La Coruña

La Coruña

Las huellas de la presencia de los judíos en Galicia son muchas, están científicamente constatadas y además son bien perceptibles. Por su carácter peculiar, y a título de ejemplo, referimos la costumbre existente hasta tiem­pos recientes relativa a dejarse la barba los hombres despues de la muerte y entierro de un familiar cercano, tal y como está previsto en las prescripciones judaicas. El acentuado culto a los muertos y a la pompa fúnebre tan característica de Galicia, lo es también de la comunidad hebrea. La costumbre de enterrar en tierra virgen que se ha encontrado en algunas comarcas de Galicia, la entra­ñable atención a los cementerios y la reverencia a la memoria de los fallecidos son signos representativamente judíos. El gusto de la emigración, la movilidad instintiva, la inteligencia y habilidad, la desconfianza y el senti­do del ahorro, el sentido de lo religioso, la añoranza de la tierra, la clericalización de la sociedad, el carácter prolífico de ambos pueblos…, entreabren las puertas de la comprensión y entendimiento mutuo entre judíos y ga­llegos.

El hecho solo de la intensa vida comercial que tuvo La Coruña a lo largo de su historia aporta elementos muy valiosos para vislumbrar la presencia y la actividad de la comunidad judía de esta ciudad. En ella se descubrieron diversos epitafios hebreos, cuyas inscripciones no son posteriores al siglo XII, lo que manifiesta la antigüedad de la población hebrea. Las lápidas, tres o cuatro, fue­ron halladas en 1869 «en el corralón de la Palloza, fren­te al islote de la bahía de La Coruña, llamado Isla de los Judíos». Las inscripciones, aunque muy incompletas, dan la impresión de pertenecer a un cementerio. La misma escritora doña Emilia Pardo Bazán aventuraba la idea de que «su ubicación era la de la calle de la Sinagoga, cuya casa número 4 ocupa el emplazamiento del que fue san­tuario israelítico; del cual sólo muestran ahora una cis­terna abierta en la peña viva, y en ella un manantial de agua clara».

Se citaron entonces, en 1869, como otros tantos re­cuerdos hebreos en La Coruña, las calles de la Sinagoga, la Cisterna y los Sepulcros. Y no son muchos más y cier­tamente muy vagos, los recuerdos judíos que perduran en esta ciudad. Parece cierto que ocuparon el barrio co­nocido como A Rabiada, encontrándose al sur la Pena dos Xudios, donde fueron descubiertas las lápidas con caracteres aljamiados, y en cuyos aledaños se encontra­ba el barrio de La Palloza, hoy ya absorbido por nuevas viviendas. Desaparecieron también los restos aludidos de la sinagoga y de la cisterna, de la que por cierto corrían legendarios rumores de que por un largo túnel llegaban los judíos hasta la iglesia de Santa María para robar las hostias consagradas y efectuar con ellos sus hechizos. Hay documentación segura de la contribución que apor­taron en una ocasión los judíos coruñeses a la aljama de Murcia. Es dato significativo también el hecho de que la Biblia Iluminada de Kennicot, terminada en 1486, «para Isa Ishaq, hijo de Salomón de Braga», procedía de La Coruña.

En la visita a La Coruña nos acompaña la estrofa melancólica de esta letrilla: «Si tuvera que escoller,/ou non sei que escolleria/ou entrar na Coruña de noite/ou en­trar no ceo de dia». Y la visita se puede iniciar por la puerta Real, iglesia de Santiago, con su imagen poli­cromada del siglo XIII, Real Academia Gallega, Capi­tanía General, Fuente del Deseo, y colegiata de Santa María del Campo, obra románico-gótica en la que des­taca la puerta de la Epifanía. La ruta da oportunidad de admirar el Cruceiro, palacio de Cornide, Museo de Arte de la Colegiata, calle de Herrerías con el recuer­do para la heroína María Pita, puerta de Aires, plazuela de las Bárbaras, conventos de las Clarisas y de Santo Domingo, Casa de la Moneda y capilla del Rosario con la imagen de la patrona de la población. En las cerca­nías se hallan la Casa de la Cultura, Biblioteca y Ar­chivo del Reino de Galicia, jardín de San Carlos, ca­pilla de la Venerable Orden Tercera, Museo Militar, Paseo Marítimo y Club Náutico y monumento al Emi­grante.

La ruta sigue sus pasos hacia el castillo de San Antón, Museo Histórico e Arqueológico, Puerta Real y capilla de San Andrés. Son dignas de admiración las galerías de la Marina, exponentes muy típicos de la ciudad. Lo son tam­bién la casa de Paredes, Cantón Grande, Obelisco, jardi­nes de Méndez Núñez, monumento a Curro Enríquez, Quiosco Alfonso, calle Real, iglesia de San Nicolás, Mu­seo de Bellas Artes, templo y convento de Capuchinas, plaza de España, iglesia de San Jorge, plaza del Humor, plaza de María Pita y Ayuntamiento y su colección de relojes. Otros lugares de interés son también el Paseo Marítimo, cementerio de San Amaro, Casa Rey, Casa de las Ciencias, Planetario, iglesia de San Francisco, castro de Elviña…

 

Y mención muy particular reclama y merece la torre de Hércules, faro romano atribuido al arquitecto lusita­no Cayo Servi Lupo a comienzos del siglo II convertido en fortaleza con el paso del tiempo y, desaparecido el faro de Alejandría —una de las maravillas de la antigüedad—, el único faro romano todavía en servicio en el mundo, como prueba de solidez y perdurabilidad netamente ro­manas. Es el símbolo más conocido y elocuente de la ciu­dad coruñesa y que por sí solo justifica una visita desde cualquier consideración y cultura.

Ares

Con nutrida representación de obispos gallegos se celebró el año 585 el III Concilio de Toledo, en el reina­do de Recaredo, y en él se condenó la doctrina de Arrio y a la vez se dictaron varios cánones contra los judíos. En el número XIV, y bajo el título De Judeis, se decidía lo siguiente: «No les está permitido a los judíos tener esposas ni concubinas cristianas, ni comprar esclavos cristianos para usos propios, y si de tales uniones na­cieran hijos, condúzcaseles al bautismo; que no se les otorgue cargos públicos, en virtud de los cuales tengan ocasión de poner pena a los cristianos y si algunos cris­tianos han sido deshonrados por ellos, por los ritos ju­díos y circuncidados, vuelvan a la religión cristiana y otorgúeseles la libertad sin rescate alguno». En las Le­yes 3 y 4a de Las Siete Partidas recopiladas por Alfonso X el Sabio, se escribía que «Ningún judío ni judía no sea osado de criar fijo de cristiano nin de cristiana nin de dar su fijo a criar a cristiano nin a cristiana; et el que lo ficiere peche cinqüenta maravedís al rey, et non lo faga más».

Pero las relaciones entre judíos y cristianos fueron normalmente de relativa convivencia en Galicia. Mención sobresaliente reclama la de los judíos del pueblo de Ares, no lejos de La Coruña, cuya judería fue poblada precisa­mente por judíos procedentes de Monforte de Lemos y a los que en reducidos sectores se les solía conocer como «bichos». La configuración arquitectónica de parte de la villa de Ares invita todavía a creer que los judíos habita­ron en un barrio cuya nota destacada son las pilastras y los porches de las casas, que les confiere un aspecto muy típico y singular. El barrio a la izquierda de la avenida de Murgardos, está situado al oeste del pueblo y es habi­tado mayoritariamente por gente del mar. Es tradición que la iglesia de Santa Eulalia de Lubre, a un kilómetro del casco de la villa, guarda reminiscencias propias de la antigua sinagoga, con arcos de herradura, siendo más que probable que fuera acomodada para el culto cristiano, a raíz de la promulgación del Edicto de Expulsión por parte de los Reyes Católicos, dado que la iglesia se tiene cata­logada como tal a finales del siglo xv, si bien da la im­presión de que es obra del siglo xvi.

El talante comercial de los habitantes de Ares está muy definido y todavía está vigente el recuerdo de quie­nes conducían «recuas» de yeguas que transportaban la sal y los salazones hacia el interior de la Península. También hay constancia de que desde la población de Ares era transportado el vino a países como Inglaterra. Ares fue siempre cita de comerciantes procedentes de las más variadas regiones españolas.

Por si algo faltara para descubrir con mayor perfec­ción los perfiles típicamente judíos de los habitantes de Ares, hay que referir que de esta villa procedía Juan Ares, platero muy principal que vivió en Santiago de Compos-tela en el año 1549 y que «labró la cruz de plata que pesó cinco marcos y catorce reales y medio de plata». La pro­fesión de plateros es propiamente judía.

A la Virgen de Chanteiro se le profesa gran devoción en el pueblo y es muy concurrida la romería que se or­ganiza a su ermita, de la que hay constancia ya en el si­glo XIV. En agradecimiento por haber salvado a El Ferrol de una epidemia de peste a principios del siglo XV, sus habitantes formularon el llamado Voto de Chanteiro, que incluía la peregrinación a esta ermita, aunque después, en 1839, tal voto se pasó a la iglesia del Socorro del mis­mo Ferrol. Las típicas casas de Ares conservan el sabor de la vieja judería, con sus balconadas de madera. Sus calles se cubren de alfombras florales el día de la proce­sión del Corpus Christi.

La visita a Ares hay que aprovecharla para visitar sus playas, entre las Puntas Coitelada y do Segaño, con la cala de Chanteiro y ermita gótica de la Merced.

Puentedeume es cita obligada con sentido turístico para quienes efectúen una visita a Ares. Es centro vera­niego de la costa coruñesa, que conserva además un con­junto histórico de cierto interés. Y en el que los recuer­dos de los condes de Andrade se hacen presentes de muchas maneras, muy favorables y agradecidas en el caso de Fernán Pérez de Andrade «O Bó» y muy desdichadas en el de su sucesor Ñuño Freiré, «O Mao», contra el que se alzó la «Irmandade Fusquenlla», o loca, en 1413. Com­puesta por campesinos, burgueses y artesanos y capita­neada por Roí Xordo, y cuyas luchas hicieron que las aguas del Eume bajaran teñidas de rojo por tanta sangre como en ella era derramada.

En Puentedeume hay que recorrer la Rúa Real y visi­tar el Ayuntamiento, palacio de Raxoi —el gran arzobis­po compostelano nacido en esta población—, restos del convento de San Agustín, capilla de las Virtudes, «praza do Conde», torreón de los Andrade, Paseo Marítimo y playa de la Magdalena. Reclama atención singular el puente tendido por Fernán Pérez de Andrade entre los años 1380 y 1386, que fue el mayor de España durante la Edad Media, con sus 72 arcos y 800 metros de largo, con torre defensiva, ermita del Espíritu Santo y hospital para peregrinos jacobeos. En un Tajamar se situaban el oso y el jabalí, emblemas de los Andrade. En Puente­deume hay que degustar los mariscos de la ría y la ex­quisita repostería con melindres almendrados y la «pro­pia» mantecada y la bizcochada. Las fiestas de las Virtudes y San Nicolás de Tolentino tienen el atractivo especial de la florida romería fluvial por el Eume.

 

Santiago de Compostela

El Pórtico de la Gloria en la catedral compostelana es uno de los símbolos más representativos y que mejor definen la ciudad del Apóstol. Santiago es en gran parte lo que es y significa el Pórtico de la Gloria, obra singular del maestro Mateo, ejemplo maravilloso de arte y de com­posición. El maestro Mateo, del que apenas sí se conoce otra cosa que esta prodigiosa obra, parece seguro que era judío o al menos, converso. El llamado Santo dos croques ante el que los peregrinos dan la cabezada como señal de arrepentimiento, arrodillado en la base del parteluz y mirando hacia el altar del apóstol, hizo aparecer en el Pórtico elementos antiquísimos como los monstruos pro­cedentes de Asiría, leones de Caldea, representaciones de Adán y conceptos, visiones y revelaciones de la Sagrada Escritura. Destaca en su obra el llamado Árbol de David o de Jessé, en el que está representada la genealogía de Cristo, según el profeta Isaías, acompañado de figuras bíblicas, con diversidad de representaciones arrancadas de la Biblia que pregonan con certeza la formación y el espíritu hebreo de su autor. También de la puerta de las Platerías, esculpida por el mismo maestro Mateo, puede proclamarse lo mismo, sobre todo con la imagen del majestuoso David. El dominio del simbolismo bíblico, su conocimiento de las Escrituras, la fuerza y el poder que emanan de los personajes representados y multitud de razones dan a entender la procedencia judía del autor, probablemente converso, dado que la escultura les esta­ba prohibida por la ley de Moisés a los judíos.

Santiago de Compostela es judía porque judío fue el apóstol Santiago y sus discípulos y porque un judío pa­ñero fue quien salvó al arzobispo Gelmírez de una muerte segura, porque los peregrinos cantaban el himno al após­tol en las lenguas sabias, griego, hebreo y latín, porque era mucho el dinero que se contaba alrededor del sepul­cro del apóstol, porque ya a principios del siglo xi los judíos poblaban Galicia y por otras muchas y documen­tadas razones más, entre las que sobresale el hecho de ser término y justificación de los largos, piadosos y aún rentables Caminos, con mención muy particular para el llamado Camino Francés.

La localización de la aljama de Santiago de Compos-tela no resulta difícil en los aledaños de la catedral, puer­tas de Platerías y Azabachería, con su producción y co­mercio de objetos piadosos. Las calles Cervantes, Troya —con la supuesta procedencia de Torah—, de Algalias de Arriba y Abajo, Jerusalén, Truques… parecen procla­mar con inteligible claridad la existencia del barrio ju­dío en su demarcación… Aunque no quede rastro alguno de la presencia de la sinagoga, del cementerio y de otros edificios al servicio de la comunidad hebrea, la configu­ración arquitectónica de muchas calles y plazas delata el carácter judío de buena parte de la población, meta y aspiración religiosa identificable con la «Jerusalén celes­te» de la Biblia y del mensaje evangélico. Es difícil en­contrar otra población española con tantos perfiles y reminiscencias judías como Santiago de Compostela, so­bre todo en la multiplicidad menestral de artes y oficios en los que ellos eran sus máximos y seguros exponentes.

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La ciudad compostelana de Santiago —Ciudad Patri­monio de la Humanidad— resulta inabarcable. Su visita no puede ser enmarcada en un solo período de tiempo. Son muchos y muy ricos los motivos turísticos. En un elemental y sucinto resumen de ellos, hay que partir de la catedral-basílica dedicada al apóstol Santiago, con el sepulcro, la grandiosidad monumental de la fachada del Obradoiro, puerta de la Acibecheria, Altar Mayor, capi­llas, oratorio de la Corticela, Museo Catedralicio, capilla de las Reliquias, botafumeiro, panteón Real, claustro, biblioteca, sala capitular, archivo, torre Berenguela, pa­lacio de Gelmírez…

La ruta tiene en cuenta el pazo de Raxoi, sede del ayuntamiento y de la presidencia de la Xunta de Galicia, el Hospital Real y su iglesia isabelina con portada plateresca, iglesia de las Angustias de Abajo con fachada barroca, San Xerome hoy rectorado de la Universidad, monasterio de San Martín Pinado con su fachada-reta­blo y el Cristo de la Paciencia, casa de la Parra, casa de la Conga, casa del Cabildo, Fuente de los Caballos, to­rres del Tesoro y de la Corona…

La visita a Santiago tiene capítulos callejeros de tan­to interés y valor como las Rúas de Franco y la Raiña, unidas ambas en la florida plaza de Fonseca, con sus le­yendas y episodios históricos tan singulares y el palacio de Bendaña. En la Rúa do Vilar aparece el estrecho ca­llejón de Entre Rúas, llamado también del Pañuelo por sus limitadas proporciones. La Rúa Nova es la más no­ble de las cuatro rúas principales, con los palacios de los marqueses de Santa Cruz, el de los condes de Ramiráns y la casa das Palomas. La iglesia de Santa María Salomé, con su porche del siglo xv, flanqueado por la imagen gó­tica de la Anunciación. El nombre de la Rúa das Orfas procede del colegio-convento de Nuestra Señora del Re­medio o de las Huérfanas.

Otros monumentos y lugares dignos de admiración son el convento de San Paio de Antealtares, Universidad, arco de Mazarelos, templo de San Fiz de Solovio, San Agustín, Santa María do Camino, Casas Reais, Capilla de las Animas, San Bieito, palacio de Aamarante, San Mi­guel dos Agros, Museo de la Tuna, monasterio de Belvís, puerta do Camino, convento de Santo Domingo, Museo do Pobo Galego, conventos del Carmen, de las Clarisas, convento y de San Francisco, tumba de Cotolai, y esta­tua del santo, San Lourenzo de Trasouto, colegiata de Santa María del Sar, paseo da Ferradura con el monu­mento a Rosalía,… palacio de congresos de San Lázaro.

Noia

Nuestra ruta turística por la España judía pasa y se detiene en esos instantes en uno de sus lugares más le­gendarios y mágicos. Para descubrir la huella judía en Noia en la provincia de La Coruña, y en sus alrededores, no hay otra solución que la de recurrir a la leyenda. Las creencias en ellas, así como el cierto y aun menguado carácter histórico que ellas pueden tener, serán las encargadas de entreabrirnos las puertas a tantas sorpre­sas, como la presencia judía dejó en Noia, desde tiem­pos muy misteriosos y remotos, cuya interpretación difí­cilmente se hará asequible sobre todo a quienes se fíen sólo de los ojos y de las constataciones documentales.

No son pocos los historiadores de siglos pasados que reflejan al menos la procedencia hebrea del pueblo ga­llego como poblador de este país. Se afirma que el año 2332 a.C, y 84 después del Diluvio Universal, llegó Túbal a España, procedente de los campos de Sennar, región del Asia situada entre el Tigris y el Eufrates. Siendo difí­cil señalar el camino que recorrió en su periplo se sugie­re que Túbal o Thobel desembarcó en Setúbal, en la desembocadura del Tajo, cuya etimología podía respon­der a los términos seth, que significa postura o asiento y Túbal, su nombre. Túbal era nieto de Noé, el personaje bíblico que se salvó del Diluvio y que desembarcó preci­samente en el punto más céntrico de la región hidrográ­fica de la península ibérica, que es exactamente Setúbal. El mismo Flavio Josefo, historiador judío del siglo i d.C, nacido en Jerusalén el año 37, intentó explicar esta noti­cia, desde perspectivas bíblicas. De la misma opinión parece ser también San Jerónimo. Los thobelos, descen­dientes de Túbal, se extendieron por diversas regiones de España. Ibero, Idúveda y Brigo poblaron diversas comar­cas. A Brigo le correspondería Galicia, y daría nombre a la raza brigantina. Entre los cabos Finisterre y Ortegal todavía perdura en la actualidad el pazo do Rei Brigo. El culto de los brigantinos a los bosques sagrados o lum­bres, fue aceptado en parte por los romanos con el nom­bre de Lucos, de donde procedería la ciudad de Lugo. De ahí a deducir que el primer idioma de Galicia fue el hebreo, hay tan sólo un paso.

Y por lo que respecta a Noia, su fundación se le debe al mismo Noé «el segundo padre del mundo», tal y como aventura la fantástica historia-leyenda. Noia conserva por armas la barca de Noé nadando sobre las aguas del Di­luvio. Asomando éste su cabeza por una ventana, mira la paloma que vuelve con una rama de olivo en el pico.

 

Etimológicamente Noia procedería del nombre de Noé. El mismo historiador Estrabón la denomina Noevia y Plinio la llama Noeglia, pasando posteriormente a llamar­se Noeya. También el humanista y gramático Antonio Nebrija creyó que Noia fuera fundada por el patriarca Noé.

De todas formas en algunas lápidas del cementerio de Santa María de Noia se perciben mensajes esotéricos muy singulares, y es fama que el monte Barbanza fuera exactamente el lugar en el que se asentó el arca de Noé. Este convencimiento explicó la existencia en la población de una judería muy floreciente de la que no quedan in­dicios.

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Entre tanto como hay que visitar en Noia —la peque­ña Florencia gallega— resaltamos sus jardines y alame­das, su Ayuntamiento, el convento de San Francisco, la puerta del antiguo hospital de Peregrinos y la iglesia con sepulcros de la Edad Media. Merecen atención artística el Caserón Várela-Radio, la casa do Calvario… La iglesia de Santa María a Nova es de estilo gótico y la tierra de su cementerio se dice que fue traída desde Palestina. En la iglesia se ubica el Museo das Laudas Gremiais, con unos 200 ejemplares. En el cementerio se asientan dos bellos cruceiros, uno de ellos es gótico. El del Cristo do Humilladoiro se halla bajo un baldaquino. Otros edifi­cios singulares en Noia son el palacio de los García Suá-rez, hospital de Sancti Spiritus, Casa da Xamba… La igle­sia de San Martiño es de estilo gótico, fue construida por el arzobispo Lope de Mendoza en el siglo xv. Es monu­mental su fachada occidental, cuya portada está decora­da con las estatuas de los doce apóstoles y otros perso­najes bíblicos. Su rosetón está rodeado por ángeles trompeteros. El pulpito es del siglo xvi. La capilla de Valderrama se cubre con bóveda estrellada. La ruta tu­rística por Noia se completa con la casa da Costa, el puen­te del Tramba, la casa «revival» de Caamaño, y en sus cercanías, los pazos de Bergondo y Peña de Ouro.

 

Al otro de la ría se encuentra Muros, perteneciente a la Mitra compostelana y fortificado por los tres arzobis­pos Fonseca. Hay que visitar varios caserones góticos, y la torre de la ex colegiata de San Pedro en la que resulta patética la imagen gótica del Santo Cristo de la Agonía. La pila de agua bendita tiene la curiosa forma de ser­piente en espiral y una y otro son temas de leyendas y de simbolismos. Los estrechos callejones que van a la mar tienen nombres tan románticos, sugerentes y limpios como estos: Rosal, Clavel, Soledad, Paciencia, Salud, Esperanza, Venus, Sufrimiento, Ángel… El Santuario de Nosa Señora do Camino es de estilo gótico. En las faldas del monte Oroso se encuentra el convento de San Fran­cisco de Rial con su peculiar Via-Crucis, y buena vista de Louro y de parte de la costa.

 

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