Lugo

Lugo

Tanto la historia como la leyenda se dan misteriosa­mente la mano en Galicia a la hora de apuntar y acumular argumentos para intentar demostrar los antecedentes he­breos del pueblo gallego. Nombres de personas, ciudades, lugares y pueblos se adscriben a etimologías hebreas y en el ancho y rico capítulo de costumbres y fiestas las huellas judías se encuentran con facilidad y sin sensa­ción de sorpresa alguna. Por ejemplo, las ceremonias matrimoniales recuerdan aspectos del ritual de las bo­das judías. Se han hecho estudios muy serios en los que se recuentan esas costumbres y se hacen comparaciones muy sustanciosas y justas. Sorprende de forma concreta la práctica antes bastante común de la abstinencia sexual post connubium de uno a ocho días, tal y como señala la Biblia en el Libro de Tobías (VIII.4), costumbre que tam­bién pervive en pueblos primitivos como los tuareg del Hoggar. La referencia a los casos de coito en el mismo si­tio en el que fue hallada muerta una persona podría signi­ficar el afán de engendrar vida en el sitio de la muerte…

La situación de Lugo, Lucus Augusti —entre el mar y las tierras de la meseta—, paso obligado de Galicia hacia Castilla y León, explica la existencia de su judería, que se aprovechó también de los peregrinos del Camino Francés que hacían uso de uno de sus ramales gallegos. La solidez de sus murallas, monumento único en el mun­do, fue también estimada como refugio ante posibles per­secuciones. En las cercanías de la antigua puerta llama­da del Carmen o Miña, hay una estructura urbanística que ofrece indicios muy ciertos de la presencia de la co­munidad judía en la población. Numerosos rincones con­servan el sabor específico con recuerdos seguros para las juderías de la Edad Media. La huella hebrea perdura por estos lugares con nombres tan inequívocos como el Ca­rril de los Judíos, calle de los Bautizadores… Las calles Tiñerías, Pombal, Falcón, Hortigas, Pozo de la Pingúela, Ramalla, Miño, Rúa Nova, Sol… podrían muy bien con­figurar los límites de la judería. A tales calles se alude frecuentemente en los estudios históricos lucenses como Barrio de los Judíos. La asignación de las calles de de­terminados nombres referidos a tantos oficios o activi­dades artesanales propias de los judíos, resulta ser tam­bién prueba firme de su presencia en las mismas. La calle de la Cruz, cercana a la catedral, puede también haber sido habitada por judíos. Este nombre recibían las ca­lles después de haber sido ellos expulsados. En el Cam­po Castillo se ubicaría la casa de la Inquisición. La plaza del Campo tiene reminiscencias judías muy acusadas. En su centro se erigió una fuente coronada por la estatua de San Vicente Ferrer —santo valenciano— en actitud de predicar a los judíos, tal vez en el mismo centro de su aljama.

La noticia más antigua de la presencia judía en Lugo se remonta al siglo xra. En un calendario del año 1230 se dice que en una casa de la Rúa Nova, junto a la del obispo, solían morar los «iudei». Otros no obstante con cierta ingenuidad interpretan que «iudei» (judíos) son «iudices», con alusión a los jueces eclesiásticos de la ciu­dad.

 

Las murallas —hoy Patrimonio de la Humanidad— constituyen el mejor recinto defensivo de la época roma­na conservado en todo el mundo. Tiene 2.100 metros de largo, con 72 cubos enteros y una altura media de 10 a 15 metros. Entre las diez entradas actuales hay que des­tacar la puerta de Miña o del Carmen, la Nova, de San Pedro o Toledana, de Santiago y la Falsa. Desde su pa­seo de ronda se divisan bellas panorámicas. La puerta de Santiago lleva a la catedral de Santa María, con su monumental fachada neoclásica. El templo es de estilo románico-gótico y fue iniciado en 1129. Entre sus capi­llas destaca la de la imagen gótica de Nosa Señora dos Olios Grandes. El retablo Mayor es de Cornelis de Ho­landa. La catedral disfruta del privilegio de tener el San­tísimo Sacramento siempre expuesto. La sillería del coro es obra de gran interés artístico. El Cristo Majestad es del siglo xiii. La visita lleva al palacio Episcopal y a la típica praza do Campo. El ex convento de San Francis­co, Museo Provincial, posee las mejores instalaciones de Galicia, con claustro gótico del siglo xv, refectorio y co­cina y ricas colecciones.

La ruta sigue indicándole al visitante la iglesia del convento de los Predicadores, hoy de las Agustinas, con su sacristía barroca, una columna dedicada al Bimilenario, edificio de la Diputación Provincial, iglesia barroca de San Froilán, rúa da Raiña, templo A Nova, Alameda, Círculo de Bellas Artes, Seminario y Cantones. Extramuros de la población, se hallan el parque de Ro­salía de Castro, mirador sobre el Miño, parque de Frigsa, auditorio y, en el barrio de A Ponte, las Caldas de Lugo, con aguas termales bicarbonatadas y sulfuradas, cuyas propiedades fueron explotadas ya por los romanos, lo que explica que el actual hotel se asiente sobre unas termas de las que quedan tres salas.

En los alrededores de Lugo merecen ser visitados el pazo de O Corgo, el centro artesanal de Bonxe y el tem­plo paleocristiano de Santa Baia de Bóveda. Se trata de un edificio enigmático, con pórtico con arco de he­rradura, bóveda con pinturas murales de temática vege­tal y pájaros. Algunos lo datan en el siglo IV o V y hay quienes dicen que pudo ser un edificio para el culto pa­gano en relación con las aguas, que se hallan presentes en una piscina interior entre columnas de mármol. Es uno de los edificios más misteriosos y sugerentes de España.

Monforte de Lemos

La tolerancia fue nota característica en la conviven­cia entre judíos y cristianos en Galicia. Precisamente en Las Partidas de Alfonso X el Sabio, que residió algún tiempo en Allariz donde recopiló sus Cantigas, en la Ley 4, tit. y part. VII se dice literalmente que «porque la sinagoga es casa do se loa el nombre de Dios, defen­demos que ningún christiano non sea osado de la que­brantar. Nin de sacar, nin de tomar ende ninguna cosa por fuerca, güeras si algún orne malfechor se acogiese a ella; ca a este atal bien le pueden hi prender para lo lle­var ante la justicia. Otrosí mandamos que los christianos non metan hi bestias, nin posen en ellas, nin fagan em­bargos a los judíos, mientras que hi estuvieren faciendo pracion segunt su ley».

El auge de la judería de Monforte de Lemos se debe sobre todo a su cercanía del monasterio de San Vicente del Pino y a la presencia de los condes de Lemos, sus protectores. Las ferias y la riqueza agrícola de la comar­ca completan las razones de la presencia judía. Fueron tan numerosos los judíos en Monforte que se explica que a los habitantes de esta población se les conociera du­rante mucho tiempo como los «judíos con rabo». Una de las huellas más elocuentes del paso de los judíos por Monforte es el hecho de que en la sacristía del templo del monasterio de San Vicente del Pino hay una imagen de Santa Ana, del siglo xv, que tiene en su regazo la Vir­gen con el Niño Jesús, representando las caras del zó­calo los personajes bíblicos Salomón, David, Samuel y Jeremías.

El barrio judío de Monforte se localiza en la ladera del monte que sube al castillo y al monasterio de San Vicente del Pino. La relación judíos-señores feudales-igle-sia o monasterio está bien patente también en el caso concreto de Monforte de Lemos. Aunque no sean muchos los recuerdos arquitectónicos judíos que se conservan en Monforte, la tradición judía es intensa en costumbres y en tradiciones. Hay varias referencias documentadas so­bre su presencia en la población y, entre ellas destaca un acuerdo tomado por el cabildo de la catedral de Lugo en 1462 en el que se cita la judería monfortina. Hay re­ferencias también de que fueron los judíos de Monforte los que poblaron «la villa de Ares, que dista una legua del Ferrol y de Puentedeume y cinco de Betanzos», lla­mándoles el pueblo bichos. En el centro de lo que fue judería se descubrió en Monforte una lápida sepulcral hebrea dedicada a Juan Gaibor y a su hijo Jorge, que debieron ser jefes o xudeos de la aljama. La pujanza co­mercial de la ciudad, el sentido emprendedor de sus gen­tes y el alto espíritu cultural y religioso, patrimonio es­pecífico de la raza hebrea, se descubre y percibe con facilidad en Monforte. La calle Calexa sita en el antiguo arrabal, los alrededores del ayuntamiento y la calle de la Cruz, así como el Cristo de la Colada con la leyenda del crimen ritual, son puntos de referencia monfortina típi­camente judíos.

El Mons Fortis monacal y feudal de la Edad Media, se asentó sobre el castro Dactonio citado por Plinio y junto a los benedictinos presentes desde el siglo x convi­vieron los condes-señores de Lemos desde el 1104. Al­fonso XI creó el condado en 1328. Fernando de Castro, Juana de Castro, Inés de Castro, el cardenal humanista Rodrigo de Castro… fueron miembros muy destacados de esta familia, entre los que también hay que citar al séptimo conde de Lemos don Pedro Fernández de Cas­tro, presidente del Consejo Supremo de Indias y virrey de Ñapóles mecenas de Lope de Vega, Góngora, Argen-sola, Quevedo y Cervantes, que le dedicó la segunda par­te del Quijote.

 

El recorrido turístico tiene en cuenta el Colegio de Nuestra Señora la Antigua, fundado por don Rodrigo de Castro, arzobispo de Sevilla. En su iglesia sobresalen la cúpula, el retablo mayor, el sepulcro del Cardenal, los cuadros de San Lorenzo y San Francisco de El Greco, pinturas de Andrea del Sarto… El convento de Clarisas fue fundado el año 1622 por doña Catalina de la Cerda y Sandoval, esposa del conde don Pedro Fernández de Cas­tro, que profesó en él al enviudar. Su museo de arte sa­cro es de los mejores de España en su género. La arque­ta-joyero de cristal de roca es pieza excepcional. Se custodian las tallas del Cristo Yacente y dos Inmaculadas de Gregorio Fernández.

La ruta nos lleva al convento dominico de San Jacin­to, con la iglesia parroquial de Santa María de Régoa, del siglo xvn. En lo alto del monte se alzan la torre del Homenaje del antiguo castillo y otros restos del mismo, procedentes de los siglos xm al xv. Desde la terraza se divisan las bellas panorámicas de Val de Lemos. El mo­nasterio de San Vicente del Pino, con su templo gótico decadente, luce en el altar mayor un interesante lienzo con el martirio del santo. El sepulcro del abad Diego García es del siglo xiv y en torno al mismo se dan cita enigmáticas leyendas. El claustro tiene tres pisos. Del pa­lacio de los condes quedan restos tan sólo.

La estancia en Monforte de Lemos con cualquier oca­sión turística hay que aprovecharla para efectuar una visita a la Ribera Sagrada del Miño.

La Ribeira Sacra que ta buenos vinos produce.
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