polo, San Quirce, plaza de la Trinidad, plaza de Carranza, puente Mayor, plaza de San Nicolás, Paz, Mi­rabel, Luis Rojo, Pozo… Una sinagoga parece localizada en la calle del Almirante. Otras sinagogas podrían haber estado en las calles de Isidro Polo y en la de la Sinagoga. Es posible que el cementerio estuviera junto al río Pisuerga.

Acera de Recoletos (Foto Fco. Javier Ruiz Ramos)

Acera de Recoletos (Foto Fco. Javier Ruiz Ramos)

La ruta judía por Valladolid ha de dirigir sus pasos hacia el archivo de la Cancillería donde se conserva una ketubbat o contrato matrimonial fechado en 1480. Tam­bién se guardan otros documentos hebreos de interés. La ruta habrá de terminar en el Archivo General de Siman­cas, a unos pasos de la capital, en el que son muchos más los documentos judíos registrados referentes a todo el reino.

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Plaza del Ayuntamiento con el consistorio presidiéndolo todo.

Plaza del Ayuntamiento con el consistorio presidiéndolo todo. (Foto Luis Laforga)

Las diversas épocas han ido acumulando en Valladolid un auténtico capital monumental y tesoros artísticos de excepcionales proporciones y de diversos estilos. La catedral herreriana, inconclusa, alberga un bellísimo re­tablo mayor de Juan de Juni. La iglesia de Nuestra Se­ñora de la Antigua, con su característica y esbelta torre, es románica, del siglo xn. La de Santiago es gótica, con poderosa torre y retablo de la Adoración de los Reyes, obra de Berruguete. San Benito ostenta el descomunal pórtico de Rodrigo Gil de Hontañón.

Iglesia de Nuestra Señora de la Antigua (Foto Fco. Javier Ruiz Ramos)

Iglesia de Nuestra Señora de la Antigua (Foto Fco. Javier Ruiz Ramos)

En la iglesia de Sancti Spiritu sobresale su artesonado mudejar y el re­tablo de Esteban Jordán. La iglesia de El Salvador luce un retablo flamenco. La de la Magdalena, de Gil de Hontañón, posee retablo de Esteban Jordán y Giralte. La de San Miguel tiene otra de Gregorio Fernández. El re­tablo de la iglesia de las Huelgas es asimismo de Grego­rio Fernández y en ella se encuentra el sepulcro de doña María de Molina. El convento de Santa Isabel tiene claus­tro gótico-renacentista y en su iglesia hay también un re­tablo de Gregorio Fernández. En la iglesia de Santa Ca­talina está enterrado Juan de Juni y en ella se guarda uno de sus Cristos yacentes y otro de Gregorio Fernández. La fachada de la iglesia de San Pablo es un colosal retablo en piedra de Simón de Colonia…

San Pablo de nochecon su magnífica y monunmental portada.

San Pablo de noche con su magnífica y monumental portada. (Foto Luis Laforga)

Entre la arquitectura civil sobresalen el Colegio de San Gregorio, sede en la actualidad del Museo Nacional de Escultura Policromada, el mejor del mundo en su gé­nero y paso imprescindible para conocer la imaginería castellana. El Colegio de Santa Cruz, fundado por el car­denal Mendoza, es una de las primeras muestras del re­nacimiento hispano. La Universidad, el palacio Real, con patio renacentista; el palacio de Fabio Nelli; las casas de Colón, en la que murió el almirante; de Cervantes; de los condes de Rivadavia, en la que nació Felipe II; del Sol, de los Villasante, de Zorrilla… son argumentos convin­centemente turísticos. También lo son sus museos, con nueva mención especial al Nacional de Escultura Policro­mada, en el que destacan, entre otras, las obras de Berruguete, Juan de Juni, Gregorio Fernández, Pedro de Mena, Diego de Siloé y Salvador Carmona; el Museo de Pintura, el Museo Provincial de Arqueología, el Mu­seo Diocesano, la Casa de Cervantes, el Museo Oriental, la Casa-Museo de Colón, la Casa-Museo de Zorrilla, el Museo Pedagógico de Ciencias Naturales…

Medina del Campo-Tordesillas

El concilio Lateranense celebrado en 1215 decidió la obligatoriedad de que los judíos llevaran una señal que en Francia tomó la forma de una tela redonda del tama­ño de la mano, que se cosía en la parte delantera o trasera del traje. En otros países, la señal era una gorra o som­brero en forma de cuerno o de cono. En otros países la exención de llevar esta señal se compraba mediante una cantidad de dinero. Quienes no llevaran la señal, o no la hubieran comprado, eran castigados con multas muy suculentas. Pese a las reiteradas instancias de los papas, en España no accedieron fácilmente los reyes a imponer la distinción en los vestidos judíos, aunque en ocasiones se vieron éstos obligados a llevar una señal amarilla y un sombrero redondo. Las Cortes celebradas en Madri­gal en 1476 obligaron a los judíos a llevar una señal y a no vestirse de determinados colores, como el grana.

En Medina del Campo tuvieron que verse no pocos judíos con los distintivos propios y discriminatorios de su pueblo. Su judería era una de las que más impuestos pagaba en el siglo xv. En los tiempos florecientes de sus ferias conocidas en toda la Europa de entonces, los ju­díos dedicados fundamentalmente al comercio, solían obtener pingües beneficios tanto para su aljama como oara el pago de impuestos, sobre todo al obispado de Ávila, al que en aquellos tiempos pertenecía la ciudad de Medina. La ubicación del barrio judío parece suficiente­mente clara: en las cercanías del castillo de la Mota, las orillas del río Zapardiel y puente e iglesia de San Llórente. La calle de Barrionuevo así lo delata sin lugar a dudas. La barriada de San Fernando se ubica hoy exactamente en el lugar de estas referencias, sin que ningún resto pue­da atestiguarlo. De la sinagoga y del cementerio tampo­co quedan vestigios. El ferrocarril y sus diversas líneas, el río Zapardiel y las calles de Fernando el Católico, de Isabel la Católica y de Escudero habrían de enmarcar la zona en la que los judíos se asentaban en los tiempos felices de su actividad en la ciudad de las ferias, en la que tanto les predicó a mediados del siglo xv Alonso de Espina, experto en sermones antijudíos.

Impresionante imagen del castillo de Peñafiel, sede ahora del Museo del Vino y centro cultural.

Impresionante imagen del castillo de Peñafiel, sede ahora del Museo del Vino y centro cultural.

Mayorga, Olmedo y Peñafiel tuvieron también sus aljamas, si bien la de Tordesillas tuvo relevante impor­tancia sobre todo por haber nacido en ella el polemista Mosé ha-Coen de Tordesillas y porque consta que en 1363 la infanta Beatriz, hija de Pedro I, fundadora del convento de Santa Clara, le concedió a sus religiosas «la cabeza de los judíos» con alusiones probables a todos o a parte de sus bienes. Sobre la localización del barrio judío, al­jama de grado medio, a la que Juan II eximió en 1443 de pagar ciertos impuestos, no se sabe absolutamente nada, si no es que se encontraba junto a la iglesia de Santiago y en las cercanías de la calle del Rey.

La presencia frecuente del rey don Pedro I en Torde­sillas, cuyo palacio mudejar llamado Pelea de Benamerin fuera fundado por Alfonso XI para conmemorar la ba­talla del Salado, convirtió en monasterio el primer mo­narca, tan defensor de los judíos, explica que la judería llegara a ser floreciente y rica. Don Pedro I llamado el Cruel, tuvo su corte repetidamente en la villa.

La leyenda del escudo de Medina del Campo procla­ma el orgullo y la alcurnia de esta ciudad vallisoletana, que tuvo siempre autonomía para nombrar aquellos que debían desempeñar en ella los cargos civiles y que habrían de recaer siempre en los linajes de los cuatro ca­balleros que la reconquistaron: «Ni el Rey oficio ni el Papa beneficio». Es una de las ciudades más ilustres de Castilla. Entre su acervo monumental destaca el castillo de la Mota, que data del siglo XIII, con reformas en el siglo xv. Fue residencia real y prisión del Estado. La pla­za Mayor es el antecedente inmediato de la de Vallado-lid. El palacio real se ubica en ella. En el balconcillo de la colegiata de San Antolín se celebraba la misa antes de comenzar las ferias. El palacio de los Dueñas fue residencia del emperador Carlos V y es bello edificio con medallones y patio rectangular. Las Carnicerías fue­ron construidas en tiempos de Felipe II. La casa de Si­món Ruiz, con patio herreriano, luce estatuas de su fundador y de sus dos mujeres. El palacio de los Almi­rantes, la iglesia de San Martín, Santiago, el templo de San Miguel y los conventos de Santa Clara, Santa María la Real, la Magdalena, San José y las Carmelitas Descal­zas completan la galería monumental de esta ciudad.

En Tordesillas hay que admirar el puente sobre el Duero con sus diez arcadas ojivales, su porticada plaza Mayor, el importante Torreón de las Acercas, la iglesia gótico-renacentista de San Antolín, con la capilla fune­raria de los Alderete y las de Santa María, San Pedro, San Juan Bautista, Santiago y el Hospital. El real monaste­rio de Santa Clara merece solo él una detenida visita por su historia y el arte de sus dependencias. La villa fue re­sidencia larga y dramática de la desventurada doña Jua­na la Loca y en ella España y Portugal dirimieron sus pleitos de las demarcaciones de sus imperios cuando el descubrimiento de América, estableciendo el llamado meridiano de Tordesillas en 1494.

Zamora

Son muchas, y de raíces idiomáticas diversas, las pro­cedencias etimológicas que se aportan en relación con Zamora. Algunas la derivan de la voz griega gamur —cor­vo o torcido en castellano—. Otros fabulan una leyenda en la que hacen aparecer al rey don Alfonso El Magno espantando una vaca —«Za»— negra —«Mora»—. Otros la derivan del nombre de una hija de Pompeyo llamada Zara y de Roma, cuyo nombre en anagrama sería «Za­mora». Otros recurren al nombre impuesto por los mo­ros «por ser éste el que ellos les dan a las piedras tur­quesas existentes por alli». Otros aluden al color verde-turquesa de la piedra llamada variscinta. Una eti­mología que disfruta de muchos seguidores es la de azetnur con relación a acebuche, olivo silvestre. Pero tam­bién son muchos los que derivan el nombre de Zamora del verbo hebreo samar, que significa guardar.

De todas maneras Zamora estuvo siempre muy vin­culada a lo hebreo. Hasta se llegó a escribir que, cuando los judíos condenaron a muerte a Cristo, «porque auiendo los judíos, sacerdotes y phariseos consultado a las sina­goga de Toledo y Zamora sobre quitar la vida y nombre a Cristo, ellas no consintieron en ello, ante lo contra-dixeron. Y la sinagoga de Zamora… y la de Toledo, como madres y cabecas de las otras… por aueverse guardado de marcharse a sí y a sus hijos con la sangre de Cristo». Al tener conciencia además los judíos de Zamora de es­tar residiendo en esta ciudad en tiempos de Nabucodo-nosor, «no cayó sobre ellos la maldición de San Mateo».

La primera noticia documental de la judería de Za­mora es del año 1210. En 1258 formaba ya aljama. En 1313 se celebró en ella un concilio en el que se adopta­ron normas discriminatorias para los judíos, entre otras la de tener que llevar una señal distintiva en sus vesti­dos. San Vicente Ferrer predicó su conversión con reco­nocido éxito. Es posible que el censo de ellos rebasara algún tiempo los 1.500, equivalente a un 15 por ciento de la población total. La judería de Zamora fue muy pres­tigiosa culturalmente. Nacieron y ejercieron en esta po­blación su magisterio el exegeta y cabalista Abraham Saba y Samuel Valensí. También Zamora dispuso de imprenta hebrea.

Zamora contó con dos juderías. La vieja comprendía el perímetro urbano ceñido por las calles Ramos Cardón, Rúa de Francos, San Ildefonso, Cuesta Pepinos, Balborraz, Plata y los aledaños del Duero. Calles muy princi­pales eran la de Doncellas, Pizarro, plaza y calle de San Cipriano, plaza de Santa Lucía, Arcas, Manteca, Alfonso XII, Herreros… Las puertas que se abrían a esta judería eran las de las Ollas, Mercado, Nueva y Toro. La judería Nueva se enmarcaba entre las calles Feria, del Riego, San Antolín, Sancho IV, plaza de Santa Ana, ronda de la Fe­ria y cuesta de San Sebastián. Incluye las calles Conse­jos, plaza de San Antolín, Doctor Grado, Sampiro, ronda de Santa Ana, plaza de la Laguna, Laguna y travesía de Sancho IV, Cortarrabos, Mazariegos, Pulga, Cortaelaire y puerta de San Torcuato. Hay constancia de tres sina­gogas al menos. Una de ellas parece identificarse hoy con una vieja bodega. En el arrabal de la Vega se hallaba el cementerio judío que «con toda la piedra que en él ha­bía» le fue donado al convento de Santo Domingo.

Los recuerdos judíos existentes todavía en Zamora son muchos más y entre ellos hay que prestarle atención también a la plaza del Pozo Antiguo existente en el mu­seo, de la segunda mitad del siglo vn, en mármol blanco con vetas grises, que parece derivar de la representación judía del templo de Jerusalén y proceder de la ventana del testero del ábside de la iglesia de San Pedro de la Nave. En la sillería del coro de la catedral, obra de Juan de Bruselas (1502-1507) hay un relieve claramente antijudío y en el mismo aparece un personaje con un cuchillo y sobre una columna un hombre, bajadas las calzas, señal de que ha sido circuncidado. Otro le agarra por las barbas, en gesto ofensivo y señala sus orejas, con alusión al dicho evangélico «teniendo oídos no oyen». En las 16 tablas de Fernando Gallego hay en el retablo del templo de la Concepción del pueblo de Arcenillas, apa­recen tipos judíos como en las que representan Las Bo­das de Canaán y Entrada en Jerusalén, de modo similar a como también aparecen en el retablo de San Ildefonso, en la catedral.

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Pero como «Zamora no se ganó en una hora», tam­poco puede turísticamente ganarse ni siquiera en una visita. Hacen falta muchas visitas para nacerse turís­ticamente con Zamora, que cuenta nada más y nada menos que con una veintena de iglesias románicas. La catedral es el más representativo de sus monumentos. Su elemento constructivo más destacado es su cúpula o cim­borrio colocado sobre el crucero de singular belleza y originalidad al gusto oriental. Su interior es un bello e impresionante museo con maravillosas obras realizadas en los siglos XV y XVI, como la rejería, la capilla mayor, el coro, la sacristía, la talla del Cristo de las Injurias, la cus­todia de plata… En la iglesia de San Claudio, construida en el siglo XII, se representa el calendario agrícola, a tra­vés de las faenas propias de cada mes. Está documenta­da la existencia en el siglo XII de la iglesia de Santiago el Viejo. Del siglo XII es la del Espíritu Santo. De la iglesia de San Isidoro se tienen noticias ya en el último tercio del siglo xn. La Magdalena es la iglesia del último ter­cio del siglo XII, con influencias orientales, belleza de proporciones y rica decoración. Su ábside y su portada sur son prodigios del arte románico. La iglesia de Santa María la Nueva merece una visita, así como releer los hechos y las leyendas populares que tuvieron lugar en ella. Fue construida tras el legendario motín de la Tru­cha, ocurrido en el siglo xi. El Hospital de la Encarna­ción, del siglo XVII, es sede actual de la Diputación. La casa-palacio de los condes de Alba y Aliste es Parador de Turismo. La iglesia de la Concepción es del siglo XVII. Del siglo xi es la iglesia de San Cipriano, San Lorenzo, Santa Lucía, el palacio del Cordón, Santa María de la Horta, Santo Tomé, San Juan, Santiago del Burgo, San Esteban y San Vicente, el palacio de los Monos, el Ayuntamiento Viejo…, reclaman una visita, tal y como la reclaman el Museo Catedralicio, el Museo de la Semana Santa y el Museo Provincial de Bellas Artes.

 

Toro

Cualquier invención era válida para suscitar corrien­tes de opinión contra los judíos zamoranos, cuando en 1487 se presagiaba ya el Decreto de Expulsión firmado por los Reyes Católicos. El malicioso ingenio de unos jóvenes, por ejemplo, hizo despertar graves sospechas contra el judío zamorano Jucé Cordero, de oficio zapa­tero, porque «estando cortando en su casa cosas de su oficio de capatero sobre una piedra de mármol, como otros capateros cortan e facen de su oficio sobre las se­mejantes piedras… porque a unos mocos no les dio tan presto sus caparos como ellos querían, diz que tomaron la dicha piedra e que fueron dando bozes por la cibdad, diziendo que él tenía en su casa un ara consagrada para cortar sobre ella e fazer las cosas tocante a su oficio non seyendo así».

La judería de Toro cuenta con unos cronistas judíos de excepción, de cuya mano es posible adentrarse en su historia. Según Abraham Zacut y Yosef ben Saddiq, esta judería fue asaltada y saqueada a la muerte de Alfonso IX en 1230. En 1391 fue otra vez asaltada, hasta quedar destruida, tal y como refiere el cronista hebreo Selomo ben Vega, por lo que los judíos toresanos imploraron al papa Benedicto XIII que les permitiera construir una nueva sinagoga, dado que los cristianos habían conver­tido dos de las suyas en otros tantos templos para su culto. El papa Luna fue complaciente en esta ocasión concediéndoles el referido permiso y la judería de Toro consiguió rehacerse convirtiéndose en la segunda del obispado de Zamora, después de la de su capital. Es po­sible que Samuel Leví, tesorero real fuera toresano, al igual que Juan Alonso de Toro, del Consejo Real de Juan II. En 1485 la reina Isabel la Católica mandó al conde Benavente que «reúna gente de armas de la comarca y de la Hermandad» y marcharan a poner sitio a Ponfe-rrada en poder del conde de Lemos. En las cuentas pre­sentadas por el tesorero Ruiz López de Villalobos por gastos para este sitio se incluyen los sueldos de los maes­tros carpinteros, herreros, etcétera. «Vecino de Toro, Zamora y Benavente» expresando que algunos eran «mo­ros y la mayoría judíos».

La judería de Toro se identifica en la actualidad con la larga calle que se llama de la Judería y calles cerca­nas, partiendo del mismo ayuntamiento, con mención para las de Pedrezal, plaza de los Cubos, Horno de San Salvador, calle y plaza de San Salvador, Magdalena, Santa Sofía, Arbás y convento de Sancti Spiritus. Precisa­mente este convento es pieza clave en la ruta de la jude­ría toresana, por conservar en su museo un soberbio artesonado en la capilla de la sala capitular procedente seguramente de la sinagoga, antes de haber sido conver­tida en iglesia, tal vez de Santa Sofía. La iglesia de San Juan de los Vascos o Gascos lucía también bello arteso­nado.

Hasta tiempos recientes se señalaba en Toro «la bo­dega del judío», en la calle Perezal con un viejo bal­cón desde el que se creía que se les predicaba a los judíos. Apareció también un sello de bronce con el es­cudo de Castilla que lleva inscrito el nombre de Abraham Gar Mosé Crudo, que se encontró en una casa del siglo xv.

*    *    i-

Toro pudo haber sido la Arbocala que conquistara Aníbal o mucho más tarde la ciudad confín de los Campi Gothorum, de donde puede proceder su nom­bre. Toro, la ciudad de doña Elvira, merece una y muchas visitas.

En su castillo fue proclamado rey Fernando III. El puente sobre el Duero consta de 22 arcos apuntados y es del siglo xii. En Toro se celebraron cortes repetidamente y se libraron famosas batallas. Las puertas de Corredera y de Santa Catalina, el arco del Postigo, con la capilla de Nuestra Señora de la Antigua, la portada del palacio de las Leyes, los palacios de los condes de Requena, de los marqueses de Alcañices, el Ayuntamiento, la Casa-Mu­seo de Delhy-Tejero, los hospitales… son otros tantos argumentos histórico-turísticos. También lo es la torre del Reloj, de la que se refiere que fue construida en el siglo xvm con vino y no con agua.

Pero la joya monumental toresana es su colegiata, del siglo xii, con su famoso pórtico de la Gloria y en ella des­taca la Virgen de la Mosca. Otros monumentos son: la iglesia románico-mudejar de San Lorenzo, con tablas de Fernando Gallero; las de Santo Tomás Canturiense, con soberbio retablo de Berruguete, el Santo Sepulcro, San­ta María de la Vega o del Cristo de las Batallas, San Ju­lián, Santa Clara, Sancti Spiritus, con el sepulcro de Bea­triz de Portugal…

Villalpando-Benavente

El día 11 de enero de 1313 «acobaron a honra de Dios» los obispos reunidos en Zamora en la iglesia de San Ildefonso, convocados por el arzobispo de Santiago, va­rias constituciones «mandadas cumplir y observar so pena del juicio de Dios». Entre ellas se resalta la de «que de allí en adelante no osaren los judíos contradecir a los cristianos, ni defenderse de ellos en pleitos criminales ni civiles ni en otra alguna querella»… Decidieron también que «los judíos no tuvieren amas de cria cristianas para criar a sus hijos» y que «no aparecieran en público des­de el Miércoles Santo al Sábado Santo teniendo el Vier­nes Santo cerradas las puertas y ventanas».

La aljama de Villalpando en la provincia de Zamora llegó a tener un censo de 500 personas. En 1412 les pre­dicó San Vicente Ferrer y por entonces se hizo célebre un tal Rabí Yuce Galochero, que precisamente era el «fí­sico de la villa». Diversos documentos avalan la activi­dad de la judería de Villalpando, con mención para ju­díos tundidores, comerciantes o ferretería y fabricantes de velas. También está documentada la donación de la sinagoga, después del Decreto de Expulsión de 1492, a doña Mencía de Mendoza, condesa de Haro y señora de Villalpando, que vendió ella en 1294 al propio Concejo. Es posible que tal sinagoga se hallara en la calle del Liceo, junto a la plazuela de San Isidro. La calle Nueva era otra de las de la judería, al igual que las actuales calles del Olivo, Alta Sangre y plaza de Santo Domingo. Otros aseguran que de la sinagoga quedan restos en un viejo edificio junto al Ayuntamiento y que en tiempos recien­tes fue utilizado como discoteca. Es hasta posible que fueran dos las sinagogas existentes en Villalpando, una de ellas tal vez ubicada en el distrito de Santiago. Acerca del lugar del cementerio se afirma encontrarse «en el al­tozano del molino de viento, enfrente de la laguna Sala­da», si bien hoy nadie sabe donde pudo estar tal laguna. También fue donado a doña Mencía, quien a su vez lo vendió al Concejo. Los judíos de Villalpando se sentían muy agradecidos a doña Mencía «por las grandes mer­cedes y horas» de ella recibidas.

Consta que San Vicente Ferrer también estuvo predi­cando a los judíos de Benavente, de cuya aljama que­dan diversas referencias. Entre ellas se menciona la exis­tencia de la sinagoga que en 1505 Cristóbal de Zamora, boticario, vendió a don Alonso de Pimentel, conde de Benavente. En esta población hay todavía una calle lla­mada de la Sinagoga, otra conocida como callejón de la Sinagoga y en una de ellas podría situarse el templo ju­dío. Lugares próximos a la judería serían las calles de Santa Rosa, La Estación, Mirador del Río y la plaza de San Martín, junto a la muralla, estación de Ferroca­rril y río Orbigo, no lejos del castillo, hoy Parador de Tu­rismo.

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Documentalmente aparece citado Villalpando, la vi­lla más importante de la comarca zamorana de Tierra de Campos, por primera vez el año 998 y su nombre era el de Villa de Alpando. La muralla primera es del tiempo de Fernando II, de planta circular y de manipostería bas­tante endeble. De ella se conservan algunos torreones prismáticos, así como las puertas de Santiago y de San Andrés. Esta última, rehecha en los primeros años del siglo xvi por don Diego Velasco, condestable de Castilla, es en la actualidad el monumento más representativo de la población, caracterizada por otra parte por ser la pri­mera de España que en 1466 formuló el voto en defensa de la Inmaculada Concepción, mucho antes de que fue­ra declarada esta verdad católica como dogma de fe. Son muy interesantes sus iglesias mudejares. Resalta entre ellas las de San Miguel, originaria del siglo xn, con reta­blo del siglo xv. La de San Nicolás es del siglo xm. La de San Pedro alberga la capilla de los Castañones del siglo xvi y un par de sepulcros del siglo xvn. La iglesia de San­tiago es del siglo xn y posee varias imágenes de los si­glos xm y xiv. Pese a haberse hundido la iglesia de Santa María la Antigua, también del siglo xn, conserva tres áb­sides decorados con arquerías ciegas.

En Benavente hay que ver el castillo de la Mota, en el que celebró cortes, Alfonso IX, en 1202, que pasó a ser del señorío de los Pimentel y que hoy es Parador de Tu­rismo. La torre del Caracol es obra del siglo xvi y es be­llo edificio gótico-renacentista, con valioso artesonado procedente de otro monumento. La iglesia de Santa Ma­ría del Azogue es el principal monumento artístico de Benavente y su construcción se le atribuye a Fernando II hacia 1180. El nombre de Azogue deriva del vocablo ára­be que significa Mercado. Tiene cinco bellos ábsides semicirculares y en los motivos de su decoración se ob­serva una clara influencia cisterciense. Sus tres puertas son otras tantas maravillosas y originales obras de arte. Destaca en su interior una imagen románica de la Vir­gen con el Niño, así como el conjunto de la Anunciación, en piedra policromada. La iglesia de San Juan del Mer­cado fue iniciada por doña Eldoncia, hija de los condes Osorio y Teresa, en 1181, y presenta un estilo románico aún más puro que la de Santa María. El templo tiene tres portadas y sobresale la del sur, con ciertas semejanzas con la del pórtico de la Gloria, de Santiago de Compos-tela. El tema central de su tímpano es la adoración de los Reyes Magos. Son excepcionales sus seis estatuas adosadas a las columnas. En el interior de la iglesia se encuentran restos de pintura, y una representa a la Virgen con su hijo muerto. El Hospital de la Piedad, del si­glo xvi, es uno de los muchos que tuvo la ciudad y su fachada es buena muestra del arte del renacimiento es­pañol. La visita ha de incluir la de las iglesias de San Andrés, la ermita de la Soledad y el convento de Santa Clara.

 

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