Zaragoza

Zaragoza. Calle Urrea (Foto Daniel Makowski)
Zaragoza. Calle Urrea
(Foto Daniel Makowski)

Zaragoza

De los 12.000 judíos pudiera tener el reino de Aragón en sus tiempos más florecientes, unos dos mil pudieron muy bien haber residido en Zaragoza, por lo que su judería es considerada la más importante, sobre todo desde que la de Barcelona comenzó a empequeñecerse. Uno de los acontecimientos de mayor relevancia regis­trados en la aljama zaragozana, que por cierto ya en la época del reino taifa era muy conocida dentro y fuera de España, dio origen a la celebración del llamado Purim de Zaragoza que se celebró como fiesta religiosa de sin­gular importancia en la comunidad.

Zaragoza. Calle de San Miguel (Foto Daniel Makowski)
Zaragoza. Calle de San Miguel
(Foto Daniel Makowski)

Resulta que el 2 de febrero de 1420, al disponerse la ciudad del Ebro a reci­bir con solemnidad al rey Alfonso V, un delator hizo co­rrer la idea de que las cajas con que saludaban los ju­díos al rey no contenían los rollos sagrados de la Tora, en gesto de desprecio a la autoridad real. Al abrir las ca­jas para comprobar la inexistencia de los rollos, todos pudieron percatarse de lo infundada que era la sospecha, con lo que los judíos se libraron de un castigo seguro. El hecho, considerado como milagroso se escribió en un rollo especial que fue guardado en una caja y el día fue declarado nuevo Purim para la aljama.

Zaragoza. Calle Rufas (Foto Daniel Makowski)
Zaragoza. Calle Rufas
(Foto Daniel Makowski)

En Zaragoza —«perla del judaismo hispano»— hubo dos juderías que, en conformidad con los estudios reali­zados, están perfectamente delimitadas, siendo fácil su localización aun a pesar de las transformaciones urba­nísticas propias del paso del tiempo y de las exigencias ciudadanas. Tradicionalmente una de las juderías era conocida como la Judería Cerrada, siendo su época más floreciente la del siglo xn y xm. La muralla romana la cercaba en gran parte. Comprendía las calles siguientes: Don Jaime I, plaza de José Sinués, calles Eusebio Blasco y P. Sastrón, de la Verónica, San Andrés y Gabriel Zaporta, Pedro J. Soler, Santo Dominguito del Val, San Jorge, San Vicente Paul, San Carlos, Marqués de Lazan, Espino, Gallo, Estudios, San Lorenzo, Pelegrin, Mayor…

Zaragoza. Calle Mayor (Foto Daniel Makowski)
Zaragoza. Calle Mayor
(Foto Daniel Makowski)

Seis puertas o postigos ponían en comunicación la jude­ría con el resto de la población. De ellas tres estaban si­tuadas en el muro de piedra y otras tres en el de ladrillo. Cerca del Portal de la Judería se encontraban el castillo de los judíos, la carnicería, hospital y sinagoga mayor. Hay constancia de las casas en las que habitaron impor­tantes familias judías, como la de la Caballería y la de Abenacora. Los callizos recuerdan vivamente la presen­cia judía.

Zaragoza. Mateo Flandro (Foto Daniel Makowski)
Zaragoza. Mateo Flandro
(Foto Daniel Makowski)

Los siete callizos de la judería nueva entre el Coso y la calle de San Miguel podrían muy bien coincidir con estos: Comandante Repolles, Mateo Frandro, Hermanos Ibarra, Rufas, Urrea, Santa Catalina y Juan Porcel. Es­tas calles recibieron en los diversos tiempos otros nom­bres, resaltando los de Callizo Primero o del Arco, Del Medio, o de la Sinoga y Zaguero, que era el más alejado de la puerta Ferriza, llamado también de Santa Catali­na.

Zaragoza. Hermanos Ibarra (Foto Daniel Makowski)
Zaragoza. Hermanos Ibarra
(Foto Daniel Makowski)

La ruta turística con carácter judío por la ciudad de Zaragoza tiene en cuenta la ubicación de sus sinagogas, de las que al menos de seis hay cumplida y documenta­da referencia. La Mayor se ubicaba en la plaza de la Judería, en el lugar del seminario de San Carlos. Era conocida también como «sinoga de las mujeres de la sinoga mayor». Los jesuítas la adquirieron, con lo que vuelve a confirmarse el afán de la Compañía de Jesús por asentar sus lugares de culto y de estudios sobre otros que habían sido judíos.

Zaragoza. Calle de San Andrés (Foto Daniel Makowski)
Zaragoza. Calle de San Andrés
(Foto Daniel Makowski)

De la sinagoga Menor se sabe que estaba en el barrio de San Gil, tal vez donde hoy está la plaza de José Sinués o en la calle de San Andrés, confirmándose también la relación de este apóstol con los lugares ju­díos. La sinagoga Nueva o de Becorolim estaba situada en la antigua calle de los Torneros, hoy de la Verónica. La sinagoga de los Callizos habría que buscarla en la confluencia de la calle Juan Porcel con el Coso. No está localizada la sinagoga de Bienvenist o Biembies, aunque pudiera haber estado en la calle de Gabriel Zaporta.

Zaragoza. Calle de San Vicente de Paul (Foto Daniel Makowski)
Zaragoza. Calle de San Vicente de Paul
(Foto Daniel Makowski)

En­tre las calles de Santo Dominguito del Val y de San Vi­cente Paul pudo haber estado la sinagoga del Talmud Tora. Es posible que también estuviera registrada una sinagoga particular, propiedad de los curtidores. La desa­parecida iglesia de San Andrés pudo también haber sido antes sinagoga.

Zaragoza. Calle de Santo Dominguito del Val (Foto Daniel Makowski)
Zaragoza. Calle de Santo Dominguito del Val
(Foto Daniel Makowski)

Hay referencias de varios hospitales judíos, como el que se ubicara en la plaza de San Carlos. En el sótano de la casa del Coso, número 132, se hallan los Baños lla­mados Baños del Rey, de procedencia y adscripción ju­días. El cementerio se encontraría probablemente en el término de Miralbueno, cerca de la estación de ferroca­rril del Portillo. En el palacio de la Alfajería actuó el Tri­bunal de la Inquisición, tomando decisiones que frecuen­temente repercutieron contra los judíos. La ruta turística de los recuerdos zaragozanos pasará y se detendrá en este lugar, al igual que en los archivos de la Seo y de Proto­colos Notariales en los que se conserva y puede estudiarse tanta documentación relacionada con los judíos, así como textos hebreos. Natural de Zaragoza fue Abraham Abrefalia (s. XIII) destacado cabalista.

Zaragoza. Vista general del Pilar, junto al río Ebro.
Zaragoza. Vista general del Pilar, junto al río Ebro.

La visita a Zaragoza tendrá además en cuenta al me­nos la Basílica y Santa Capilla del Pilar, la Seo, Ayunta­miento, diversas parroquias, iglesia de Santa Engracia y sus sarcófagos cristiano-romanos, palacio de la Alfajería, multitud de palacios, Museo Camón Aznar, Museo de Tapices, Museo de Pablo Gargallo, Museo de Historia de la Ciudad, Audiencia, Casa de la Maestranza con su pa­tio de la Infanta…

Calatayud

Con lenguaje profundamente religioso, transido de esperanza y de fe en la salvación definitiva y crucial de su pueblo, en una lápida del cementerio judío de Girona que se conserva en el Museo Arqueológico de Sant Pere de Galligants de esa ciudad y que puede muy bien ser significativa en la trayectoria existencial de la mayo­ría de los judíos, se dice expresamente: «Pacífico fui du­rante mi existencia/y desde un principio/preseas allegó mi mano;/cua do vino mi fin la luz aun me circundó/el dia en que fui convocado para volver a mi fundamento./ Túmulo funerario de R. Sidgia, hijo de R. Selomó/su mamoria sea para la vida eterna./Fue vertida su lámpara y se congregó a su pueblo en el mes de Sebat del año (5) 131. (a 1371).

Placa de la calle de la Torre Mocha, en la judería de Calatayud. (Foto Michel Arenas)

Placa de la calle de la Torre Mocha, en la judería de Calatayud. (Foto Michel Arenas)

Calatayud es hoy la segunda ciudad en importancia de la provincia de Zaragoza y su judería fue una de las más antiguas y numerosas. Aunque en realidad su em­plazamiento no responde con el de la romana Bilbilis, patria del poeta satírico hispano-romano Marcial, se con­sidera heredera de la civilización y cultura que se encon­tró y se encuentra en el cercano cerro de la Bámbola en las proximidades de Huérmeda. Conscientes los musul­manes del valor estratégico del lugar, lo fortificaron en el año 716 entre los cerros del Ravelin y del Reloj en el entorno del castillo de Ayyub—Qal, at Ayyub—, del que procede su actual topónimo. Las tropas cristianas de Al­fonso I el Batallador lo conquistaron en 1120 y los ca­balleros hospitalarios y templarios consiguieron en la población partes importantes de la misma a cambio de la ayuda prestada en su reconquista.

Calatayud. Sinagoga Mayor. (Foto Michel Arenas)

De la presencia judía en la ciudad hay ya referencias en el siglo x, tal y como refiere una lápida sepulcral. La importancia de la aljama bilbilitana se aminoró en tiempos de las guerras entre Aragón y Castilla, si bien en las últimas décadas del siglo xiv su número llegó a sobrepa­sar el millar. Las profesiones más frecuentes de sus ha­bitantes judíos eran la de médicos y de comerciantes en paños. Hay constancia también de ilustres judíos rela­cionados con Calatayud, como en el caso de R. Ishaq Arama, autor de la obra Aquedat Ishaq y Hazut Qasa. Sorprendentemente en el Fuero de Calatayud se dice: «Cristiano iuret ad iudeo et ad/super cruce; et judeus juret ad christiano in carta sua Tora tenendo».

La judería de Calatayud parece haberse ubicado jun­to al castillo de Doña Martina o de la Judería, cerca de las iglesias de Santa María y San Andrés, apóstol que parece salvaguardar como por ministerio u oficio las es­peranzas de la colectividad judía. Otros lugares de la ju­dería serían la Cuesta de Santa Ana, plaza de la Higuera, de la Jolea, calles del Recuerdo, Cuartelillo, la Parra y Bañuelo, barrio de la Consolación y Torremocha en la que se encontraba su carnicería. Se habla de tres sina­gogas en la población, convertidas después en iglesias como en el caso de la de San Pablo y en el de la ermita de la Consolación. Junto al barranco de Las Pozas se ubicó el cementerio.

Calatayud. Calle de la Judería.

Calatayud. Calle de la Judería.

La ruta turística por Calatayud ha de tener necesa­riamente en cuenta la presencia de las tres religiones o culturas —musulmana, cristiana y judía— que durante tanto tiempo convivieron en la población, capital del Ja­lón Medio. El castillo de Ayyub es punto obligado de re­ferencia turística en la población, en cuyo entorno hubo además otros cuatro castillos, que formaban una línea defensiva de gran trascendencia estratégica.

Uno de los atractivos con mayor interés turístico es el contenido y manifestado en sus templos de estilo mu­dejar, dado que ejemplares de este estilo como los de Teruel han sido declarados por la Unesco nada menos que como Patrimonio de la Humanidad. La Colegiata de Santa María con su torre octogonal, su claustro y parte de su ábside, es prueba de ello. Otro edificio del mismo estilo es la iglesia de San Pedro de los Francos en la que por cierto se celebraron Cortes Generales en los años 1411 y 1461. En el mismo estilo mudéjar se inscriben las iglesias de Nuestra Señora de la Peña, la colegiata del Santo Sepulcro, San Juan el Real, el antiguo seminario de Nobles y el colegio de la Compañía de Jesús.

Como la ruta turística ha de llevar al visitante a ad­mirar también el resto de los monumentos, ella ha de pasar por la llamada Fuente de la Sisa o de los Ocho Caños, de tiempos de Fernando el Católico, y por la Puer­ta de Terrer, del siglo xvi. Es larga y gloriosa la serie de casonas-palacios con que cuenta Calatayud, entre las que destacan la Casa de los Sesé, Casa de los Pujadas y Casa de los Vezlope. Entre las casonas-palacios de estilo neo­clásico hay que citar la del barón de Warsage.

La ruta turística desde Calatayud se enriquece con la posibilidad de visitar los yacimientos arqueológicos de Bilbilis y poblaciones cercanas como Ariza con su igle­sia parroquial de Santa María la Real y los recuerdos de su judería junto a esta iglesia y a los restos de su an­tiguo castillo y tramos de sus murallas.

Daroca

Al referirnos a Daroca en nuestra visita a la España judía, hay que mencionarla como la Ciudad de los Cor­porales, aunque esta denominación no tenga relación directa con la comunidad judía que habitara en la villa zaragozana y sí con la musulmana. La tradición se re­monta al año 1238 cuando el campamento cristiano ara­gonés situaba el castillo musulmán de Puig de Códol en el valenciano Valle de Chio, en la campaña de don Jaime I el Conquistador. En el citado campamento celebraba en aquellos momentos la santa misa el sacerdote de Daroca Marteo Martínez y, al sonar la alarma, y ser atacados por los musulmanes, se vio obligado a interrumpir la misa, guardó de prisa y corriendo las hostias consagradas en los corporales y las escondió bajo unos matorrales. Al recuperarlas, pasado cierto tiempo, halló con sorpresa que estaban marcados con una cruz de sangre. Al no haber acuerdo acerca de en qué ciudad —Daroca, Calatayud o Teruel— habían de ser depositados los cor­porales del milagro, decidieron cargarlo sobre una muía que en su largo deambular llegó a Daroca, desplomán­dose muerta junto a la iglesia de San Marcos.

Por este hecho tan universalmente conocido y por la situación estratégica de Daroca en la vía de comunica­ción de Córdoba a Zaragoza, de su judería hay ya noti­cias aun en la época musulmana. Éstas aseguran que al menos un quince por ciento de la población era judía, por lo que logró categoría de aljama, fue bastante afec­tada por cierto por los sucesos del año 1391. En la Dis­puta de Tortosa esta aljama estuvo representada también por el famoso rabino Josef Albo, autor de Seferna-Iqqarim. Voluntariamente o a la fuerza bautizos, el hecho es que a raíz de la Disputa de Tortosa de 1413 apenas sí queda­ron judíos en Daroca, aunque Juan II en 1458 ordenó que los habitantes de su judería no vivieran mezclados con los cristianos. Tal vez esta medida fuera general y pura­mente administrativa, sin tener presente la realidad de lo que acontecía en cada una de las poblaciones. El día 3 de agosto de 1492 un tal Domingo Agustín vendió a Juan Jasso «unas casas que solían ser sinoga et un spital en Daroca».

La delimitación de la judería de Daroca parece ajus­tarse, en conformidad con algunos documentos, al «Pozo de San Pedro e la carrera de Mosen Andrés Papalvo, fasta raíz del castiello, e al postigo del Mercado, como dize la muralla, tornando por la carrera de Mosen Lop Vicent, que torna salir al Pozo sobredito». En conformidad con esta descripción la judería coincidiría con la plaza de San Pedro, Peña del Castillo, la plaza del Barrio Nuevo, y calles de Pedro Ciruelo y Pablo Bruna a cuyo conjunto se accede por la Puerta Alta. Otros amplían la judería a las calles Mayor, Caraza y cerro de San Jorge. En la pla­za del Barrio Nuevo o de la Judería es posible que se ubicara la sinagoga.

 

La primera mención documentada que se tiene de Daroca, Daruqa es del año 831, atribuyéndose su funda­ción a los árabes, que estimaron el lugar como propicio estratégicamente en el camino.

Daroca es uno de los lugares más visitados de Ara­gón, dado que en todas las rutas del llamado turismo religioso —que por cierto en Aragón es tan numeroso— Daroca y sus Corporales se encuentran presentes y mu­chas veces como meta. La festividad del Corpus Christi y su Semana de Música Antigua son tiempos y ocasiones propicias para la visita programada desde cualquier lu­gar de España y de algunos extranjeros.

La Puerta Alta y la Puerta Baja son accesos históri­cos para adentrarse en la Ciudad de los Corporales, cuya arteria principal es su calle Mayor. Su perímetro amura­llado es tan sólo similar en su amplitud al de Albarracín en todo Aragón y es dos veces superior a su mismo cas­co urbano. La hermosa Puerta Baja fue embellecida en tiempos de Carlos V. De ese tiempo es también la Fuen­te de los Veinte Caños.

Entre los edificios dignos de consideración destaca la casa de los Luna del siglo xiv: La casa de la Comunidad es del siglo XVIII. La casa de la Cadena es del xvn. La co­legial de Santa María, conocida también como de Nues­tra Señora de los Corporales, de primitiva traza románica, fue construida en el siglo xvi. Conserva de su construc­ción primera la Puerta del Perdón, la torre, el exterior de los ábsides y la capilla de los Corporales. En la iglesia merecen atención también su órgano, uno de los más an­tiguos y mejores de España en el que compuso sus obras el conocido como Ciego de Daroca. Su Museo Parroquial guarda interesantes pinturas y esculturas de los llama­dos primitivos autores aragoneses.

La iglesia de San Juan, de factura románica, fue remodelada en el siglo xm según cánones mudejares. Del siglo xm son también las iglesias de San Miguel y de San­to Domingo, con torre mudejar e interesante museo. Los conventos de Santa Ana, los Escolapios y de las Domini­cas completan la oferta artística y monumental de esta ciudad, que da la impresión de ser un pequeño Vaticano.

 

Tarazona

Aunque no tenga en esta oportunidad relación direc­ta alguna con la gastronomía, hay que referir que siem­pre llevaron merecida fama en las mesas las judías secas de la huerta turiasonense, sobre todo las regadas por las míticas aguas del río Queiles.

De la judería de Tarazona se asegura que fue una de las más numerosas de Aragón, sobre todo en el si­glo xiii. La ubicación de esta ciudad fronteriza entre los reinos de Aragón y Castilla explica su importancia y, por lo tanto, la presencia en ella de una notable alja­ma. Patria de nobles judíos, en ella se refugiaron también otros, cuando arreciaron contra ellos las persecuciones en otras partes de España. Tal es el caso de Semtob ben Ishaq Saprut, médico y escritor. Consta que Tarazona contó con dos juderías, aunque una y otra estuvieran localmente cercanas. Como nuestra ruta por esta ciudad ha de partir de los archivos diocesano capitular y de pro­tocolos de la misma, en ellos es posible deducir que la judería vieja se ubicaba en la calle que todavía es cono­cida como de la Judería, junto a las calles del Conde y Rúa Alta, detrás del palacio episcopal. Podría ampliarse, en conformidad con otros testimonios, también hasta las calles Rúa Alta de Bécquer, Aires, Rúa Baja y plaza de los Arcedianos. Acerca de la ubicación de la llama­da Judería Nueva, parece extenderse esta hacia el Ayuntamiento, plaza de España, plaza de la Merced, calle de Doz, Cuesta de los Arcedianos, y plaza de Nuestra Señora.

En relación con las sinagogas, hay constancia de dos, una de las cuales se ubicaría junto a los templos o en los mismos de Santa María Magdalena y de la Santa Cruz o Virgen de las Mercedes. En tiempos de guerras las caste­llano-aragonesas, las sinagogas, en idéntica proporción a como aconteció con los templos cristianos, fueron en diversas ocasiones destruidas. Del cementerio judío, al­gunos aseveran que se encontraba en la plaza de la Mer­ced, mientras que otros dicen que estaba en la calle de Caldenoguea, detrás de la de las Hoyas o junto a la antigua iglesia del Carmen. En la Rúa Baja podría muy bien encontrarse la carnicería de los judíos.

En el archivo capitular de la catedral son muchos los documentos judíos a consultar para cerciorarse y docu­mentar nuestra estancia durante la visita a Tarazona en las rutas por la España judía.

Si la visita a Tarazona coincide con la celebración de sus fiestas, hay que prestarle atención muy particular en las de San Atilano a su espectacular Cipotegato, perso­naje burlesco que es perseguido por calles y plazas a gol­pe de tomatazos. La comida comunal que tiene lugar en la Romería de Quililay, con subida vecinal a las faldas del Moncayo —mons Caunus (blanco)— es digna de en­comio, por la generosidad y calidad de los alimentos y por su ejemplar sentido participativo.

La existencia en Tarazona de una escuela de traduc­tores puede muy bien hacer presentes ecos y actitudes de la convivencia cultural de tiempos pasados. La visita a la ciudad de Tarazona está marcada por el río Queiles, con sus leyendas, historias y mitos. La catedral fue construida sobre la primitiva capilla mozárabe dedicada a la Virgen de la Hidria o de la Huerta. Fue fundación de don Pedro Atares, fundador asimismo del monasterio de Veruela. Destacan en la Seo turiasonense el claustro, to­rre, retablos y museo. El templo es una bella joya de es­tilo mudéjar, al igual que tantos otros de la población.

La ruta pasa por la iglesia de Nuestra Señora del Río, en la que se venera una imagen románica de la Virgen de la que asevera la tradición que apareció flotando en el río. La plaza de toros tiene la originalidad de su antigüe­dad y de que su trazado es octogonal. En el barrio alto del Cinto hay casas colgadas que se corresponderían con las de la antigua judería. La iglesia de la Magdalena luce su inconfundible torre mudejar. El palacio episcopal está construido sobre la antigua Zuda. La iglesia de la Mag­dalena fue antigua catedral, es de tres naves y su torre fue construida en el año 1503. El edificio del ayuntamien­to es del siglo XVI con bellísimos relieves de motivos mi­tológicos y fantásticos y hermosa galería de estilo vene­ciano.

Entre sus edificios civiles hay que reseñar el palacio de Alcira, su teatro del siglo xvni, palacio de los Gil de Borja y Casa de los Canónigos, ambos del siglo XVIII. La oferta arquitectónica religiosa se completa con las igle­sias de Santa Teresa, de la Merced, San Francisco, San Vicente Mártir, San Atilano, ermita de San Juan Bautis­ta, el Crucifijo y conventos de Carmelitas de San Joaquín y Franciscanas de la Concepción.

Es obligada la visita al monasterio de Veruela, dis­tante 14 kilómetros, el primero de los cistercienses de la Corona de Aragón, fundado en 1146 con preciosas de­pendencias monásticas y en el que Bécquer escribió sus Cartas desde mi celda y sus Rimas y Leyendas.

 

 

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